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Cartagena no soltó el béisbol: una temporada para recordarlo

Más allá del marcador, el torneo de la Liga Profesional de Béisbol Colombiano dejó escenas, emociones y una ciudad que volvió a sentirse parte del juego.

Cartagena no soltó el béisbol: una temporada para recordarlo

El estadio Once de Noviembre acompañó la final y respondió en los juegos en casa. // Foto: Óscar Díaz - El universal.

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Desde que comenzó el torneo de la Liga Profesional de Béisbol Colombiano, una idea empezó a rondar con insistencia en Cartagena: que el béisbol ya no despertaba el mismo interés, que la gente no estaba yendo al estadio como antes, que la ciudad había tomado distancia de un deporte que durante décadas fue parte de su identidad. No era una afirmación nueva ni exclusiva de esta final, sino una percepción que se fue instalando a lo largo de la temporada y que encontró eco en cada gradería a medio llenar y en cada conversación alrededor del torneo.

Esa lectura, sin embargo, contrastaba con una realidad que nunca ha dejado de existir. En Cartagena, el béisbol no es una moda pasajera ni un recuerdo lejano. Es un deporte que se aprende desde muy temprano, que se entrena con disciplina y que sigue produciendo talento. Grandes prospectos han salido de la ciudad generación tras generación, manteniendo viva una tradición que no depende únicamente de la asistencia al estadio, sino de una cultura profundamente arraigada.

Esa presencia constante se hacía evidente en escenas cotidianas. Durante años, de camino al colegio, el béisbol formaba parte del trayecto diario. El sonido del bate golpeando la pelota se mezclaba con el ruido del tráfico; el polvo de la cancha se levantaba con cada sprint; los gritos de los entrenadores marcaban el ritmo de la mañana. Niños entrenando bajo el sol, repitiendo una y otra vez los mismos movimientos, soñando con llegar lejos, inspirados por jugadores que salieron de Cartagena y lograron abrirse paso en el béisbol profesional.

Una jugada del partido durante la final del béisbol profesional colombiano. // Foto: Óscar Díaz - El universal.
Una jugada del partido durante la final del béisbol profesional colombiano. // Foto: Óscar Díaz - El universal.

Por eso, esta temporada no puso en duda si Cartagena sabía lo que era el béisbol o si seguía siendo una ciudad beisbolera. Puso a prueba si este deporte todavía podía sentirse con la misma intensidad.

La percepción que acompañó todo el torneo y llegó hasta la final

A lo largo del campeonato, la conversación se mantuvo constante. Que el béisbol ya no convocaba igual. Que el entusiasmo había bajado. Que el estadio Once de Noviembre “Abel Leal” ya no imponía desde la tribuna. Esa idea se fue instalando poco a poco, acompañando cada jornada del torneo y reforzándose cuando Tigres de Cartagena avanzó a la final y tuvo que iniciar la serie en Barranquilla frente a Caimanes.

Las dos primeras derrotas en condición de visitante no solo pusieron a Tigres en desventaja deportiva; también alimentaron la narrativa de la duda. La pregunta dejó de ser únicamente beisbolera y pasó a ser cultural: ¿cómo iba a responder Cartagena cuando la final llegara a casa?

Tigres resiste y la final se traslada a Cartagena. // Foto: Karolina Palomino.
Tigres resiste y la final se traslada a Cartagena. // Foto: Karolina Palomino.

Cuando el estadio volvió a rugir, a sentirse vivo y presente

La serie se trasladó al Once de Noviembre y, con ella, el ambiente empezó a transformarse. No fue inmediato ni perfecto, pero sí auténtico. El estadio volvió a poblarse de los sonidos que definen al béisbol cuando se vive de verdad: los gritos que presionan desde la tribuna, los reclamos al umpire, los murmullos que anteceden a cada lanzamiento y ese silencio espeso que se instala justo antes del contacto entre el bate y la pelota.

En las gradas, la gente reaccionaba con el juego. Había tensión en cada cuenta llena, impaciencia ante los errores y celebración desbordada en las pequeñas victorias dentro del partido. No se trataba solo de apoyar a Tigres, sino de reencontrarse con una emoción que parecía estar esperando el momento adecuado para volver a expresarse.

