Quemar, funar, castigar moralmente… es propio de la llamada cultura de la cancelación que hoy se instaura entre los usuarios colombianos. Un fenómeno que resulta interesante por la forma en que permite analizar cuánto ha cambiado la moral… o si esta puede llegar a ser selectiva, dependiendo de las luchas sociales con las que más empatizamos.
Redes, moral y cancelación: Johanna y Elianis en debate
Recuerdo como si fuera ayer ese episodio del popular reality ‘Protagonistas de Nuestra Tele’, cuando dos participantes, Elianis Garrido y Óscar Naranjo, tuvieron una acalorada discusión en la cocina. Ella se le acercó a la cara, furiosa, y le gritó “Prospecto de travesti de pueblo, mariquita”, a lo que él, siendo gay, le respondió: “Estúpida lesbiana”. Esto desencadenó una brutal pelea emitida en televisión nacional.
Al día siguiente, el programa le informó a Garrido que estaba fuera de la competencia. Su salida fue vergonzosa y le costó conseguir trabajo por mucho tiempo. No obstante, el país no la canceló con tal severidad. Es decir, se rechazó su agresión física, pero los ataques homofóbicos que pronunció fueron prácticamente desapercibidos. No hubo reparación.
En ese entonces no se hablaba de homofobia como hoy. Y la supremacía era de los medios de comunicación, quienes controlaban la exposición mediática y llegaban a influenciar en gran parte sobre valores morales: cómo debía ser una familia colombiana. Una década en la que los queer solo aparecían en matutinos de chismes o haciendo el ridículo como personajes secundarios en las novelas.
Quizá por eso las publicaciones respecto a lo ocurrido con Óscar no eran un mensaje de consuelo, o de empatía, o de rechazo a la discriminación. Era Facebook quien tenía la batuta, eran pocos los contenidos. Eran tiempos del BlackBerry y conectarse por las noches en el computador. Y la cosa quedó así. Óscar Naranjo tuvo una salida desafortunada del reality semanas después, tras un ataque de ansiedad. Intentó herirse. Aún recuerdo el episodio: tuvieron que bañarlo. Lloraba en la ducha mientras una que otra compañera se compadecía de él.
Hoy, lo poco que se conoce de Óscar es que no quiere saber nada del mundo de las pantallas. Vive en su pueblo natal, Chinú, Córdoba. Se rapó el cabello, es cristiano y asegura que el espíritu de la homosexualidad salió de él.

Esto me hace preguntar cuánto lo habría impactado este experimento social, dentro o fuera de la casa, ante una exposición mediática tan vergonzosa, experimentando el espíritu de la crueldad. No intento juzgar su presente, pero sí preguntar si la violencia mediática deja marcas silenciosas.
De la hoguera a la funa
La cultura de la cancelación suele presentarse como un fenómeno en redes sociales y a una supuesta hipersensibilidad moral de nuestro tiempo. Pero no hay que reducirla a una tendencia del momento, porque esto implica perder de vista su dimensión histórica, ya que las sociedades siempre han producido mecanismos de sanción simbólica.
Siempre se ha castigado ejemplarmente a quienes hacen el mal; o, si no, que lo digan las supuestas brujas quemadas en la hoguera en la época medieval, o los condenados en Roma por la infamia iuris. Con el tiempo emergieron otros métodos. El castigo social se encontraba mediado por instituciones relativamente estables: la Iglesia, la prensa, el Estado, la comunidad local. El descrédito y el ostracismo operaban, en muchos casos, de manera temporal.
Con el tiempo, las redes sociales otorgaron a los usuarios el poder de defenderse. Nacieron movimientos globales como el #MeToo, que visibilizó abusos sexuales normalizados durante décadas y rompió el silencio sobre violencia de género en las industrias.
No obstante, este método se aceleró hasta el punto de encontrarse hoy desbordado, porque en un mundo en el que todos hablan al mismo tiempo y se publica para el algoritmo… quemar a alguien en redes ya parece inevitable.
Johanna Fadul: quemada en la hoguera digital
Lo que distingue a la cancelación actual es la forma tecnificada, acelerada y espectacularizada que adopta en el marco del tecnofeudalismo. Hoy la sanción se reproduce algorítmicamente y adquiere una temporalidad indefinida. El reciente caso mediático de la actriz colombiana Johanna Fadul ilustra esto a la perfección.
Durante la emisión del domingo pasado del reality ‘La Casa de los Famosos’, Fadul se dirigió a un compañero queer y afrodescendiente con la frase: “Tus sentimientos y tus pensamientos son tan oscuros como tu color de piel”, frase de la que inmediatamente cayó en cuenta, pues se notaba tensa. Minutos más tarde se acercó a él y le pidió una disculpa. También argumentó que quizá fue producto de la presión del canal al pedirles enfrentamientos que esperan que lleguen a la viralidad.

Fuera del programa se multiplicaban los clips, replicando lo que había dicho. Estaba en todos los portales. Luego tenía incluso su propio hashtag, #FueraJohanna. Y, como si fuera poco, el mismo canal RCN publicó el fragmento del video en sus redes sociales, donde no tardó en viralizarse… y desde donde tuvieron que eliminar el clip ante el descontento de los usuarios por revictimizar el hecho.
Johanna Fadul fue expulsada del reality y hoy, desde organizaciones, exigen a MinTIC que informe el avance de la política de comunicación para la justicia racial; a la ANT, evaluar si estos contenidos se ajustan a los principios que rigen la prestación del servicio público; y al Gobierno nacional, que asuma un liderazgo político ante los medios.
Sin embargo, esta indignación contrasta de manera llamativa con lo ocurrido en ‘Protagonistas de Nuestra Tele’. Porque mientras el racismo explícito es castigado, otras formas de violencia (aquellas ejercidas contra las disidencias sexuales) han sido ridiculizadas y convertidas en entretenimiento.
La comparación que hago surge al ver una moral pública selectiva, contingente y atravesada por la lógica mediática. Porque cancelar no siempre equivale a reparar, ni castigar implica necesariamente comprender. El riesgo de esta moral algorítmica, me atrevería a decir, es personalizar los conflictos estructurales y concentrar la culpa en figuras individuales para producir una sensación de justicia inmediata que rara vez llega a algo en concreto. Porque nada garantiza que la gente cambie porque la funen en redes. Johanna Fadul no fue la primera ni será la última persona expuesta a la hoguera digital. Y es importante preguntarse si la cultura de la cancelación es necesaria o excesiva. Si fragmenta más de lo que repara; o si todavía no ha aprendido a mirar todas las violencias con los mismos ojos.

