“Trump saca la mierda de lo peor de todos nosotros, de nuestro miedo. Pregúntale a cualquier macho alfa real que conozcas y dirán de Trump: ‘Este es el tipo que no nos gustaba en la escuela porque era un matón, pero tan pronto como alguien le hacía frente, se ponía a llorar’”. Así se refirió, sin piedad y sin dosificar el ácido, la escritora Margaret Atwood sobre Donald Trump. Así como ella, muchos autores de la talla de Paul Auster, Stephen King o Martin Amis se han quitado el carné literario para ejercer una crítica sin filtro contra el polémico rubio.
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Donald Trump siempre ha sido un agente extraño en ese letargo social y cultural que llaman “sueño americano”. Su larga lista de salidas polémicas contradicen el decálogo, en caso de existir, de lo que es vivir y morir en Estados Unidos. Un remanso que siempre se ha vendido como el suburbio de calles limpias, jardines acicalados, puertas traseras abiertas y buzones con apellidos, en medio de un turbulento y espinoso continente.
En muchos escenarios, el país de la Coca-Cola y del McDonald’s es sinónimo de democracia, legalidad y respeto a las libertades civiles; por ende, cuando el The Washington Post documentó que Trump en sus primeros 100 días de mandato emitió 500 falsedades a través de sus redes sociales y canales de comunicación, no solo los escritores se preocuparon.
Entre 2017 y 2021, Donald Trump, magnate inmobiliario y hotelero, comandó desde la Casa Blanca a una gran potencia mundial que llevó, según analistas, a picos históricos de polarización y tensión social que no se veían desde la Guerra de Secesión. Cuatro años en los que persiguió a la prensa que se le opuso y en los que, además, construyó un gran muro en la frontera con México que más parece una paredilla que dividió para siempre al primer del tercer mundo. Esto propició que aquellos ilusionados o nostálgicos por soñar en inglés se convirtieran en víctimas de los carteles criminales, las bandas de coyotes y de la intemperie de los desiertos.
Pero lejos del río Bravo que moja a los inmigrantes, en Washington, desde la oficina oval de la Casa Blanca, Trump protagonizó escándalos como la presunta infiltración de Vladimir Putin para favorecer su campaña presidencial, señalamientos de varias mujeres de ser un abusador sexual, y el despido de funcionarios por medio de tuits. Al político republicano, vertiente conservadora del país, no se le ha movido el flequillo con ninguna de estas controversias. Incluso, en una carrera política que parece no tener fin, como el aguante de su piel a las máquinas bronceadoras, ahora quiere volver a ser presidente de los Estados Unidos.
Lo que para muchos sería una quimera, una roca de Sísifo o, sencillamente, un delirio sin seriedad, es una realidad y se ve en los miles de simpatizantes que se agolpan afuera del tribunal federal de Miami donde es procesado, no por el posible fraude fiscal que cometió al no pagar impuestos sobre la renta en diez de los últimos 15 años, valiéndose de un método de engaño fiscal conectado en el reporte de numerosas pérdidas, según The New York Times, sino por 37 cargos relacionados con una gestión irregular de secretos de Estado.
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Las gorras rojas
Trump y sus partidarios volvieron tendencia las gorras rojas con el lema “Make America Great Again” (Haz Estados Unidos grande otra vez) y que hoy se vuelven a ver en las calles en defensa del primer expresidente estadounidense que es inculpado a nivel federal.
En Estados Unidos está prohibido que un mandatario guarde secretos de Estado y documentos clasificados en lugares no autorizados e inseguros. En enero de 2021, cuando se fue de la Casa Blanca rumbo a su mansión de Mar-a-Lago, en Florida, Trump se llevó decenas de cajas llenas de archivos. Este material lo apiló en un trastero donde fue encontrado por agentes del FBI el pasado 8 de agosto.
Treinta cajas con 11.000 documentos en su interior lo tienen hoy en problemas. Trump considera a este caso como una maniobra política de los demócratas para obstaculizar su candidatura presidencial y propiciar la reelección de Biden en las elecciones de 2024.
Sin embargo, para Dorian Kantor, docente de relaciones internacionales en la Universidad de Javeriana y doctor en ciencia política, este proceso judicial no debilita su campaña debido a la fuerza del “trumpismo”. “Es una ideología naciente en el populismo de derechas y su culto a la personalidad de Trump. Giran en torno a él. Sus seguidores, que se sienten víctimas de las condiciones económicas y los cambios sociales modernos, lo ven como una especie de salvador, alguien que habla por ellos y comprende su frustración con el progresismo. Trump dijo durante su primera campaña a la presidencia que podría plantarse en medio de la Quinta Avenida de Nueva York, disparar a alguien y no perdería ni un solo voto. Esto es ciertamente verdad con respecto a sus principales seguidores”, expone el académico.
