Cuentan que en Gary, Indiana, el sonido de una vieja maquinaria de acero era lo único que competía con el ritmo de cinco niños que, bajo la mirada de acero de su padre, ensayaban hasta el cansancio. Allí nació el mito. Michael Joseph Jackson no solo creció frente a las cámaras; se convirtió en el epicentro de un sismo cultural que cambió para siempre el mundo de la música, la danza y la moda.

Su trayectoria fue una ascensión meteórica hacia la cima del mundo, pero también un descenso solitario hacia los abismos de la incomprensión. Hoy, las salas de cine nos invitan a cerrar ese círculo con el estreno de “Michael”, la obra de Antoine Fuqua que nos permite sentir de cerca a una persona a la que, aunque nunca conocimos, sentimos que nos pertenece.
La historia de Michael está tejida con hilos de gloria y tragedia. La película retrata con una sensibilidad conmovedora ese lado que el ruido de los tabloides siempre intentó silenciar: el niño sin infancia, el adulto que coleccionaba animales y sueños porque intentaba desesperadamente rescatar al pequeño que nunca tuvo amigos ni domingos de juego. Es un retrato hermoso de ese ser empático y tímido, cuya metamorfosis física y cirugías no eran más que el mapa de sus inseguridades y el deseo de no parecerse al hombre que le enseñó a cantar a base de miedo.
Al entrar al cine, la experiencia es sobrenatural, se vuelve mucho más que solo una película; por momentos te sientes en primera fila de un concierto del mismísimo Rey del Pop. La gente en la sala canta se balancea en sus sillas y llora. Es la magia de Jackson: unir a extraños a través de la felicidad de la música, tal como él siempre quiso.
Gran parte de este milagro se le debe atribuir a Jaafar Jackson. Lo que este joven logra en pantalla es, por momentos, aterrador. No es solo que se parezca a su tío; es que parece haber sido poseído por él. Sus movimientos no son coreografías aprendidas, son impulsos eléctricos que solamente pueden venir de compartir sangre con Jackson. Sus expresiones faciales, su vulnerabilidad al hablar y esa mirada que mezcla la inocencia con la genialidad dejan al espectador sin aliento. Es un tributo cargado de una admiración y amor que traspasa la pantalla. Dato curioso: Jaafar Jackson es mitad colombiano, hijo de la bogotana Alejandra Genevieve Oaziaza y Jermaine Jackson.

Esa intensidad la complementa un excelente Colman Domingo como Joseph Jackson, quien, sin necesidad de lanzar un solo golpe, nos hace sentir la tensión y el abuso del padre que marcó a Michael. Y por supuesto, mención especial para el pequeño Juliano Valdi, quien, a pesar de no haber ni nacido para cuando Michael murió, domina cada fibra de su lenguaje corporal y esencia a la perfección.
El arte frente al expediente
Ante quienes critican la cinta por ser “superficial” o no ahondar en cada sombra, les dejo el comentario de un internauta que, a mi parecer, resume perfectamente lo que realmente significa este proyecto: “No entiendo la obsesión con que la película tenga que ‘contarlo todo’. Si quieres investigación, ahí tienen los mil documentales que ya existen. Esto es una biopic, es cine, es arte.

El tráiler deja clarísimo que el enfoque es celebrar el legado del Rey del Pop y abrirle las puertas a nuevas generaciones para que conozcan su genialidad. Apreciemos el arte por lo que es. ¿Me van a decir que al ver a Jaafar Jackson no vieron a Michael? La esencia está ahí. Michael está para disfrutarlo, para seguir su ejemplo artístico, no para seguir diseccionándolo como si fuera un expediente”.
Si usted espera una obra morbosa o escandalosa, basada en la polémica, los chismes y el misterio de Michael Jackson, se ha equivocado de sala. “Michael” es una obra de arte, un tributo al ícono que revolucionó la industria y, especialmente, al humano que había detrás de él.
Otro dato curioso: Lady Gaga es dueña de la colección de piezas de Michael Jackson más grande del mundo y prestó varias de sus 400 piezas originales e icónicas para que fueran usadas en el rodaje, permitiendo que la historia fuera aún más realista.
Las sombras tras el escenario
Pero mientras el público aplaude, afuera la realidad es menos armónica. Es imposible ignorar el conflicto que hoy fractura a la familia Jackson. Existe una disputa feroz por los derechos de su música y su fortuna.
Paris Jackson, su hija, ha sido la voz más crítica, alejándose de una producción que considera un “producto de marketing” del estate que ignora la verdad, ha declarado que la película está diseñada para “complacer a una sección específica del fandom que aún vive en la fantasía” y la describe como una versión “azucarada” llena de imprecisiones y “mentiras descaradas”, mientras que algunos de sus hermanos parecen encontrar en ella un refugio para el recuerdo, a excepción de Janeth, quien declinó participar o aparecer en la película, una decisión que su hermana La Toya pidió respetar públicamente.
Es una batalla donde el lucro y el sentimiento se confunden, recordándonos que incluso los reyes dejan tras de sí reinos en conflicto, pero que no debe opacar su legado.
Al final, a pesar de las disputas; los grandes números, el nuevo ascenso de su música en las listas globales y la forma en que las nuevas generaciones están redescubriendo su arte es la prueba mayor de por qué Michael fue, es y será el más grande de todos los tiempos.
Ver a jóvenes asombrarse con el moonwalk es confirmar que el talento real no tiene fecha de caducidad. Al final, queda la sensación agridulce pero hermosa de extrañar a alguien que nunca conocimos, pero que, a través de esta película, nos ha vuelto a regalar un poco de su luz. Michael ha vuelto, y quizá, nunca se fue.

