Nunca podré ser todas las personas que quiero ser ni vivir todas las vidas que quiero vivir. Jamás podré aprender a hacer todas las cosas que quiero aprender a hacer. ¿Y por qué quiero? Porque quiero vivir y sentir todas las tonalidades, matices y variaciones de la experiencia mental y física que sea posible”. Con esta cita de Sylvia Plath inicia ‘La biblioteca de la medianoche’, una frase que, incluso antes de comenzar la lectura, resume con precisión el conflicto central de la novela.
Por eso, el libro parece dirigido a todos aquellos que desean cambiar su vida, que sienten que han fracasado o que, en algún momento, se han preguntado: ¿Qué habría sido de mí si hubiera tomado otra decisión? La obra interpela a quienes viven atrapados en el peso del “y si…”, cuestionando las elecciones del pasado y las expectativas incumplidas del presente.
‘La biblioteca de la medianoche’, novela del escritor británico Matt Haig, es una profunda reflexión sobre el peso de las decisiones, el arrepentimiento y el sentido de la vida. La historia propone que, entre la vida y la muerte, existe una biblioteca infinita en la que cada libro representa una vida distinta que podríamos haber vivido si hubiéramos elegido otro camino.
La protagonista es Nora Seed, una mujer de 35 años que siente que su vida carece de sentido. Se cuestiona por qué no es feliz y se enfrenta constantemente a las vidas que no vivió: ¿cómo habría sido como esposa?, ¿qué habría pasado si hubiera tomado otra decisión en el momento clave?
Nora atraviesa un momento emocionalmente devastador cuando recibe la noticia de la muerte de su gato. Lejos de sentir solo tristeza, experimenta una emoción que la desconcierta: la envidia. “Nora sabía que debería sentir tristeza y desesperación por su felino amigo —y así era—, pero tuvo que acoger en su seno otro sentimiento más… la envidia”, se lee en uno de los pasajes más reveladores del libro.
Ahogada por la sensación de haber fracasado y con la percepción de que el mundo avanza demasiado rápido mientras ella permanece estancada, Nora toma la decisión de no seguir viviendo. Sin embargo, queda atrapada en una especie de limbo que es una inmensa biblioteca cuyas estanterías parecen no tener fin, y donde cada libro contiene una vida distinta que pudo haber vivido.

Aunque eso podría sonar fascinante, la verdad es que Nora descubre que cada vida trae un poco de dolor. En la vida en que era nadadora profesional, como soñaba, su salud mental estaba peor que en su vida original; en la vida en que logró casarse con su ex estaba llena de rutinas y tristeza; en la vida en que era científica se sentía sola y en la vida en la que decide ser madre tampoco era completamente feliz.
‘La biblioteca de la media noche’ y el peso de las decisiones que tomamos
Cada decisión que tomamos nos define, incluso aquellas que creemos equivocadas. Nora no fue más que humana, dejó de perseguir una vida perfecta y comenzó a buscar una vida en la que pudiera sentirse en paz. En ese proceso, entendió que la plenitud no está en hacerlo todo, sino en habitar con calma lo que sí elegimos. Le recomendamos leer: Oscar Wilde: el genio que desafió a su época y pagó un precio devastador
Tal vez deberíamos dejar de preguntarnos constantemente qué habría pasado si hubiéramos tomado otro camino. Las decisiones que tomamos lo fueron por una razón, con las herramientas emocionales y el conocimiento que teníamos en ese momento. Castigarnos por ello solo prolonga el peso del arrepentimiento.
La novela invita a dejar de ser tan duros con nosotros mismos y a contemplar la maravilla y el milagro que representa simplemente estar vivos. Cada elección merece ser valorada, incluso aquellas que nos condujeron a lugares inesperados. Existe una forma más compasiva de habitar la vida que tenemos, sin compararla con versiones imaginadas de lo que pudo haber sido.
Muchas personas se castigan en silencio por la vida que tienen. Se miran al espejo y ven todo lo que no lograron ser, los sueños que se quedaron a mitad de camino, las decisiones que hoy pesan más que antes. Se reprochan no haber elegido mejor, no haber sido más valientes, más constantes, más “algo”. Como si la vida fuera una lista de metas incumplidas y no una suma de intentos. Se comparan con versiones imaginarias de sí mismos que nunca existieron y, en ese ejercicio cruel, siempre salen perdiendo.
Hay quienes se dan duro por el trabajo que tienen y no por el esfuerzo que hicieron para llegar hasta ahí. Personas que despiertan cada mañana pensando que fracasaron porque no aman lo que hacen, porque no viven de su vocación o porque el tiempo pasó demasiado rápido. Otros se culpan por relaciones que no funcionaron, por amores que no supieron cuidar o por haberse quedado donde ya no eran felices. Se juzgan por no haberse ido antes o por haberse ido demasiado pronto, sin permitirse reconocer que en ese momento hicieron lo que pudieron con lo que sentían.
También están quienes cargan con la culpa de no sentirse bien, incluso cuando “todo está bien”. Se reprochan la tristeza, el cansancio, la falta de entusiasmo. Se dicen que deberían estar agradecidos, que no tienen derecho a sentirse vacíos, que hay otros que la pasan peor.

Y así, además del peso de la vida que llevan, se imponen el peso de no saber habitarla sin culpa. Olvidan que sobrevivir también es un logro, que seguir aquí ya es un acto de resistencia, y que nadie debería castigarse por no vivir una vida que nunca prometió ser perfecta. Le recomendamos leer: Reflexión de ‘Almendra’: carta a un niño que no puede sentir ninguna emoción
La conclusión del libro encierra una de las premisas más profundas y honestas que se pueden explorar: la vida no se trata de elegir la opción perfecta, sino de aprender a vivir la que nos tocó.
Al elegir el libro por su portada llamativa, quizá no imaginamos la profundidad de su mensaje, ni que, en el fondo, nos recordaría que lo más importante no es cuántas vidas podríamos haber vivido, sino cómo decidimos vivir la que tenemos.

