Por Everlyn Damiani Simmonds
Especial para El Universal
Carlos Alberto Rivadeneira, como un Stephen Dedalus caribe, desde una narración intradiegética, omnisciente y con focalización interna, construye en su relato de 24 capítulos y 682 páginas, el sentido de sí mismo, de su identidad sexual y, desde allí, a través de catálisis expansivas y eruditas, dinamiza lo que cuenta, su historia, que es la historia de su familia, de su ciudad, del vínculo padre-hijo, del carácter ‘hierático’ de la madre, así como con el uso de poliglotías, pobladas no solo de frases en inglés o francés, también de vocablos y ‘dichos’ autóctonos rescatados, para tejer de realismo los acontecimientos narrados.
Así nuestra lectura se reencuentra con “los árboles de trupillo, el jugo de zapote, el arroz amarillo con verduras, el juego de buchácara, con el tutiplén y el santiamén”, mientras el joven “mago, declamador, presidente de la academia literaria, dirigente de los Boys scouts”, desde su focalización intradiegética, nos va ampliando el horizonte, nos devela una geografía de ciudad con los nombres de sus calles de mediados del siglo XX (San Blas, Murillo, la Cuarenta y nueve, la Setenta, la Setenta y dos), de sus barrios (Bellavista, Boston, Prado, Porvenir), el recorrido exacto que hizo a pie con los scouts en el sepelio de su padre (pág. 523), o la ruta del tío Valdemar para ir al aeropuerto (pág. 546), para nombrar a Barranquilla como esa Arcadia primigenia de sentido.
Sus catálisis expansivas como recurso narrativo también le dan verosimilitud al relato en las descripciones de los olores, de los lugares como Daro, el Mediterráneo, el Steak House, el Chop Suey, la Droguería Nueva York, la Foto Leo, la Heladería Americana y su icónico “frozomalt”, los cines y todo lo que configuraba el despertar cosmopolita y cultural de “la Puerta de Oro de Colombia”, al igual que sus exactas descripciones de la ciudad de Nueva York, sus calles, sus transportes y sus teatros, dignos de una guía turística envidiable para cualquiera.
La fugacidad del Instante, de Miguel Falquez-Certain, participa de esa geografía de la novela que Carlos Fuentes denominaba como “tierra común de la imaginación y la palabra [...] creadora de realidad, donde se disuelven las dicotomías en la razón de la comunicabilidad de sus lenguajes y la calidad de sus imaginaciones”. Y para esto, Carlos Alberto Rivadeneira puebla su narración de intertextualidades cuando sus catálisis expansivas, como un juego de voces polifónico, ceden la voz nombrando hechos históricos múltiples y diversos como el asesinato de John F. Kennedy, sucesos musicales como los Beatles, las peripecias de Bolívar en las Antillas, por citar solo algunas, al igual que el telón de fondo como orquesta que ambienta el relato, sus alusiones musicales en las múltiples tertulias de su familia, las cuales oscilan desde el tiple de Betty y de la tía Lydia hasta las cumbiambas, el jazz, la música clásica, los boleros, el vallenato de las parrandas en la “Ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar”, etc.
Pero también La Fugacidad del Instante es una forma personal de Carlos Alberto Rivadeneira de recobrar el tiempo, el atemporal del mundo inconsciente y afectivo, como Proust y como Joyce, desde su texto; invita a buscar el sentido, desde la orilla que al lector más le toque el alma, en su acto personal de lectura, descifradora de lenguajes.
Y así como Carlos Alberto Rivadeneira iba tejiendo sus respuestas, desde sus lecturas, escritos, magia, viajes y de sus múltiples interlocutores, donde no solo el padre amado sino sus amigos, sus amores prohibidos y personajes como doña Pilar, que le decían que tenía talento para la literatura como horizonte de sentido en su elección de carrera y proyecto de vida, la novela misma es ese camino indagador de sentido.
La fugacidad del instante es una intención totalizadora, donde se diluyen las fronteras y tabúes, para decantar una identidad que se va encontrando desde los actos auto eróticos hacia el cuerpo de los otros, también desde y en los libros que va leyendo, en el cine, en los poemas que de alumno de bachillerato escribió, y que el padre jesuita quemó en una hoguera, y en su poema ‘Similitud’, que escribió a su hermano Andy.
Identidad que teje en todo el universo intertextual de la novela y que evidencia la erudición del narrador-personaje, para dejarnos un final abierto con interrogantes como la vida misma y aunque Carlos Alberto Rivadeneira se reafirma y asume en su identidad homosexual: “[...] yo soy homosexual [...] no quiero seguirme mintiendo ni engañando a nadie” (pág. 563), continúa haciendo parte de los adolescentes desamparados que se preguntan: “¿A quién quisimos? ¿Qué queremos? ¿Adónde vamos?”, de la que forma parte él mismo, así como su ciudad, Arcadia primigenia de sentido, y cada lector.

