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Así era la casa donde nació Rafael Escalona, el gran cronista del vallenato

Rafael Escalona cumple cien años de legado. Colombia celebra la vida y obra del compositor que dejó una huella profunda en el vallenato.

Así era la casa donde nació Rafael Escalona, el gran cronista del vallenato

Maestro Rafael Escalona. (Colprensa).

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Entré a la casa de Rafael Escalona (1926-2009), en Patillal, dos días antes de su partida. Entré a la habitación donde nació y me senté bajo la sombra del enorme palo de mango de su patio. Escribí una crónica que se publicó un día después de su muerte. Comparto algunas imágenes de aquella experiencia, recorriendo pueblos que se convirtieron en materia prima de sus canciones y escuchando a los amigos y compadres del músico.

La vieja casa donde nació Rafael Escalona, en Patillal (Cesar), no tiene ninguna señal ni una foto que lo recuerde. La calle es ancha y el viajero se encuentra con la presencia imponente del Cerro de Murillo, que parece una mujer dormida en la inmensidad y el Cerro de las Cabras, “un suspiro de la Sierra Nevada de Santa Marta”. Allí, en el primer cuarto a la izquierda, vino al mundo el 26 de mayo de 1926 uno de los hijos del coronel Clemente Escalona y Margarita Martínez Celedón.

El sobrino del obispo presbiteriano de la diócesis de Santa Marta, Rafael Celedón. Pero ahora el cuarto está cerrado y los murciélagos revolotean en su abandono. “Soy un hombre que no toca ni el timbre de su casa”, solía decir Rafael Escalona. Jamás tocó un acordeón, una guitarra o una guacharaca. Pero logró atrapar la música silbando las melodías que se le ocurrían. “Luego, la melodía salía a buscar las palabras”. Lea también: La espera terminó, este es el viaje que programó Carlos Vives

“Mi papá fue veterano de la Guerra de los Mil Días y oficial del general Uribe Uribe. Durante la guerra, en una de sus pasadas por Patillal, conoció a mi mamá. Le mandó flores, le dio serenatas, le recitó poesías y se fue. Después regresó y se casó con ella, ‘para probarle que su amor era sincero’. Se quedó en el pueblo descansando de la guerra, encantado de ese amor y organizando una nueva vida. Le nacieron varios hijos, y nací yo también”, cuenta Rafael Escalona en su libro La casa en el aire, la historia novelada de su infancia.

Fue en ese patio donde escuchó de labios de Pedro Guerra, veterano de la Guerra de los Mil Días y compadre de Clemente Escalona, su padre, la historia verídica y fantástica a la vez de Francisco Moscote, que en una noche, hastiado de no tener contendores, desafió al Diablo a un duelo musical. En el caserío guajiro de Treinta, cerca de Tomarrazón y Cotoprix, apareció el muchacho con su viejo acordeón que había comprado de contrabando en Riohacha.

Rafael Escalona, compositor. (Colprensa).
Rafael Escalona, compositor. (Colprensa).

Esa espléndida tradición oral que enriquece la imaginación de La Guajira y el Cesar, conocida como Francisco El Hombre, formó parte de la vivencia personal de Rafael Escalona y de las páginas doradas de la literatura colombiana. Historia y leyenda contada en el sosiego de aquel patio, convertida en novela y más tarde en imagen cinematográfica. Se lo debemos a Rafael Escalona y a su intuición desde niño por la belleza y la conversación con los mayores. El primer acordeonero que él escuchó en Patillal siendo niño fue Mano Chée, un tipo flaco y desgarbado que deletreaba el alfabeto de la música, sin aún saberla, pero a todos encantaba. Lea también: Carlos Vives estrena canción y ahí viene su “historia”

Escalona decía que en verdad “macujeaba el acordeón”, es decir, emparapetaba los sonidos. El mejor acordeonero fue para él Juan Muñoz. Pero Francisco El Hombre terminó por erigirse en el mito del mejor juglar capaz de ganarle al Diablo con un acordeón, cantando el Credo al revés.

Escalona, según sus amigos

Rafael Escalona fue una criatura excepcional dotada de sensibilidad y sentido fabuloso de la amistad. Si usted relee sus canciones son, en verdad, como ha dicho Juan Gossain, crónicas cantadas, pero obras narrativas que abren y cierran una historia: La custodia de Badillo, La patillalera, La creciente del Cesar, Jaime Molina, entre otras. “No hay en esas letras un manejo idiomático impecable del que se ha ocupado Rito Llerena en un ensayo, no hay una letra que sobre o falte, no hay cacofonía ni hipérbaton, hay en esas canciones un rigor en la idea, en su estructura y en su manera de contarse. Hay, además de todo lo anterior, un tono profético”.

Su compadre y biógrafo Carlos Alberto Atehortúa asevera que con Escalona pasa lo mismo que cuando un niño asiste al esplendor del plumaje de un pavo real. Algunos se fijan en todo el colorido que proyecta, y otros se fijan en las patas del pavo real, en el contraste entre lo divino y lo humano, en el artista y en su condición humana. Pero en el caso especial de Rafael Escalona hubo, como bien lo dijo Alfonso López Michelsen, “cipote ángel”. Lea también: El maestro Rafael Escalona será homenajeado este jueves en Cartagena

Fue el mejor amigo de sus amigos, un ser amoroso, íntegro y de una generosidad sin límites. “Él no encaja entre los juglares tradicionales como Juancho Polo Valencia o Alejo Durán, que eran como el periódico cantado de los pueblos, llevando a flor de labios y a lomo a burro la noticia de una novedad o un augurio -añade Atehortúa-. Lo veo más como un Mester de Juglaría, un hombre que sin perder la memoria popular es capaz de hacerla sentir en toda la sociedad”.

Su entrañable amigo Jaime Molina, al que Escalona lloró a lo largo de estos últimos treinta años, tenía un humor agudo y mordaz y le decía al mismo Escalona que era un ‘beethovencito’, un Beethoven pequeño. “Cuando se murió Jaime, ninguno de nosotros sabía cómo decírselo a Rafael -continúa el historiador-. Me dijo que escribiría una canción mejor que el bolero de Fernando Valadez para recordar a su amigo muerto. A mí me tocó traer desde Bogotá por avión la corona más grande que Rafael le envió a su amigo Jaime Molina en aquel 15 de agosto de 1978. No vino a su entierro porque él no quería ver a sus amigos muertos. Él nunca dejó de llorar su muerte”. Hay una faceta de la que poco se habla de Escalona y es la de escritor. Es autor de ‘El viejo Pedro’, que rebautizó como ‘La casa en el aire’, un testimonio personal de cuatrocientas páginas en las que noveló su vida. Atehortúa dijo que el mejor homenaje que Gabo le hizo al compositor, además de convertirlo en personaje de su mejor novela, fue haber dicho que ‘Cien años de soledad’ era un vallenato de más de trescientas páginas.

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