Cartagena de Indias debiera tener cabildos en cada barriada. Y no solo en la antesala de su fecha histórica: el 11 de noviembre, día en que celebra su Independencia y se evocan sus Fiestas de Independencia.
En el censo de 1777, en el entonces barrio de Santo Toribio -hoy San Diego-, había una decena de cabildos en cada calle. Existían los cabildos luangos, araraes, jojoes, minas, carabalíes, chalaes y carabalí, en la calle Nuestra Señora del Pilar, precisa el investigador Enrique Luis Muñoz, autor del libro ‘Cabildos negros, de lengua y nación en las Fiestas de Independencia’ (2019).
Siempre desde niño escuché la frase manchada de prejuicio y eufemismo racial y social: “El que no tiene de congo, tiene de carabalí”. Es curioso lo que descubre Enrique Luis, al que todos llamamos cariñosamente Kike Muñoz. Durante tres siglos la música que se escuchaba en las fiestas de Cartagena era la cumbia, que también se referenciaba como conga. Los últimos 40 años se han fortalecido los cabildos en la ciudad, promovidos por líderes sociales y culturales como Nilda Meléndez, la Reina Vitalicia del Cabildo de Getsemaní, quien junto a otros líderes, creadores y gestores ha mantenido el Cabildo de Getsemaní, rescatando danzas y expresiones de esa herencia que antecede a ese censo de 1777.
También en San Diego, el gestor y músico Martín González, a través de su Fundación Los Jagüeyes, ha promovido y rescatado los Cabildos Negros de esa misma herencia, indagando en tres barriadas extramuros: Pekín, Boquetillo y Pueblo Nuevo, barrios de invasión al pie de la muralla, que fueron reubicados en el barrio Canapote. Los dos cabildos destacados de la ciudad, Getsemaní y San Diego, han propiciado otros cabildos en otros barrios de Cartagena y alrededores como Torices, o el surgimiento del Cabildo de Bocachica. Los cabildos son espejos de una historia en la que se junta la tradición danzaria, festiva, carnavalesca, la burla al rey, a la Inquisición, a la autoridad virreinal. Es una alegoría de la sociedad colonial.
La historia detrás de la fiesta de Independencia
Según Enrique Luis Muñoz Vélez, los cabildos del siglo XX beben de las fuentes de los antiguos cabildos extramurales de Boquetillo, Pekín y Pueblo, y del escenario natural de las fiestas religiosas de la Virgen de la Candelaria en el Cerro La Popa. Tanto el Cabildo de Getsemaní como el de San Diego comparten los mismos orígenes.
“La certeza del Cabildo Festivo de Getsemaní es el hecho inevitable y de un contenido sociológico para la cultura festiva novembrina desde 1989. Surge como un proceso de construcción de sensibilidad entre los actores de las fiestas del 11 de noviembre, quienes se plantearon tareas en la recuperación de algunos cuadros propios del jolgorio público”, precisa Muñoz Vélez.
Guardián de las fiestas
Si en Barranquilla el Carnaval creó su Rey Momo, Cartagena inventó la figura del Lancero de las Fiestas de Independencia, en 2004, para recuperar la imagen histórica de la milicia popular de artesanos, liderada por el herrero y estratega Pedro Romero, conocida como Lanceros de Getsemaní.
La iniciativa fue del poeta e investigador Jorge García Usta, quien falleció poco después de asistir a una reunión del Comité de Revitalización de las Fiestas de Independencia, víctima de un aneurisma cerebral el 20 de diciembre de 2005. Murió cinco días después, en medio de la consternación de la ciudad y del país.
“Mientras las fiestas religiosas giran alrededor de un santo, y los carnavales, con toda su tradición grecolatina, tienen como personaje al llamado Rey Momo, las nuestras no contaban con un ícono que las representara. Es allí donde cobra sentido esa mente prodigiosa: Jorge García Usta, quien desde los inicios del proceso de revitalización se preguntaba cómo enriquecer las Fiestas de Independencia con nuevos íconos y simbologías que les dieran sentido identitario coherente con la justificación libertaria de la celebración”, explicó Alfonso Arce, Gran Lancero del Bicentenario (2011), en una entrevista con El Universal.

Entre 2004 y 2011 hubo un auge del proceso revitalizador de las fiestas. Luego, este sufrió el impacto de la crisis política derivada de la falta de gobernabilidad tras la muerte del alcalde Campo Elías Terán en 2013. Todo lo avanzado durante casi una década empezó a deshilvanarse por la ausencia de políticas públicas culturales.
Sin embargo, las fiestas jamás se detuvieron. En 2015, los lanceros Juancho Sierra, Luisa Balseiro, Víctor Medrano, Manuela Herrera, Michi Sarmiento, Irma Jiménez, Ángela Caraballo, Mildred Figueroa y Alfonso Arce se tomaron las instalaciones del diario El Universal con sus enormes lanzas y los tres colores emblemáticos de la ciudad -verde, amarillo y rojo-, reclamando ante las autoridades ser incluidos en las decisiones festivas de Cartagena.
Hoy, en 2025, es la misma autoridad -a través de la Alcaldía de Cartagena y el IPCC- la que sale al encuentro con sus gestores y creadores.
Detrás del capuchón
El capuchón era el disfraz tradicional de los cartageneros. Se guardaba en el escaparate, se desempolvaba de su viejo olor a naftalina y salía a recorrer una de las fiestas más antiguas de Colombia: la Fiesta de la Independencia de Cartagena.
Estas celebraciones aún reclaman no solo estar incluidas en la Lista del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Nación, también ser reconocidas como expresiones legítimas de la tradición cultural de la región y del país. Detrás del capuchón se tejieron muchas historias de amor, algunas sin final feliz.
Las remotas comparsas y danzas folclóricas de Cartagena desembocaron en la oleada festiva de los pueblos ribereños, que arribaron al puerto de Barranquilla y se quedaron a vivir para siempre en su carnaval, declarado por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad.
