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Melchor ‘El Cruel’: el arquitecto de la champeta que convirtió su tragedia en canción

Melchor ‘El Cruel’ grabó una canción sobre el cáncer sin imaginar que años después viviría una tragedia similar con su hija. Así recuerda su dolor.

Melchor ‘El Cruel’: el arquitecto de la champeta que convirtió su tragedia en canción

Melchor ‘El Cruel’, cantante y pionero de la champeta. //Fotos cortesía: Camilo Torres.

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Por: Vanessa González

A las 4 de la tarde, el calor no da tregua en el barrio El Silencio de Cartagena de Indias. Melchor Pérez Torres abre la puerta descamisado, pero de inmediato pide una pausa para vestir una de las coloridas camisas que le confecciona su diseñador.

Está recién operado de un ojo y convaleciente. Mientras se arregla, la sala de su casa narra su propia historia: en la pared cuelga un retrato con su mujer, en el centro resalta un florero de vibrantes tonos naranjas y, al fondo, una vitrina guarda botellas de licor cubiertas por tanto polvo encima que es fácil intuir que hace mucho tiempo nadie brinda con ellas.

​Melchor ha grabado más de 120 canciones en su carrera, pero hubo una que interpretó innumerables veces sin sospechar que sería la banda sonora de su propia desgracia: ‘El cáncer de Elena’. Por aquella composición, un encargo para relatar la enfermedad de una mujer, le pagaron 600.000 pesos en su momento.

El destino quiso que ese mismo mal invadiera su hogar y atacara a Katherine, una de sus hijas, justo cuando estaba a punto de terminar una maestría. Desesperado, el cantante mandó a comprar un remedio hasta Cuba, pero ya era tarde. Su hija murió... “Esa canción me cayó a mí, casi igualito”, recuerda hoy, a sus 65 años.

​La tragedia vino por partida doble. Simultáneamente, su esposa -con quien estuvo casado 46 años- enfermó de neumonía y falleció al enterarse de la muerte de la joven. Melchor mantuvo dos hogares paralelos. De esas dos mujeres nacieron la mayoría de sus diez hijos -hoy le quedan nueve-, y tres más fueron fruto de otras relaciones. Frente a las críticas, el pionero de la champeta respondía con desparpajo: “Yo tengo dos mujeres, pero tú tienes una y no la sacas ni a la puerta de tu casa”. A pesar de lo complejo de su árbol genealógico, sus hijos son bastante unidos. “Nunca he visto problemas entre ellos, cuando se hacían fiestas llegaban todos 10 sin excepción”, apunta.

Melchor fue corista de Anne Swing e integró Son Palenque, dos etapas que marcaron su camino antes de consolidarse como solista. //Foto: cortesía Camilo Torres
Melchor fue corista de Anne Swing e integró Son Palenque, dos etapas que marcaron su camino antes de consolidarse como solista. //Foto: cortesía Camilo Torres

Melchor antes de ‘El Cruel’: sus orígenes y primeros pasos en la música

​Antes de ser conocido como ‘El Cruel’ -apodo que le dieron sus propios oyentes al considerar que cada disco que lanzaba era “más cruel” (mejor) que el anterior-, Melchor creció en el barrio Nariño. Allí fue vecino de otra leyenda de la música colombiana: Joe Arroyo. “Yo recuerdo que le tiraba piedras al techo de zinc y le decía: ‘¡Cállate!’. Ni idea de que él iba a terminar cantando”, cuenta entre risas.

​Melchor nació en Cartagena el 10 de septiembre, fue criado por Josefa Torres, vendedora de pescado, y Dionisio Pérez, recolector de basura.

Es el cuarto de doce hermanos, sus padres los enseñaron a ser unidos y de esa infancia le quedó una costumbre, todos se reúnen cada quince días. “Nos queremos mucho, por ejemplo, ahora que me operé, me llaman, me mandan de todo”, dice con felicidad. Ninguno fue profesional, pero explica que “es como si fuéramos”, por la buena costumbre que les dejaron Josefa y Dionisio.

Apenas llegó a quinto de primaria y tuvo que ganarse la vida haciendo de todo: “Embolé zapatos, cargué viajes en el mercado, vendí perfumes y después gafas en Bocagrande”, donde se ganaba su “vainita buena”.

La música era apenas un pasatiempo que lo llevó a ser bailarín del grupo Son Palenque, liderado por Justo Valdez, y luego corista de Anne Swing, agrupación con la que representó a Colombia en diversos festivales.

Melchor ha grabado más de 120 canciones, entre sus éxitos se destacan “La Perrera”, “El Ratero Salado”, “Cáncer de Elena”, entre otros. //Foto: cortesía Camilo Torres.
Melchor ha grabado más de 120 canciones, entre sus éxitos se destacan “La Perrera”, “El Ratero Salado”, “Cáncer de Elena”, entre otros. //Foto: cortesía Camilo Torres.

Un champetúo que vivirá en la historia

​Su salto como solista fue casi una travesura. Inspirado por los vinilos africanos que sonaban en picós como ‘El Conde’ o ‘El Guajiro’, el dueño del picó ‘Sabor Estéreo’ lo convenció de grabar un disco. Melchor aceptó y, a escondidas de su colega Viviano Torres, se metió en el estudio de grabación de William Simanca para darle vida a ‘Rumba en Nariño’, su primera canción. Así, codeándose con pioneros como el propio Viviano y Luis Tower cimentó las bases de la champeta. Aunque quería cantar en dialecto palenquero, el mercado le exigió hacerlo en español, lo que derivó en éxitos comerciales y temas de fuerte crítica social como ‘La Perrera’, ‘El Ratero Salado’ y ‘El desplazado’.

​Actualmente, Melchor se levanta todos los días a las 3:30 de la madrugada a hacer ejercicio y a estudiar música. Cuando lo llaman a tocar, dice que no. “Ya yo estoy cansado y aquí en el mundo todo no es la plata”, afirma. Aun así no piensa en retirarse: “Eso no se me va a venir a la cabeza nunca”. Cuando se le prende la chispa, graba una idea y la guarda. “Tengo un poco de canciones guardadas”. Para él, “la música es libertad, la música es alegría. Es la que le saca los problemas a uno”.

Al evaluar a las nuevas generaciones de la champeta, les otorga un “10” por su nivel de afinación, pero lamenta que los computadores hayan desplazado instrumentos en vivo como la guitarra, la conga y el bongo. “Ya consiguieron el barco hecho. Aquella vez nosotros apenas estábamos pintándolo, cogiendo la madera para hacerlo”, sentencia.

Sabe que sus clásicos suenan a nivel internacional y no tiene dudas sobre su legado: “Voy a quedar en la historia de la champeta, eso téngalo por seguro”, concluye.

*Escrito por una estudiante del Programa de Comunicación Social de la UTB.

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