“La educación en Colombia no está pensada como un factor de equidad, sino, como el mecanismo principal de transmisión y ampliación de las desigualdades existentes”. Hernando Gómez Buendía.
Haciendo una revisión de los libros relativos al problema de la educación en Colombia, me encontré con el texto “La quinta puerta” de Juan Camilo Cárdenas, Leopoldo Fergusson y Mauricio García, en el cual se hace alusión a la expresión que titula esta columna, para significar la discriminación que existe en el sistema educativo que se encuentra estratificado en todos sus niveles.
La educación es un factor determinante para alcanzar el éxito y lograr expectativas sociales y culturales de una manera digna. Si se le niega a la población o se le entrega una de baja calidad, vamos a tener problemas no solo de tipo económico y de acceso a los bienes y servicios, sino también de inclinación hacia alternativas socialmente inadecuadas, como la criminalidad en sus diversas facetas.
La formación debe estar prevista para disminuir la brecha de desigualdad, nunca para estimularla. Sin embargo, el estado de cosas genera un ostensible desequilibrio, dado que existe un círculo vicioso en el que los pobres reciben educación paupérrima y los ricos, una de calidad. La conclusión es obvia, reinará la ignorancia para unos, que generalmente presupone la miseria; y, la ilustración para otros, que allana el camino al bienestar.
Incluso, ante la opción de una educación pluriclasista, la que estimo loable, los estudiantes de familias acomodadas tienen las mayores opciones y el mejor desempeño, dado la posibilidad de obtener los insumos requeridos, tales como libros, computadores, conexión a internet, idiomas y hasta una mejor alimentación, la que médica y psicológicamente influye.
Ahora, estos apuntes son una regla general que admite excepciones referidas justamente a factores genéticos, culturales, familiares y, sin duda, la fortuna. Pues, existen evidencias para aceptar que “Quod natura non dat, Salmantica non præstat”. En todo caso, es imperativo que como política pública se invierta en educación de calidad y que esta no sea vista como un negocio, sino como una forma de servir, que redunda en el bienestar general.
No dejo de contarme entre los afortunados que por la extracción social carecía de oportunidades, pero que, gracias a la generosidad de Mario Ramos Vélez, directivo del colegio Comfenalco para la época y cercano a mi abuelo Antonio Luis González (q. e. p. d.), permitió que, sin ser afiliado, recibiera una educación de alta calidad, que fuera la plataforma para acceder a los estudios universitarios.
Aquel ángel clandestino no me conoce y tampoco tiene idea de la obra que hizo, por eso y por sus ejecutorias en la educación local y regional, mi agradecimiento por siempre.
Pd: Agradecimiento al Doctor Óscar Ariza quien me regaló uno de los libros que inspiró estas líneas.
*Abogado.