Es una tarde lluviosa en Bogotá y el sol apenas ha empezado a salir diminuto a través de las nubes gordas que cubren la capital colombiana. Como de costumbre, la ciudad tiene el tráfico atascado y llegar hasta acá ha valido varias cancelaciones de taxistas y una lluvia indecisa que en este momento es inoportuna. El Campín está mojado, grandes bolsas cubren las estructuras para que no se atrofien mientras la banda ensaya.
“Porfa, no te vayas cuando salga el sol o cuando algún error me haga pasar por imprudente, los nervios de bailar contigo juegan conmigo”. El estribillo retumba en cada esquina del estadio, en el que esperamos a que los cuatro bogotanos terminen de practicar el repertorio.
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Minutos antes de su llegada a la sala para la rueda de prensa, los cuatro hacían sonar los instrumentos una y otra vez sin prever que un grupo de fanáticas aguardaba afuera intentando descifrar las canciones que iban a tocar en el concierto. Los artistas, que parecen vivir vidas alternas de rock stars, entran a la sala con cierto aire de desparpajo, una imagen muy distante de la que proyectan cuando se suben a un escenario dotado de luces vibrantes y pantallas enormes. Lea aquí: Morat llena la casa en el estadio el Campín: Estos son los detalles
Se turnan las preguntas una a una. La palabra casi siempre la lleva Juan Pablo Isaza, el vocalista que antes llevaba sobre la cabeza un sombrero negro, a modo de insignia personal y que poco a poco ha ido dejando de lado pese a que todavía existe la costumbre entre los fans de lucirlos en los conciertos. A sus respuestas se une Juan Pablo Villamil, quien le refuerza las ideas y con quien comparte amistad desde la edad en la que uno apenas aprende a cepillarse la boca. Pero la amistad no es exclusiva de ambos, los cuatro crecieron juntos en la ciudad y el colegio fue el escenario en el cual nació la semilla de la banda, que al inicio era solo un pretexto de adolescentes para juntarse, hacer música y tratar de llenar bares pequeños, a ver si la cosa funcionaba.
Y sí funcionó. Cuando dos canciones de la banda se pegaron en la radio, los cuatro salieron de Colombia rumbo a España, país en el que ahora juegan de locales y el primer lugar en el mundo que los acogió muy bien. “El colombiano tiene la mala costumbre de prestarle atención a lo que está afuera”, recuerda J. P. Isaza con la completa convicción de que volver a Colombia es regresar a casa, al calor del hogar seguro y amoroso en que se echó raíces. Por eso llenar el Estadio Nemesio Camacho El Campín era un sueño impensable hace unos años, pero ahora vender dos fechas en el mismo escenario que llenó Karol G en abril es más que un sueño cumplido, la confirmación de que en Colombia son bien recibidos. Lea aquí: Morat celebra sus doce años de ensueño con el cariño de sus fans
“Dicen que debemos llevar manillas de Morat, y en el concierto las intercambiamos con otros fans, así las manillas irán llegando hasta los primeros lugares y pueden terminar en las manos de cualquiera de ellos. Imagínate que nunca te enteres de que tu manilla llegó hasta Morat”, me dice un amigo fan con luz en los ojos. Así hay muchos. Una vez escuché que se realizaban fiestas con música de la banda y que en ausencia de los miembros, mandaban a hacer muñecos de cartón con la cara de cada uno y así se sentían más cerca de ellos. De hecho, pese a que Morat se presenta a las ocho de la noche, muchas personas hacen fila desde las siete de la mañana con tal de conseguir un buen lugar. Para matar las interminables horas, algunas chicas juegan ‘Uno’, otras se maquillan viéndose en la cámara del celular mientras otras reproducen las canciones más sonadas de la banda.
“Confirmado, van a cantar la canción de las cometas, una fan afuera del estadio escuchó que la están ensayando”, leo el mensaje de mi amigo mientras los escucho con plena atención. Están hablando de lo bien que se la pasan en los conciertos, de lo que significa para ellos volver a Colombia, de la fórmula que los ha llevado al éxito, de las canciones más significativas y responden un tumulto de preguntas más relacionadas a su carrera, sus inicios y el futuro de Morat. Pero eso nada dice del mensaje de mi amigo, ni de la campaña en redes que durante días ha hecho el club de fans, ni del grupo de personas que aguarda en una de las entradas con la ilusión de tomarse una foto con alguno de los cuatro cuando salga del ensayo. Nada dice eso tampoco de la taxista que me recogió en el aeropuerto y que me contó que ‘Mil tormentas’ fue la canción que la acompañó en la tusa que vivió al separarse de su esposo, ni de la guarda de seguridad de El Campín a quien le toca conformarse con escucharlos cantar desde afuera pero se muere por estar adentro, cerca de cada uno de los cuatro a quienes llama por nombres y apellidos. “En 2021 yo pasé por una tusa que me demoró un año, me mandaron hasta para el psiquiatra, tomé antidepresivos y antipsicóticos fuertísimos y a mí lo único que me salvó fueron las canciones de Morat, y a partir de ahí esa tusa quedó olvidada”, fueron las palabras de un amigo cuando me contó que su sueño cumplido era tener una entrada para el concierto del 7 de julio en Bogotá. Lea aquí: Morat presenta una oda al desamor superado
La rueda de prensa avanza y las respuestas que van y vienen dicen mucho de cada uno.
La tranquilidad de Martín, el baterista, al esperar a que todos hablen para lanzar una respuesta; las bromas de Simón luego de cada intervención; la manera en la que J. P. Isaza mira hacia el techo cada que le toca pensar más o menos la respuesta e incluso la manía de J. P. Villamil de jugar con la botellita de agua mientras el resto de sus compañeros va respondiendo a las preguntas de los medios, en su mayoría bogotanos.
Más allá de Morat está un grupo de amigos que sigue divirtiéndose con la idea de ser cantantes que componen en las noches de hotel y se apoyan con disimulo cuando a alguno se le traba en la cabeza la letra de alguna canción y termina siendo rescatado por el otro. Se acaba el espacio, los cuatro se despiden de la prensa y se van a seguir ensayando. La tarde se hace más fría. Tomo el taxi, el conductor pone una canción de Morat, le sube el volumen y maneja con entusiasmo.
Me río por adentro y le hago el coro.