Raúl Gómez Jattin, el poeta nunca muere

22 de mayo de 2020 04:35 PM

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El poeta está más vivo que nunca. Vino mayo con sus mangos de corazón y, junto a este viento devastador del COVID-19 por el mundo que democratizó el miedo a morir, prevalece en medio del paraíso y del infierno, como un tesoro salvable e invaluable, la poesía Raúl Gómez Jattin (Cereté, 1945- Cartagena, 1997).

Es que la poesía es una de las artes que vence a la muerte. Raúl está vigente en la poesía del mundo, precisamente porque no quiso parecerle a nadie más sino a sí mismo. Y en esto no hay presunción narcisista. Es que la vida no alcanza para imitar a nadie. Él era un artista y la metáfora estaba encarnada en su vida, con todo su infierno y toda su maravilla. Raúl fue desde niño una criatura frágil y enfermiza que podía quebrarse con el aleteo de unos pájaros o con la mirada de oro de las salamandras. Curiosa paradoja el de parecer un gigante por fuera y ser tan frágil por dentro.

Tal vez trece de sus más grandes y desconcertantes poemas sean aquellos en los que se retrata a sí mismo: ‘El Dios que adora’, ‘Príncipe del Valle del Sinú’ y ‘De lo que soy’, tres poemas excepcionales, y a ellos le siguen tres pequeños que son gigantescos en belleza: ‘Me defiendo’, ‘Pequeña elegía’ y ‘Conjuro’. Dos poemas clásicos a dos amigas: ‘Qué te vas a acordar Isabel’, el retrato a su amiga de infancia y vecina Martha Cristina Isabel Cabrales y a su comadre Sara Ortega de Petro. Y ‘Ofrenda’, a su amigo Antonio María Cardona, que acaba de partir en los días aciagos de abril de 2020. Dos poemas míticos: a Scherezada y Lola Jattin, un retrato en tres tiempos a su madre, quizá el más complejo de sus poemas, en el que se mira antes y después, dentro y fuera del vientre de su madre y en un tercer tiempo, cuando ella y él están muertos. Y más allá de estos diez, que releo como poemas perfectos, hay tres brevísimos textos místicos sin título de su primer libro ‘Poemas’ (1980): ‘Yo tengo para ti mi buen amigo un corazón de mango del Sinú’, ‘Si las nubes no anticipan en sus formas la historia de los hombres’ y ‘Gracias señor’.

Desde sus primeros poemas místicos, que derivan en lo existencial, erótico y mítico, Raúl se sabe condenado por su propia enfermedad y por el doble filo de lucidez y alucinación que entraña su locura y su adicción a las drogas. Se ve reflejado en un mango de corazón del Sinú, que no es solo un paisaje nombrado, él es el paisaje encarnado allí, él se siente valle, río, él es el pájaro que canta sobre el río. Y al mirar a sus contemporáneos, su temor se desnuda ante lo visceral de su honradez y su honestidad ante el peligro de la belleza: “Un consejo: no te encuentres conmigo”. Al mirar a las nubes como lo hacen los niños, intentará ver allí en sus formas difusas y mutantes, un anticipo de la historia de los hombres. Y en los colores del río, intuirá “el designio del Dios de las aguas”, pero su clamor es una súplica a la divinidad, tal vez a la vida misma y a sus semejantes: “Si no remiendas con tus manos de astromelias las comisuras de mi alma”, si no eres capaz de consolar ese dolor de saberse mortal, de tener compasión y misericordia contigo mismo y los demás. El sufrimiento de esa plegaria tiene un tono de desencanto y de incertidumbre: “Si mis amigos no son una legión de ángeles clandestinos/ qué será de mí”. Si nadie es como esa flor de astromelia, tan frágil también, capaz de sanar las comisuras de su alma. Una fragilidad vegetal consolando una fragilidad humana. Si ni siquiera mi soledad es capaz de acompañarse, no sé qué será de mí, clama el poeta. En el poema ‘Gracias señor’, le agradece a la divinidad el haberlo forjado débil, loco e infantil. Y agradece incluso las cárceles que lo liberan y por el dolor que empezó y no cesa. Paradojas del que toca el cielo y la tierra y siente que su fragilidad es tan flexible como “tu arco señor amor”.