Según Kantor, hoy la democracia estadounidense está debilitada frente al trumpismo. “Los demócratas se enamoran, los republicanos se alinean” (Democrats fall in love, Republicans fall in line). La democracia estadounidense ha sufrido un retroceso considerable: el debilitamiento de las instituciones, la disminución de la confianza en el gobierno y la ruptura total de las normas durante la presidencia de Donald Trump. Esto significa que el sistema político podría ser más frágil de lo que pensamos. Los demócratas necesitan darle energía a su base en 2024 para que acuda a votar para ‘salvar la democracia’, frente a un ‘delincuente’ y ‘antidemocrata’ si quieren tener una oportunidad de ganar la Casa Blanca. Si los demócratas pierden en 2024, el antiliberalismo, en la línea de Erdogan, Orban o Putin, ganará más terreno en Estados Unidos”, puntualiza.
¿Preso puede ser presidente?
Desde que anunció en noviembre pasado que iría por la presidencia, se suscitó una polémica con respecto a una probable escogencia de un mandatario de Estados Unidos tras las rejas. Al respecto, Dorian Kantor expone que independientemente de lo que ocurra en este caso, Trump no será inhabilitado para presentarse a las elecciones
“Otra cuestión importante es cuándo llegará este caso al tribunal. Si la vista judicial está prevista para el año que viene, podría ser durante o al final de la campaña electoral. Los abogados de Trump intentarán ralentizar el proceso todo lo posible presentando mociones de distracción. El juez designado por Trump que llevará el caso también podría ayudar a la campaña de Trump dilatando el caso. En cuanto a la pena de cárcel: los altos cargos rara vez acaban en la cárcel. Un buen ejemplo sería el general David Petraeus, quien compartió información secreta con periodistas: se declaró culpable, pagó una multa y obtuvo dos años de libertad condicional”, aduce el internacionalista.
Lo que sí es palpable como una llama que quema o una lluvia que moja, según Kantor, es que con Trump, guiándonos de su anterior mandato, se verían mayores retrocesos democráticos: la promoción de grupos e ideologías extremistas, más estancamiento en Washington, D.C., más vilipendio del periodismo convencional y una mayor erosión de la cultura política estadounidense, con el centro completamente vaciado y los extremos ganando fuerza.
Por su parte, el analista internacional y docente de la Universidad del Rosario, para Mauricio Jaramillo Jassir, es destacable que, indirectamente, con el tema Trump se ha despertado una conciencia democrática en los Estados Unidos. “Se dieron cuenta que la democracia hay que defenderla todos los días y que nada los protege indefinidamente de una amenaza, incluso proveniente del interior de su política”, afirma.
“En cuanto al orden internacional, veríamos el mismo tipo de apaciguamiento hacia Rusia que vimos en el primer mandato de Trump, la retirada de importantes acuerdos internacionales como París, el debilitamiento de la OTAN y de las alianzas estadounidenses en general. Probablemente también veríamos una escalada de las tensiones entre China y Estados Unidos. En última instancia, Estados Unidos perdería más de su potencial de liderazgo, poder blando y credibilidad, especialmente cuando se trata de la expectativa de que Estados Unidos acudiría en ayuda de, digamos, otra Ucrania o de la libertad de prensa, etc.”, concluye Kantor.
Con relación a una eventual victoria electoral de Donald Trump frente al Gobierno de Gustavo Petro, Dorian Kantor indica que el empresario siempre ha tenido un enfoque hacia el hemisferio occidental arraigado en una ideología de la Guerra Fría: el anticomunismo y el uso del poder duro para combatir lo que debería tratarse como problemas sociales, como el narcotráfico.
“Con gobiernos de izquierdas en el poder en América Latina, como Petro, Lula y Boric, una presidencia de Trump muy probablemente empujaría aún más a la región a los brazos de China y socavaría aún más la ya decreciente influencia estadounidense”, argumenta.
Mauricio Jaramillo también sostiene que una nueva era trumpista significará distanciamiento entre EE. UU. y Latinoamérica; sin embargo, lo aleja del plano ideológico y lo lleva a la personalidad de Trump. “Lo que pasa con Trump es que está cero interesado en nuestra región y solo se concentra en su país. Auguro simplemente un desinterés de Estados Unidos para con América Latina, pero no a través de un discurso contra la izquierda, sino porque lo tiene sencillamente sin cuidado”, acota.