A Carmenza Gómez no le gusta pensar que la actuación simplemente le ocurrió ni que llegó a ella por casualidad. Cuando mira hacia atrás y repasa las décadas que ha dedicado al teatro, el cine y la televisión, tiene claro que ser actriz fue una elección. “Yo elegí ser actriz, yo elegí serlo, no fue que me tocó”, afirmó durante una conversación con Viernes.

Tras una extensa carrera, en la que ha dado vida a personajes en producciones como Azúcar, La casa de las dos palmas, Perro amor, El último matrimonio feliz, El Joe, la leyenda, Diomedes, el Cacique de La Junta, Primate, Noticia de un secuestro, Leandro Díaz y Perfil falso, entre muchas otras, su propio gremio decidió hacer una pausa para reconocer su trayectoria.
Carmenza Gómez será una de las seis figuras homenajeadas en la próxima edición de los Premios Bravo, junto a Humberto Dorado, Misael Torres, Phánor Terán, Gloria Castro y Merena Dimont. La ceremonia se realizará el lunes 24 de agosto en el Teatro Nacional La Castellana, en Bogotá.
Para ella, sin embargo, el valor del reconocimiento no radica únicamente en recibir un premio, sino en saber que son sus propios compañeros de oficio quienes han decidido mirar su recorrido y reconocer la huella que ha dejado su trabajo.
Los Premios Bravo, organizados con la participación de Actores Sociedad Colombiana de Gestión y el Teatro Nacional, cuentan con una categoría dedicada a maestros y maestras de las artes escénicas. Esta será la tercera edición de estos reconocimientos.
Una charla con Carmenza Gómez
¿Qué significa para usted recibir un homenaje por tantos años de carrera?
“Ante todo, uno siente agradecimiento”, respondió Carmenza. Para ella, que el reconocimiento provenga de su propio gremio tiene un significado especial. Explicó que los nominados en esta categoría son escogidos por un comité y que, a diferencia de otras, no se trata de una postulación hecha por el propio artista. “Uno agradece este tipo de homenajes en vida”, expresó.
Carmenza nació en Nueva Orleans, Estados Unidos, y pasó parte de su infancia en Cartagena de Indias antes de trasladarse a Bogotá. Estudió filosofía, letras y psicología, conocimientos que con el tiempo terminaría incorporando a su oficio. Porque para ella, la actuación no es una disciplina aislada, es, por el contrario, un punto de encuentro.
-¿Siempre imaginó que iba a construir una carrera tan extensa?
“Uno se va sorprendiendo de la vida”, respondió. La actriz contó que inicialmente tenía otros proyectos y que estudió diferentes carreras que le interesaban. Sin embargo, terminó comprendiendo que cada conocimiento adquirido podía convertirse en una herramienta para su profesión soñada. “Cualquier disciplina que tú hayas emprendido antes de elegir lo de la actuación sirve para tu carrera”, explicó.
Si un actor ha estudiado danza, puede aprovecharla para construir la corporalidad de un personaje. Si estudió literatura, puede utilizar ese conocimiento para comprender los parlamentos y la manera de hablar de alguien. Incluso haber cursado algunos semestres de arquitectura podría servir para interpretar a un arquitecto.
Tenía apenas 23 años cuando recibió uno de los personajes que marcarían para siempre su carrera: la abuela desalmada de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, adaptación teatral de la obra de Gabriel García Márquez, dirigida por Miguel Torres. Lo particular es que, en lugar de interpretar a Eréndira, la joven protagonista, Carmenza asumió el papel de una mujer mayor.
“Yo pienso que la actuación es como la vida. ¿Quién ha dicho que vivir es fácil?”, reflexionó. Para ella, en la actuación también existen las alegrías, las pérdidas, las frustraciones, las incertidumbres y las sorpresas. Carmenza también mira con espíritu crítico la transformación de la industria audiovisual y teatral.
-¿Cómo ha afrontado esos cambios?
“Yo algunos los afronto y en otros los combato y los critico”, respondió. Su crítica no se dirige únicamente a la velocidad con la que afirma que se quiere realizar el arte en la actualidad, también cuestiona que el éxito de una producción se mida principalmente desde lo económico.
Quizá una de las partes más humanas de la conversación aparece cuando habla de su vida lejos de los escenarios y los sets. Carmenza no se considera una “máquina de trabajo” y no quiere que trabajar sea el objetivo de su existencia, ella defiende la necesidad de hacer pausas, no solamente cuando el cuerpo obliga a detenerse.
Lee. Va al cine. Asiste a obras de teatro y conciertos, especialmente de música clásica. Camina. Viaja. Visita amigos. Duerme. Y también disfruta de estar en su hamaca. En un mundo que, según ella, corre demasiado rápido, reivindica la pausa y frente a la tentación de convertir el arte en un simple producto, defiende su capacidad de humanizar.
Al final de la conversación, cuando se le pregunta por aquello que considera fundamental en este momento del mundo, su respuesta puede resumir buena parte de lo que piensa sobre su oficio: “No perder la humanidad.”
Esa humanidad, que ha defendido dentro y fuera de los escenarios, es quizá el mayor legado de Carmenza Gómez.