En ‘El Dios que adora’ retrata su alma: “No soy bueno de una manera conocida”, quiere decir que no hay una sola manera de ser bueno en este mundo. Y la inocencia humana es tan precaria porque se construye racionalmente desde la perspectiva de los humanos, y no integra al resto de criaturas. Raúl se siente partícipe del universo en el que nació: “Amo los pájaros y la lluvia y su intemperie que me lava el alma/ porque nací en mayo”. El agua no lava el cuerpo, lava su alma. Para él, el ser que le regala unas granadillas es como una deidad, y su sonrisa no es solo un gesto, sino una heredad.

En su poema ‘Príncipe del valle del Sinú’, retrata doblemente el paisaje y su ser: “Sus sentimientos más leves que las alas de las garzas/ pero fuertes como su vuelo/Su presencia la de un joven dios agrario alejando el mal invierno/ regalando su fuerza al débil del campo/”.

En el poema ‘De lo que soy’, describe su propia decadencia física: el vientre blanco, la cabeza calva, pocos dientes, pero más allá de lo físico, el ser que habita ese cuerpo viejo y en ruinas está enamorado y “descifro mi dolor con la poesía”, pero la poesía no es solo el bálsamo que aquieta su tormento sino también quien lo aviva. Su certidumbre al final es que “la poesía es la única compañera/acostúmbrate a sus cuchillos/ que es la única”.

En ‘Conjuro’, el poeta advierte, como en su primer poema, sobre la peligrosidad de su alma, pero en este poema completa su mensaje y les recuerda a sus contemporáneos que se tranquilicen... “Solo a mí suelo hacer daño”.

En ‘Ofrenda’, el poema a Antonio María Cardona, que consagró su vida a velar por el espíritu y legado de los zenúes, Raúl celebra las virtudes de su amigo, “erguida su juventud como un eucalipto aromada/mostrando su alma pura por el mundo/ como un emperador de la tristeza y la nostalgia/” y su alma va desprendida de las cosas y los seres, no lleva nada entre sus manos, pero “en sus ojos brilla la seguridad que es su fuerza”. Un ser que se integra al paisaje a compartir lo que encuentra: el tesoro de sus antepasados. Pero no lleva ni atrapa nada. Es como lo califica Raúl: “Una vara de azucena. Un venado del alba. Un pez vela”.

En ‘Qué te vas acordar Isabel’, su poema es un retorno al paraíso de la infancia, junto a su amiga vecina que ha crecido y ya no juega a la rayuela bajo el mamoncillo. La amiga se ha casado con el alcalde del pueblo y le pregunta qué hay de tu vida, y él solo recuerda los días vividos con ella en la infancia. Descubre la metamorfosis de aquella niña. Y el presente del poeta es desolado: “Sigo tirándole piedrecillas al cielo/ buscando un lugar donde posar sin mucha fatiga el pie”. Este poema sugiere una verdad sembrada en el corazón del niño, en el poema ‘A una vecina de infancia’: “Tú me quisiste cuando niño/ y eso quiere decir para siempre”.

En el poema a Sara Ortega de Petro, evoca a esta bella hermana negra que se crió en su casa de campo Mozambique, en Cereté, con su “carne alada, oscura y firme”. Al recordarla en el poema, el poeta siente: “Aún tengo tanto de ella en mí como de las mariposas/ la lluvia y los primerizos mameyes del invierno”.

En ‘Scherezada’, el asesino se parece al artista que se extenúa en su propia memoria y en la búsqueda de la belleza. En cada palabra de Sherezada ante el califa, se aplaza la muerte. El poeta sabe que cada día aplaza lo inexorable o lo desafía con el corazón que late en sus palabras. El artista tiene un mortal enemigo que lo persigue y “cada noche lo perdona y lo ama: él mismo”.

Bajo la lluvia de Cartagena

Bajo la lluvia de Cartagena, sus lectores y amigos lo recordarán en estas dos fechas que cierran su ciclo vital: el 22 de mayo, día de su muerte trágica al amanecer, y el 31 de mayo día de nacimiento. La Cinemateca Distrital de Cartagena que lidera Haroldo Rodríguez empezó a compartir fragmentos del documental ‘Sol y Luna’, sobre Raúl Gómez Jattin. Distintas generaciones de lectores que conocieron personalmente al poeta o no lo conocieron sino a través de sus versos, incluso, jóvenes que hoy tienen la edad de su partida, lo leen con fervor en Cereté y en cualquier lugar de Colombia. Es un poeta de culto de Colombia.

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