Laurence Debray, una historia de amor y de guerra

19 de mayo de 2019 12:06 AM

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Esa mujer delgada de intensa mirada aguamarina podría atrapar el mundo con sus ojos, pero lo atrapa con su corazón y su conciencia.

Es Laurence Debray (París, 1976), quien se sumergió en los recuerdos secretos de sus padres, el filósofo francés y militante de izquierda Régis Debray, autor de setenta libros, el mismo que acompañó a Fidel Castro en los inicios de la revolución cubana en la Sierra Maestra y se fue con el Che Guevara a Bolivia. Y la vida de su madre, la antropóloga venezolana Elizabeth Burgos, autora del libro ‘Yo, Rigoberta Menchú’.

Laurence reconstruyó los años en los que por entrar en la aventura política de revolucionar el mundo, ellos no tuvieron tiempo de estar en casa y la dejaron criándose con sus abuelos. El fruto de su vigilia es un retrato íntimo, amoroso, tierno, feroz y a su vez doloroso y sincero de sus padres, que resuelve en 284 páginas de su libro ‘Hija de revolucionarios’ (2018), publicado por Anagrama.

La frase de Moliére que utiliza como epígrafe podría explicar el temple de su espíritu: “Cuanto más se ama a alguien, menos debe adulársele; el verdadero amor es el que nada perdona”. Es que Laurence no perdona esa ausencia. Su investigación oscila en el rigor histórico, documentado, pero a su vez en el impacto emocional que esa aventura generó en su vida y cómo le cambió la percepción del mundo que le tocó vivir. Al adentrarse en esas pesquisas de las vidas de sus padres, encontró huellas en las que se retrata una franja de la historia del continente y de los episodios cruciales del mundo. Y en ese proceso de descifrar la aventura de sus padres, se desnuda ella misma.

Laurence brilla ella sola por la claridad de sus convicciones y por la sabia rebeldía de quien conoce el anverso y reverso de esta historia.

Los cuestionamientos a sus padres, además de la ausencia, son de índole político. Mientras sus abuelos respondían sus preguntas con detalles, sus padres tenían respuestas evasivas “y alusiones evasivas”, y ella se tropezaba con el muro de la clandestinidad de sus vidas de revolucionarios. Aquello, según su testimonio, fue como un cerco de misterio y de marginalidad, “pero no les importaba ser indescifrables”. Se resignó a esa situación y fue desertando del seno familiar. “No compartíamos opiniones, ni ocios, ni ritos familiares... Aquella distancia era conveniente para todos. Lo que ganaba en libertad, lo perdía en afecto. Y ellos protegían su tranquilidad”.

Para Laurence, las figuras de Fidel y el Che han sido santificadas, pero “los verdaderos héroes son los cubanos, que, con un sentido del humor y un ingenio sin igual, sobrellevan las dificultades del día a día”. Sus padres eran unos jóvenes cuando salieron de sus países tras el sueño de la revolución, siguiendo el camino de sus propios deseos y convicciones. Régis Debray, su padre, tenía un aura mítica y su nombre es precisamente un mito de aquellos años dorados de la revolución, junto a Fidel y el Che. Los militares bolivianos capturaron y encarcelaron a su padre durante 43 meses y luego capturaron al Che y lo mataron. Régis estuvo a punto de morir. Fue torturado para que dijera el paradero del Che. Lo llevaban en un helicóptero y lo dejaban colgando en el aire, para que dijera el lugar donde estaba el mítico guerrillero. Ella cree que su padre jamás delató al Che, por el contrario, cuando supo de su muerte se derrumbó y dijo que su dolor más grande era no haber muerto a su lado. A Laurence le parece que todos estos episodios históricos que vivió su padre podrían servir para una película. Pero qué más película que su propio libro.

Su narrativa a veces llega a ser implacable. Ella confiesa que al investigar sobre las vidas de sus padres descubrió episodios que no habría querido no conocer. Para protegerse de lo descubierto, los consideró “héroes de una película de aventuras, cuya historia, romántica, complicada y a veces dramática, acababa bien gracias a mi nacimiento. Aunque mi llegada acentuara el deterioro de una pareja y de un compromiso”.

Juzga a aquellos jóvenes románticos que eran sus padres con la mirada del siglo XXI y con el ideal del socialismo de los años sesenta.

