Un niño mojó la cama por el miedo que le producía la idea de que un monstruo lo miraba en la oscuridad de su habitación.

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El UniversalEl niño, nacido en Guadalajara, México, creció rodeado de figuras católicas y retratos de santos mexicanos. Les temía y, aterrorizado, prometió a esos seres que lo paralizaban que sería “su amigo”. Guillermo del Toro decidió aferrarse a la monstruosidad y hacer arte de lo atroz e incomprendido.

El niño mexicano que temía a los monstruos hoy, medio siglo después, se ha convertido en el padre de grandes criaturas aterradoras que han cautivado la industria del cine. Como él mismo lo dijo: “Le tuve tanto miedo a los monstruos que me volví su amigo”. Guillermo no es un artista cualquiera. El director y guionista de cine es un mago capaz de ser querido y aclamado pese a las oscuridades en que sumerge su obra.
De niño, su madre lo llevó a ver Cumbres Borrascosas (1939) y Del Toro se obsesionó con la magia tras la pantalla grande; más tarde, viendo Pinocchio y Frankenstein, comenzó a fantasear con poder recrear sus historias. Hoy, 50 años más tarde, lo logró.
Su éxito está ligado a su forma de comprender la vida: desde niño, su capacidad para analizar mostró a su madre de lo que sería capaz. Al ver Pinocchio, Guillermo no vio la tradicional historia de un muñeco de palo; para él era el retrato perfecto de lo difícil que es ser niño.Su madre siempre lo apoyó, a diferencia de su padre. Este vacío que forjó su figura paterna, más tarde, se convertiría en uno de los puntos mejor retratados en su obra.

Ni su padre, ni productores, ni adultos lograron hacer cambiar la gran imaginación del cineasta, que hoy puede darse el lujo de decir que ha disfrutado cada uno de sus trabajos por confiar siempre en su criterio.
Lo autobiográfico en la obra de Guillermo del Toro
Con una historia marcada por miedos, obstáculos y un contexto violento, Guillermo encuentra en los cómics, el cine y las historias una forma artística de mostrar la atrocidad del mundo.
En cada una de sus entregas deja una pincelada de él, no porque sea su trabajo, sino porque da guiños de su propia historia, sus propios miedos y sus propias heridas. “Desde muy joven comenzó ese amor mío por hablar de mí y mi relación con mi padre; más tarde, la relación con mis hijos y, como a los 40, me doy cuenta de que me acabo convirtiendo en mi padre”, relata el cineasta en una entrevista, dejando ver su capacidad autocrítica.
Algunas de sus historias han venido de sus sueños de niño, como es el caso de El laberinto del Fauno, que se le reveló de pequeño y él decidió mostrarle al mundo.
El niño que temía a los monstruos ahora dejó algo de él en cada uno de ellos: sus miedos al rechazo, sus formas de cuestionarse: “¿Qué es lo que realmente hace a un monstruo ser un monstruo?”.“Me encantan los monstruos. Si voy a una iglesia, me interesan más las gárgolas que los santos. Realmente no me importa mucho la idea de lo normal; me resulta muy abstracta”, explica Guillermo antes de decir: “Por eso me encantan los monstruos: porque representan una parte de nosotros que deberíamos aceptar y celebrar”.


Sin lo autobiográfico, las películas de Guillermo del Toro no habrían podido llegar tan lejos, pues es él y su esencia lo que ha hecho que sus trabajos no puedan ser definidos con una palabra inferior a “magistral”.
El arte de rediseñar para Guillermo del Toro
Para Guillermo del Toro no existe el final del arte. Cuando se le ha cuestionado por “refritar” historias, él, siempre risueño y sincero, ha respondido: “No se ha hecho de esta manera. Siempre hay una nueva forma de hacer las cosas; tu voz, tus manos, tu mente siempre harán que sea un trabajo distinto”. Su obra habla por sí sola: la integración de la profundidad de sus personajes, sumado a las escenografías acertadas, ha logrado que cada una de sus versiones marque la diferencia.
Guillermo del Toro reconoce que no siempre se puede ganar; de hecho, considera que “el mejor elemento de aprendizaje es el fracaso, porque te enseña los límites y te enseña a poder romperlos”.
Los monstruos celestiales de Guillermo del Toro
Los monstruos de Guillermo del Toro, más allá de dar miedo, cuestionan qué es lo bueno y qué es lo malo. Sus personajes son retratados con una profundidad más celestial que déspota. Estos seres, en su mayoría, son compasivos, conscientes y con quienes se empatiza.
Del Toro ha demostrado que la belleza va más allá del físico y que lo aberrante puede venir en un envase de hermoso parecer. “Cuando el monstruo tiene una dimensión que permite humanizarlo, ese es el camino que suelo preferir”, confiesa.“Al final, la perfección no es más que un concepto, una imposibilidad que usamos para torturarnos y que contradice la naturaleza”, explora.
La niñez para Guillermo del Toro
Hay miles de caminos para elegir hablar de este artista mexicano, como haciendo énfasis en la nacionalidad que lleva con orgullo; sin embargo, qué mejor manera de retratarlo por encima de sus numerosos galardones, su reconocimiento mundial y la larga lista de sus éxitos, que como el niño que nunca perdió su ser.
Guillermo, a sus 61 años, asegura sentirse como cuando era joven: sigue soñando, sigue riendo y sigue contemplando la vida. “De la gente joven se aprende, no de los mayores; ellos no se hacen muchas preguntas”, dijo entre risas al ser consultado por su última entrega, uno de sus sueños cumplidos: Frankenstein.
Los niños, en el universo cinematográfico de Guillermo del Toro, han sido representados como un escape a este mundo atroz; su inocencia es enmarcada con un rol liberador, como seres abiertos al mundo y capaces de ser la voz de la razón.Indudablemente, el padre del éxito de Hellboy, Pinocchio, La forma del agua, Mimic y muchos más ha logrado poner el mundo a sus pies con una obra que es un grito que trasciende la oscuridad de los monstruos que lo atormentaban de niño.
Guillermo del Toro, el amigo de los monstruos, lo explica así: “Soy un gordo raro que hace películas raras, sin pedirle permiso a nadie… hago el cine que quiero”. Y así, con esa particularidad, ha convertido su nombre en uno de los más importantes y recordados del siglo.
