Farándula

El cuento de la criada: la inquietante advertencia sobre los derechos de las mujeres

La obra de Margaret Atwood imaginó un mundo donde las mujeres pierden sus derechos. Décadas después, su ficción parece más inquietante que nunca.

El cuento de la criada: la inquietante advertencia sobre los derechos de las mujeres

¿Los derechos de las mujeres ya están completamente protegidos?. // Imagen generada con IA

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Muchos viven sin darse cuenta de sus privilegios. Mientras algunos pueden elegir qué vestir, qué estudiar o qué rumbo darle a sus días, millones de personas jamás han tenido ese derecho. La vida, esa única oportunidad que recibe cada ser humano, no reparte las mismas cartas para todos. Nadie elige el lugar donde nace, las normas que regirán su existencia ni las barreras que encontrará desde el primer día. Todo queda en manos de una suerte impredecible, capaz de conceder libertad a unos y condenar a otros a vivir entre límites impuestos.

Recreación de una criada de El cuento de la criada. // Imagen recreada con IA
Recreación de una criada de El cuento de la criada. // Imagen recreada con IA

Sin importar el género, cualquiera podría imaginar lo que sería despertar una mañana y descubrir que ya no puede trabajar, estudiar, abrir una cuenta bancaria o decidir sobre su propio cuerpo. Imaginar que sus opiniones dejan de importar, que sus sueños pierden todo valor y que cada aspecto de su existencia queda determinado por algo que nunca eligió: haber nacido mujer. Parece una pesadilla, pero para millones de personas es una realidad.

Y lo más doloroso es que, para que esa realidad hubiera sido la propia, habría bastado un giro diferente del destino, un simple golpe de suerte.

Para millones de espectadores, ese escenario trágico en el que las mujeres pierden sus derechos pertenece únicamente al universo de El cuento de la criada (The Handmaid’s Tale), la novela publicada por Margaret Atwood en 1985 y convertida décadas después en una de las series más comentadas. Sin embargo, la pregunta que ha mantenido viva la historia durante más de cuarenta años no es qué tan aterradora resulta su ficción, sino qué tan cerca está de la realidad.

La obra narra la historia de Gilead, una sociedad totalitaria surgida tras una crisis de fertilidad. Allí, las mujeres pierden progresivamente todos sus derechos hasta quedar reducidas a funciones específicas dentro del Estado: las criadas, vestidas de rojo, son obligadas a concebir hijos para las élites gobernantes; las esposas, de azul, representan a las mujeres privilegiadas; las Marthas sirven en los hogares; las Tías adoctrinan y castigan; y las Jezabeles son explotadas sexualmente en establecimientos clandestinos.

A simple vista, parece una distopía extrema, una advertencia exagerada sobre un futuro imposible. Pero Margaret Atwood hizo una confesión que cambió para siempre la forma de interpretar su novela. La escritora canadiense aseguró que se impuso una regla mientras escribía: no incluir ninguna forma de opresión, castigo o violencia que no hubiera ocurrido antes en algún lugar del mundo y en algún momento de la historia. No inventó las atrocidades de Gilead. Las recopiló.

Yo no deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas"

 Mary Shelley

¿Es solo ficción?

Esa revelación obliga a mirar el presente con otros ojos porque cuando se observan los acontecimientos que ocurren hoy en distintas regiones del planeta, la distancia entre la ficción y la realidad comienza a reducirse de forma inquietante.

Mientras Colombia celebraba el pasado 10 de junio la aprobación definitiva de una ley que prohíbe la mutilación genital femenina, una práctica que durante décadas vulneró los derechos de niñas y mujeres en algunas comunidades del país, Afganistán seguía acumulando titulares por las nuevas restricciones impuestas contra las mujeres bajo el régimen talibán. Son noticias que parecen pertenecer a siglos distintos y, sin embargo, ocurren al mismo tiempo como si fuera una película de terror. Lea: Congreso da paso firme para acabar con la mutilación genital femenina en Colombia

La mutilación genital femenina, también conocida como ablación, comprende procedimientos que alteran o lesionan los órganos genitales femeninos sin ninguna justificación médica. Es considerada una violación de los derechos humanos y una forma de violencia contra la infancia.

La aprobación de una legislación específica es un logro que convierte al país en el primero de América Latina en adoptar una norma dedicada a combatir esta forma de violencia de género. Aun así, caben preguntas: ¿por qué tardaron tanto? ¿Y por qué aún es una práctica en otros lugares del mundo?

Los interrogantes se multiplican cuando se observa la situación de Afganistán. Allí, las mujeres enfrentan algunas de las restricciones más severas del planeta. El régimen talibán les ha negado el acceso a la educación, al trabajo, a la participación pública y a la libertad de movimiento. Recientemente, un nuevo código penal generó indignación internacional al permitir que los hombres golpeen a sus esposas siempre que no les causen fracturas ni lesiones permanentes visibles.