“¿Cómo es posible que mis padres aprobaran un proyecto político como aquel, fundado sobre la represión, la exclusión y el poder absoluto?”, se pregunta. Laurence pasó por Cartagena, invitada por la Alianza Colombo Francesa y desde su arribo le expresamos el deseo de entrevistarla.

¿Qué fue lo más difícil de escribir o contar en su libro?

-¡Todo el libro fue difícil de escribir! La inmersión en una época que no conocía, cuestionar los valores de aquella época, contar la vida de unos personajes que son tus padres, pero podrían ser protagonistas de una película de aventuras, y relatar mi infancia, momentos íntimos... Quizás lo más doloroso fue escribir sobre los 4 años de cárcel de mi padre: cuando vi los reportajes de la televisión y de prensa sobre mis abuelos tratando de ayudarlo, de volver a recordarlo durante el juicio en la cárcel, todo eso me emocionó mucho.

¿Cuál es el episodio humano en la paradoja de su vida que hubiera deseado no contar o cree que dejó por fuera?

-Mi relato es muy sincero e íntimo. Abarca todos mis cuestionamientos, dudas, y también mi admiración.

¿Hacia dónde cree usted que se encaminan las nuevas visiones u utopías de igualdad en la sociedad de hoy, más allá de las ideologías?

-Tuve una sobredosis de ideologías, así que no me interesan mucho. Siempre se busca una sociedad ideal, lo que me parece fantástico en teoría. Aplicar ya es más complicado. Me parece que hoy en día la preocupación mundial debería ser el medioambiante, pero tanto las empresas como los gobiernos han fallado, por el momento, en resolver este desafío.

¿Cuál es el paisaje natural al que regresa y la hace feliz?

-Me gusta mucho recorrer las bellas playas del Caribe y ver los paisajes montañosos también. Cuando estoy frente al Ávila estoy feliz. Pude ir hace dos meses después de diez años de ausencia. El Ávila tiene una presencia muy fuerte, de protector y de majestuosidad. Te recuerda que somos nada a su lado. Pero también que tenemos que ser a la altura simbólica de esta montaña, ser digno de ella. Seguro que inspiró a muchos venezolanos hacer grandes cosas. Y que todavía inspira esperanza.

¿Qué objetos tienen en usted una carga simbólica o emocional?

-Tengo cuadros que me rodean en mi casa y que me inspiran. Son regalos de mi padrino, el pintor chileno Roberto Matta, o son cuadros heredados de mis abuelos paternos. Los veía en su casa, donde pasé una buena parte de mi infancia, y me gusta la continuidad, poder verlos todos los días. Los echaría mucho de menos. Son muy buenos compañeros.

¿Qué libro reciente la ha conmovido?

-Estuve en la Feria del Libro de Buenos Aires. Allí conocí a un autor franco-ruandes, Gael Faye. Lo conocía por sus canciones, porque es también compositor de canciones, pero no había leído su primera novela ‘Petit pays’ (‘Pequeño país’) a pesar del éxito que tuvo en Francia. Es un libro que me conmovió, me hizo descubrir África a través de la mirada de un niño y la barbarie que ocurrió en el conflicto entre los tutis y hutus, con un estilo muy poético. Una pequeña joya.

¿Cómo es un día en la vida de Laurence Debray?

-Es un día de madre y de autora en París. Tengo que cumplir con actividades cotidianas e intelectuales: atender a mis hijos emocionalmente y de manera práctica (las comidas, las tareas, etc.) y atender a mis necesidades de escritura y soledad. Puede ser un reto agotador, pero soy muy privilegiada de poder hacerlo.

Epílogo

Laurence entra por el tiempo de sus padres y nos revela el mundo de sus abuelos. Y la vida de líderes controvertibles pero insoslayables de la historia, como sus propios padres, Fidel Castro, el Che Guevara, Hugo Chávez, Mitterrand, entre otros. Al leer el libro, su padre no hizo mayores comentarios. El deseo de Laurence es pertenecer a “la casta de los normales”, “saborear un arte de vivir y disfrutar de una familia, aunque fuera defectuosa”.

En sus ojos profundos flota un mar de ausencias que la iluminan y fortalecen entre las paradojas del amor y la guerra. Su libro es un espejo de su tiempo.

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