El único triunfo de Tigres en casa se celebró con una intensidad que desbordó el marcador. Fue una noche en la que la emoción se sintió colectiva, donde cada jugada se vivió con el cuerpo y la voz. El estadio no fue un simple escenario: fue un actor más del juego, empujando, reclamando y acompañando.

Tigres de Cartagena en el torneo de la Liga Profesional de Béisbol Colombiano. // Foto: Óscar Díaz - El universal.
Tigres de Cartagena en el torneo de la Liga Profesional de Béisbol Colombiano. // Foto: Óscar Díaz - El universal.

Aunque los resultados posteriores no favorecieron al equipo local, ese partido dejó una certeza difícil de ignorar. Más allá del desenlace de la serie, el béisbol había logrado algo más profundo: conectar de nuevo a la ciudad con su esencia deportiva, recordarle que esa pasión sigue ahí, lista para aparecer cuando el juego lo convoca.

Vivir la final desde adentro, noche tras noche

La final se vivió desde muchos lugares y en casi todas sus noches. La primera, en Barranquilla, la seguí a distancia, pegada a la pantalla, revisando datos, resultados y reacciones en tiempo real. Las demás las viví desde el estadio, pero no desde la tribuna: desde el dogout, con el juego ocurriendo a pocos metros y las emociones a flor de piel.

Desde el trabajo periodístico, el desafío era contar lo que pasaba más allá del marcador. Pero estar en el dogout permitió algo distinto: ver el béisbol sin filtros. Ahí no hay repetición ni relato editado, solo el pulso real del juego. Se siente la tensión de cada lanzamiento, la espera silenciosa antes de un turno, la descarga emocional después de un error o una buena jugada. Ahí, entre tanto ruido contenido, no pude evitar recordar por qué el béisbol se vive más de lo que se explica.

Juagada durante uno de los partidos en el torneo de la Liga Profesional de Béisbol Colombiano. // Foto: Julio Castaño -  El Universal.
Juagada durante uno de los partidos en el torneo de la Liga Profesional de Béisbol Colombiano. // Foto: Julio Castaño - El Universal.

En ese espacio, el juego se vive de otra manera. Las rutinas se repiten casi de memoria: estiramientos, respiraciones profundas, miradas fijas al terreno. Se escuchan conversaciones cortas entre compañeros, palabras medidas que buscan sostener al que falla, palmadas en la espalda que dicen más que cualquier discurso. La preparación es constante, incluso cuando no se está en el campo. Desde ahí, el béisbol aparece en su forma más cruda: concentración permanente, presión contenida y una calma forzada que convive con la incertidumbre del resultado.

El resultado como contexto, no como centro de la historia

Caimanes de Barranquilla fue superior y se quedó con el título, ganando los dos primeros juegos en su casa y cerrando la serie en Cartagena con un 5-1. Tigres solo pudo celebrar un triunfo en el Once de Noviembre, y el desenlace deportivo fue claro.

Pero el resultado no cuenta todo lo que dejó esta final. Cada juego, cada noche, acumuló emociones y sensaciones que trascendieron la pizarra. La intensidad del juego se coló en la rutina de la ciudad: en conversaciones en la calle, en los comentarios entre amigos, en la manera en que se seguían los resultados y se discutían cada jugada. Cartagena se reconectó con el béisbol, recordando que la pasión por el juego no depende de los números, sino de la fuerza con que se siente y se comparte.

El estadio Once de Noviembre acompañó la final y respondió en los juegos en casa. // Foto: Óscar Díaz - El universal.
El estadio Once de Noviembre acompañó la final y respondió en los juegos en casa. // Foto: Óscar Díaz - El universal.

El béisbol en Cartagena sigue vivo

Esta temporada de la LPBC no vino a rescatar al béisbol en Cartagena, porque nunca estuvo perdido. Lo que hizo fue confirmar que la pasión sigue ahí, sostenida por una ciudad que continúa formando peloteros, produciendo talento y reconociéndose en el juego cuando el contexto lo permite.

El torneo terminó hace apenas unos días, pero dejó una certeza clara: el béisbol en Cartagena es presente. Se entrena, se vive, se discute y se siente. Y cuando se experimenta así, desde el terreno, el dugout, la tribuna o incluso desde la distancia, se entiende por qué nunca se ha ido.

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