Mujer afgana usando burka. // Imagen generada con IA
Mujer afgana usando burka. // Imagen generada con IA

Las imágenes de mujeres cubiertas completamente por burkas, en completo silencio y apartadas de la vida pública suelen provocar conmoción en Occidente; sin embargo, la historia demuestra que el control sobre las mujeres rara vez comienza con la violencia más extrema. Con frecuencia inicia con algo aparentemente sencillo: la forma de vestir.

Ese fenómeno fue retratado magistralmente por la iraní Marjane Satrapi en Persépolis, la novela gráfica autobiográfica que dio la vuelta al mundo. A través de sus recuerdos de infancia durante la Revolución Islámica de 1979 en Irán, Satrapi mostró cómo la imposición obligatoria del velo se convirtió en uno de los primeros símbolos de un proceso mucho más amplio de control social.

Por eso resulta imposible no encontrar conexiones entre las criadas de Gilead, las mujeres iraníes obligadas a cubrirse, las afganas invisibilizadas bajo el burka y los códigos de vestimenta impuestos por movimientos extremistas a lo largo de la historia. La ropa deja de ser una elección personal para convertirse en una herramienta de control y sometimiento.

El arte ha documentado este fenómeno mucho antes de que existieran las series de televisión. En 1862, el pintor ruso Vasili Pukirev presentó Matrimonio desigual, una obra que muestra a una joven obligada a casarse con un anciano rico. La pintura denunciaba una práctica normalizada en la Rusia del siglo XIX. Han transcurrido más de 160 años desde entonces, pero millones de niñas continúan siendo obligadas a casarse alrededor del mundo.

Matrimonio Desigual . // Pintura de  Vasili Pukirev
Matrimonio Desigual . // Pintura de Vasili Pukirev

Algo similar ocurre con El rapto de las sabinas, de Peter Paul Rubens. La pintura representa una antigua leyenda romana en la que un grupo de mujeres es secuestrado para convertirse en esposas de los conquistadores. Aunque se trata de una obra barroca del siglo XVII, su lectura contemporánea resulta profundamente vigente.

El rapto de las sabinas. // Pintura de Peter Paul Rubens
El rapto de las sabinas. // Pintura de Peter Paul Rubens

La instrumentalización del cuerpo femenino no pertenece únicamente al pasado. Uno de los ejemplos más impactantes ocurrió en Rumania durante la dictadura de Nicolae Ceaușescu. En 1966, el régimen promulgó el Decreto 770. Miles de mujeres fueron sometidas a controles médicos obligatorios para garantizar embarazos. La maternidad dejó de ser una decisión personal para convertirse en una obligación impuesta por el Estado.

Décadas después, una discusión similar resurgió en Estados Unidos con el caso de Adriana Smith, una mujer de 30 años declarada con muerte cerebral mientras cursaba un embarazo de pocas semanas. Debido a la legislación vigente, permaneció conectada a soporte vital artificial durante meses para permitir el desarrollo del feto. Aunque muchas personas celebraron que se preservara una vida, otras se preguntaron si una mujer podía ser reducida a una “encubadora” incluso después de haber perdido toda actividad cerebral.

El debate recordó una vez más la inquietante pregunta planteada por Atwood: ¿qué sucede cuando la capacidad reproductiva se vuelve más importante que la autonomía de la mujer?

Las noticias actuales siguen aportando ejemplos inquietantes. En Irán, el 18 de junio, la cantante Parastoo Ahmadi fue condenada a 74 latigazos y a dos años sin ejercer actividades artísticas tras aparecer sin velo en una presentación transmitida por internet. En Yemen y Siria, la guerra ha incrementado los matrimonios infantiles, y en India las viudas siguen siendo marginadas. Le recomendamos leer: Irán castiga con 74 latigazos a una artista por presentarse sin velo en internet

“No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida”

 Simone de Beauvoir

Por eso la lección más importante de El cuento de la criada no tiene que ver con la política ni con la religión. Tiene que ver con la memoria. Porque quienes hoy pueden estudiar, trabajar, votar, administrar su dinero, decidir sobre su maternidad o expresar libremente sus opiniones suelen hacerlo gracias a luchas que comenzaron mucho antes de que nacieran.

Esa es la verdadera razón de ser de El cuento de la criada: un relato sobre derechos que pueden perderse cuando una sociedad deja de protegerlos. La historia de Gilead no resulta aterradora porque sea imposible, sino porque recuerda demasiado a realidades inquietantes que millones de mujeres han vivido y siguen viviendo alrededor del mundo.

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