Durante ocho años, Maritza Aristizábal hizo parte de las mañanas de millones de colombianos. Mientras buena parte del país apenas comenzaba el día, ella ya estaba frente a las cámaras, informando, entrevistando y poniendo su voz a las noticias que marcaban la agenda nacional.
Levantarse a las tres de la mañana, sin embargo, nunca fue para ella el gran sacrificio que podría imaginarse. Por el contrario, recuerda esa etapa con gratitud. “Madrugar fue para mí una bendición. Fue maravilloso”, asegura la periodista, quien destaca el equipo que la acompañó durante esos años y las amistades que espera conservar para toda la vida. Incluso su cuerpo terminó acostumbrándose a comenzar la jornada cuando todavía era de noche.
Pero había algo que no terminaba de encajar. No estaba relacionado con las cámaras, el ritmo del noticiero o las exigencias de la profesión.
Desde que nació su hija Isabella, que hoy tiene cinco años, Maritza nunca había tenido la posibilidad de vivir un día hábil despertándose junto a ella. Ahora, con su llegada a la emisión del mediodía de Noticias RCN, ese pequeño cambio de horario adquirió para ella un significado enorme.
“Poder despertarme junto a Isabella, arreglarla, ponerle sus monitos, acompañarla antes de que empiece su día… son cosas que parecen muy sencillas, pero que yo me estaba perdiendo”, cuenta.
Ese momento cotidiano, que para muchas familias puede parecer parte de la rutina, para ella representa recuperar una parte de la infancia de su hija que hasta ahora había sido difícil compartir. Por eso, Maritza no entiende este cambio como una despedida de las mañanas, sino como una evolución. Profesionalmente, representa un nuevo desafío; personalmente, una oportunidad de estar más presente.
“No siento que esté dejando atrás la mañana; siento que estoy llevando todo lo que construí allí a una nueva etapa y a un nuevo desafío”, explica.
Maritza Aristizábal: una periodista que aprendió escalón por escalón
Aunque hoy es uno de los rostros reconocidos de la televisión colombiana, Maritza confiesa que ser presentadora nunca estuvo entre sus sueños cuando comenzó su carrera. “Cuando entré al periodismo nunca me planteé, ni soñé, con ser presentadora. Eso se me atravesó en el camino y yo lo abracé como una gran oportunidad”, recuerda.
Con los años conserva algo que considera fundamental: la curiosidad. Pero ahora la acompaña con experiencia y con una conciencia mucho mayor sobre la responsabilidad que implica hablarle al país a través de una cámara y un micrófono.
Ese aprendizaje también la ha llevado a entender que el periodismo actual no puede quedarse en un solo formato. “Más allá de entender los formatos, lo importante es imprimirles un estilo personal”, afirma.
Por eso, su intención en la emisión del mediodía es conservar el tono fresco, cercano y humano que construyó durante sus años en la mañana, pero llevarlo a una audiencia que se acerca a las noticias en otro momento del día.
Uno de los grandes retos que encuentra en esta nueva etapa es precisamente el ecosistema digital. Las redes sociales se han convertido en una de las principales fuentes de información para millones de personas y, para Maritza, los periodistas tienen que estar allí.
Pero estar presentes en los nuevos medios no significa renunciar a los principios esenciales de la profesión. Al contrario. En medio de la velocidad con la que circulan los contenidos, considera que verificar, contrastar fuentes y publicar información rigurosa es todavía más importante.
Para ella, la credibilidad será finalmente la herramienta que permitirá diferenciar el periodismo profesional del contenido que circula sin responsables identificables.
“En medio de tanto ruido, la credibilidad vuelve a ser nuestro mayor diferencial”, afirma.
Una cobertura que cambió su manera de entender Colombia
Entre las experiencias que más han marcado su carrera recuerda especialmente la cobertura de la liberación de personas secuestradas, cuando todavía era una periodista joven.
Aquel trabajo no solo significó una puerta de entrada al periodismo político. También fue una experiencia que le permitió acercarse al conflicto colombiano desde una perspectiva completamente diferente a la que había aprendido en las aulas.
Estuvo cerca de las madres que esperaban durante años el regreso de sus hijos, de las comisiones internacionales, de los organismos humanitarios y de las negociaciones que rodeaban aquellas liberaciones.
Maritza nació en Granada, Antioquia, un municipio del Oriente antioqueño profundamente golpeado por la violencia. Por eso, aquella cobertura terminó tocando una fibra mucho más profunda.
“Esa cobertura no solamente me enseñó a contar el conflicto; también me ayudó a entender una parte de mí”, reconoce.
Durante años, la televisión construyó la imagen de un presentador como alguien que simplemente leía noticias. Hoy, Maritza cree que la audiencia entiende que quien está detrás de una pantalla también puede indignarse, conmoverse y sentir el peso de las historias que cuenta. La clave, para ella, está en encontrar el equilibrio y no perder la humanidad sin sacrificar el rigor.
Su nueva etapa en televisión no representa solamente un cambio de horario. Es también la oportunidad de seguir contando la historia del país sin olvidar la suya.
“Que la gente sepa que, detrás de cada noticia que cuento, hay una periodista que se ha tomado en serio el privilegio de poder contarle al país lo que está pasando”, concluye.
