“Y todas las alegrías simples que el mundo da por sentadas volverán a ser nuestras”.
Esa, que parece una oración cualquiera entre las tantas que pronunció María Corina Machado —en la voz de su hija Ana Corina Sosa porque no pudo llegar a la gala— en el discurso de la ceremonia que le otorgó el Premio Nobel de Paz 2025 el pasado 10 de diciembre, es una promesa. Una promesa poderosa.
Y es que en “las alegrías simples que el mundo da por sentadas” caben las ganas inmensas de regresar a casa de los más de ocho millones de venezolanos que no solo tuvieron que marcharse sin saber cuándo volverían a abrazar a los suyos, sino que han sido obligados a cargar el enorme peso de todos los prejuicios que el mundo le ha embutido a la palabra “migrante”. Le puede interesar: ¿María Corina Machado volverá a Venezuela tras llegar a Oslo? Esto se sabe
¡Vaya ironía!... todos los terrícolas hemos sido migrantes al menos una vez.

Caben los deseos de dignidad de los 838 presos políticos que la ONG Foro Penal había reportado en Venezuela hasta septiembre del 2025, la mayoría encarcelados y torturados después de las elecciones de julio de 2024, de las cuales Nicolás Maduro jamás mostró las actas. Y cabe, sin duda, el anhelo ferviente de libertad de millones, hartos del régimen que Maduro le heredó a Hugo Chávez.
Una de esas “alegrías simples que el mundo da por sentadas” es el derecho de la madre de Samantha Sofía Hernández a volverla a ver. A saber dónde está la niña de 16 años con la que Jørgen Watne Frydnes, presidente del Comité Noruego del Nobel, comenzó su discurso en la ceremonia.
“El mes pasado (Samantha) fue brutalmente secuestrada por hombres enmascarados de las fuerzas de seguridad del régimen de Maduro. La sacaron de la casa de sus abuelos. No sabemos dónde se encuentra, probablemente en uno de los centros de internamiento de la dictadura. Puede que esté con su padre, quien en enero desapareció sin dejar rastro”, decía Frydnes. “¿Cuál fue su pecado? Su hermano era soldado, pero se negó a seguir las órdenes del régimen de cometer actos brutales contra la población”.
Frydnes también mencionó a Juan Requesens —“Se le ordena girarse lentamente hacia la cámara. Las imágenes lo muestran de pie, en ropa interior, cubierto de heces y con la mirada perdida y confusa. Supuestamente había confesado haber planeado un golpe de Estado. Pero, por supuesto, no había pruebas”— y al político Alfredo Díaz, “sacado de un autobús el pasado mes de noviembre y arrojado a las profundidades de El Helicoide, la mayor cámara de tortura de América Latina”... muerto allí.
Díaz murió a manos de una dictadura que no respeta ni a sus niños. De acuerdo con Frydnes, “más de 200 menores fueron detenidos tras las elecciones de 2024” y sufrieron, según los reportes de Naciones Unidas, torturas que no deberían vivir ni en sus pesadillas: les asfixiaban con bolsas plásticas, ponían descargas eléctricas en sus genitales, los golpeaban hasta que les doliera respirar, les daban agua llena de insectos…
“Mujeres y adolescentes encarceladas siguen hoy sometidas a esclavitud sexual, obligadas a soportar abusos a cambio de una visita familiar, una comida o el simple derecho a bañarse”, decía María Corina, por su parte.
La tragedia venezolana, advierten Machado y Frydnes, hunde sus raíces en el control absoluto de la renta petrolera por parte del Estado, lo que derivó en privilegios, clientelismo y corrupción.
Ese modelo terminó convirtiendo al país en “un Estado brutal y autoritario sumido en una profunda crisis humanitaria y económica”, mientras una élite se enriquecía, como anotaba el presidente del Comité.
El resultado es un país fracturado: millones afuera huyendo de “una de las mayores crisis de refugiados del mundo” y millones adentro resistiendo a un régimen que “silencia, acosa y ataca sistemáticamente a la oposición”. Le sugerimos leer: María Corina Machado recibe propuesta para ser vicepresidenta de Venezuela
Aun así, ambos discursos destacan que, incluso en esta oscuridad, hay venezolanos que se niegan a rendirse. Frydnes advirtió que “el presente es horroroso”, pero afirmó que muchos siguen de pie, mientras Machado explicó que la libertad “no es algo que debamos esperar, sino algo a lo que debemos dar vida”, una ética ciudadana que debe renovarse cada día. Esa resistencia ilumina el sentido profundo de la lucha democrática en un contexto global donde los autoritarismos avanzan.
Desde esa convicción, Frydnes planteó la pregunta incómoda: por qué cuesta tanto preservar una democracia diseñada para proteger la libertad y la paz. La respuesta combina autoritarismo, desinformación y despojo, pero también el olvido de que la democracia exige responsabilidad cotidiana. Por eso, ambos discursos coinciden en que “la democracia es esencial para la paz”: más que un sistema de gobierno, es un principio ético que, en Venezuela, sigue siendo la única vía hacia la libertad, la dignidad y la reconstrucción del país.
Por eso, coinciden María Corina y Frydnes, el final del horror no podrá ser sino un nuevo comienzo.
Que amanezca una nueva era”, concluía Frydnes.
“Venezuela volverá a respirar —prometía María Corina en la voz de su hija—. Abriremos las puertas de las cárceles y veremos salir el sol a miles de inocentes que fueron encarcelados injustamente, abrazados al fin por quienes nunca dejaron de luchar por ellos. Veremos a las abuelas sentar a sus nietos en sus piernas para contarles historias, no de héroes lejanos, sino del valor de sus propios padres”.
Ya saben… “las alegrías simples que el mundo da por sentadas”.
