En Cartagena todo parece tener una medida distinta. Aquí el sol no calienta: arde como si quisiera dorar las murallas. El mar no golpea la orilla: parece venir a abrazar la ciudad. Y cuando llueve, no llueve: el cielo entero celebra sobre sus calles.
Tenemos una ciudad con una belleza capaz de dejar sin palabras al mundo entero y un potencial turístico que parece no tener límites. Tenemos paisajes, historia y cultura suficientes para recibir a medio planeta. Y su belleza no está solamente en sus murallas: también vive en su gente, sus barrios y sus historias con futuro.
Y basta recorrer unas calles para descubrir otra de sus maravillas: la ciudad viva, alegre y trabajadora.
Una ciudad donde la cultura se siente en la música, la cocina, las fiestas, los oficios y en la manera de recibir a quienes llegan. Donde cada temporada turística trae visitantes y abre oportunidades para emprendedores, artistas, comerciantes, guías, cocineros y familias cartageneras.
Y aquí aparece la gran paradoja: Cartagena parece tenerlo todo y, al mismo tiempo, todavía tiene por descubrir y construir.
Tenemos historia para llenar mil libros, cultura para conquistar mil escenarios y talento para inspirar a medio mundo. Tenemos puerto, turismo, industria, universidades y patrimonio.
A veces pareciera que Dios nos dio una ciudad con tantos regalos que se le olvidó dejarnos el manual de instrucciones; pero también nos dejó la imaginación, la alegría y la capacidad de convertir cada desafío en una oportunidad.
Quizá la verdadera riqueza de Cartagena no esté solamente en lo que tiene, sino en la manera en que sus habitantes aman lo que han recibido y trabajan para hacerlo crecer. Una ciudad se transforma cuando sus ciudadanos reconocen su valor, cuidan sus tesoros y abren caminos para que más puedan disfrutarlos.
El evangelio de Lucas nos deja una frase que bien podría inspirar a nuestra ciudad: “Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco”.
Cartagena también necesita mucho amor. Amor que no sea solamente discurso, fotografía o promoción turística. Amor que se convierta en oportunidades, educación, empleo, servicios públicos, seguridad, cuidado del patrimonio y dignidad para quienes viven aquí todo el año.
Porque Cartagena no es solamente la ciudad más bonita del mundo cuando llega el turista; es también una ciudad capaz de enamorar a quienes nacieron aquí, trabajan aquí y sueñan aquí. Una ciudad que puede crecer sin perder su esencia, recibir al mundo sin dejar de abrazar a su gente y convertir su belleza en bienestar compartido.
Y quizá esa sí sería nuestra mayor hipérbole: una Cartagena tan extraordinaria por dentro como lo ha sido siempre por fuera.
