“¡Silencio!”, gritan los rescatistas mientras buscan a más sobrevivientes entre los escombros. Mientras Venezuela y el mundo celebran cada rescate exitoso tras los devastadores terremotos que sacudieron al país desde el pasado 24 de junio, hay otra historia que no puede pasar inadvertida: la de los socorristas que arriesgan su vida para salvar a desconocidos y que, al terminar la emergencia, cargan con heridas emocionales difíciles de sanar.

Desde el doble sismo que golpeó al país, especialmente al estado de La Guaira, miles de hombres y mujeres han trabajado sin descanso entre montañas de concreto, polvo y estructuras al borde del colapso. Su misión ha sido encontrar sobrevivientes, aun cuando cada hora que pasa reduce las posibilidades de hallarlos con vida.
En las últimas semanas, más de 30 países han enviado equipos de búsqueda y rescate a Venezuela para apoyar las labores de emergencia. Aunque no existe una cifra oficial del número total de rescatistas desplegados, bomberos, ingenieros, médicos, especialistas y más unidades de distintos continentes han unido esfuerzos con los organismos venezolanos en una de las operaciones humanitarias más grandes de la región.
Cada rescate representa una carrera contra el tiempo y también un enorme desgaste físico y emocional. Detrás de cada persona rescatada hay equipos que pueden pasar más de 18 horas continuas trabajando en una sola operación.
Los rescatistas deben excavar manualmente, estabilizar estructuras, monitorear posibles derrumbes y mantener comunicación permanente con quienes permanecen atrapados.
No hay horarios. Cuando existe una señal de vida, nadie piensa en descansar. Uno de los operativos más complejos fue el rescate de Hernán Gil, quien permaneció ocho días bajo los escombros de un edificio en La Guaira. Para salvarlo participaron más de 100 rescatistas provenientes de alrededor de diez países, entre ellos Chile, Costa Rica, El Salvador, Portugal, México y Estados Unidos.

Los equipos especializados coordinaron una compleja operación que permitió extraerlo con vida tras varios días de trabajo ininterrumpido. Antes de llegar hasta él, los equipos lograron establecer comunicación, suministrarle agua y alimentos mediante una sonda y diseñar un plan para evitar que la estructura colapsara durante la extracción.
Cuando finalmente salió con vida, las imágenes de rescatistas abrazándose y llorando recorrieron el mundo. Pero esos momentos de alegría son apenas una parte de la historia. Con el paso de los días, el agotamiento comienza a hacerse evidente.
Las fotografías muestran a rescatistas acostados sobre el asfalto, durmiendo unos pocos minutos al lado de los edificios destruidos o descansando dentro de vehículos antes de regresar nuevamente a las labores de búsqueda. Las condiciones climáticas hacen todavía más difícil el trabajo. En La Guaira, las temperaturas superan los 34 grados centígrados, mientras que la humedad ronda el 80 %, obligando a los equipos a trabajar en condiciones extremas.
Aun así, cada vez que alguien reporta un posible sobreviviente, todos vuelven a ponerse el casco.
Aunque el desgaste físico suele desaparecer con los días, las secuelas emocionales pueden permanecer durante años. Especialistas en atención de desastres explican que muchos rescatistas desarrollan síntomas de ansiedad, insomnio, estrés postraumático o sentimientos de culpa después de participar en este tipo de tragedias.
“Es difícil. Son de las secuelas más duras de superar. El estrés postraumático y la culpa pueden acompañarlos de por vida”, explicó César Rodríguez, psicólogo y terapeuta, en diálogo con Facetas.
Y agregó: “Muchos se preguntan si pudieron haber llegado antes, si una decisión distinta habría permitido salvar otra vida o si el silencio que escucharon bajo los escombros significaba que alguien seguía esperando ayuda”
Son preguntas que rara vez encuentran respuesta y eso termina acompañando para siempre a los héroes que arriesgan su vida por salvar a quienes siguen con vida.
Moisés: una dura historia en Venezuela
Una de las historias más conmovedoras de la emergencia ocurrió durante el rescate de Moisés, un niño que logró sobrevivir tras permanecer atrapado bajo los escombros. Junto a él también estaban su madre y su hermana de 11 años. Mientras los equipos avanzaban entre el concreto, la niña se convirtió en la guía de los rescatistas.
Desde el lugar donde permanecía atrapada iba indicando la ubicación exacta de su hermano. Les decía por dónde avanzar. Les explicaba cómo estaba acomodado. Fue ella quien hizo posible que encontraran al menor.
Cuando los rescatistas finalmente lograron sacar al niño con vida, intentaron llegar hasta la niña para salvarla también. Pero ya era demasiado tarde. Había fallecido junto a su madre. Al recordar ese momento frente a las cámaras, uno de los rescatistas no pudo contener el llanto.
“Ella dirigió las labores de rescate durante todo el día. Ya cuando íbamos cerquita de ella terminó de dar instrucciones y lamentablemente falleció”, alcanzó a decir antes de quebrarse.

Segundos después intentó continuar diciendo: “Cuando sacamos a su hermano... queríamos rescatarla por valiente... nos dimos cuenta de que falleció”.
Las palabras se interrumpieron nuevamente por las lágrimas, luego añadió una frase que resume el heroísmo de la menor: “El niño está vivo, sano... ella lo dio todo para que su hermano viviera”.
Historias como esa permanecen para siempre en la memoria de quienes estuvieron allí rescatando a personas en los escombros que dejó la tragedia en Venezuela.
Durante las labores de búsqueda existe un momento que todos los rescatistas conocen. Alguien levanta la mano y grita: “¡Silencio!”. En ese instante se apagan las máquinas. Nadie habla. Todos contienen la respiración. Durante unos segundos solo esperan escuchar un golpe, un grito, un rasguño, o cualquier sonido que indique que todavía hay alguien con vida.
Cuando ese sonido aparece, la esperanza vuelve. Cuando no aparece, el silencio pesa más que cualquier roca. Muchos rescatistas aseguran que ese silencio los acompaña incluso después de regresar a casa.
La mayoría de los rescatistas volverán pronto con sus familias, muchos retomarán sus trabajos como bomberos, médicos o voluntarios, pero ninguno regresará siendo exactamente el mismo. Las imágenes de los edificios destruidos, las voces de quienes pidieron ayuda y los rostros de quienes no lograron sobrevivir permanecerán en su memoria mucho tiempo después de que termine la emergencia.
Mientras Venezuela intenta reconstruirse, también será necesario cuidar a quienes dedicaron días enteros a salvar vidas. Porque detrás de cada persona rescatada hay decenas de hombres y mujeres que dejaron una parte de sí mismos entre los escombros.
¡Gracias a todos los rescatistas!

