Columna

La lección de Honduras

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HERNANDO GÓMEZ BUENDÍA
06 DIC 2009 - 12:00 AM

Con la elección de Lobo y su reconocimiento por Estados Unidos, se restablece la legitimidad del gobierno de Honduras, y queda claro que la Carta de la OEA es letra muerta, y que la comunidad internacional no mantiene la democracia. El “ultimátum de 72 horas” y las presiones contra Micheletti se basaron en la Carta Democrática Interamericana, que refundó la OEA en 2001. Era la época del optimismo, no había Guerra Fría, en América Latina no quedaban gobiernos militares y se creía que la unión comercial con Estados Unidos traería el bienestar al hemisferio. Pero al establecer que de la OEA expulsarían a los países con “ruptura del orden democrático”, pasó de ser una organización de Estados, a un club de democracias. Urge que la comunidad internacional promueva la democracia. Pero con su nueva Carta, la OEA quedó sin pan y sin queso: no sirve como foro de negociación entre Estados con regímenes distintos, ni defiende la democracia. La realidad política esencial es la relación asimétrica y compleja entre Estados Unidos y América Latina. El hemisferio necesita un foro para examinar esa relación y orientarla bien. Las bases militares en Colombia son un ejemplo de las cuestiones que los Estados ventilarían allí. El narcotráfico es otro. El terrorismo, la migración, la carrera armamentista o el comercio habrían de pasar por la OEA, y tampoco pasan. En la OEA deberían negociar distintos tipos de gobiernos, para que cada país haga acuerdos puntuales o temáticos sin que el hemisferio se parta en “bloques”. Poco a poco se acomodarían los poderes emergentes, como Brasil. Y habría sido el marco para que la historia de Cuba fuera más fácil y su regreso a la democracia menos traumático. En un club de democracias sus miembros deben estar cambiando cuando la democracia se acaba o se restablece: ¿Honduras volverá a la OEA? ¿Cuba querrá regresar? Y para rematar, “la democracia” no está bien definida: dirán unos que es la ausencia de gobierno militar, otros, que haya un presidente elegido, competencia política, mayorías, participación popular, Estado de derecho, dispersión de poderes; y con estos criterios Honduras y Cuba, y Colombia o Venezuela, podrían calificar o no como “democracia”. Honduras prueba que seguimos en un mundo de Estados soberanos, pero falta una organización que se ocupe de los problemas entre Estados americanos, lo que no implica que la comunidad interamericana deba cejar en su defensa de la democracia mediante los instrumentos convencionales de la diplomacia –el no reconocimiento o la ruptura de relaciones con el gobierno infractor, que los Estados pueden aplicar individual o concertadamente. Para eso está la sociedad civil internacional; y los tratados especiales, como el de la Corte Interamericana o el de Comunidad de Democracias donde países como Chile, India, México, Sudáfrica y Estados Unidos, junto con numerosas ONG, trabajan por la democracia dentro y fuera de las organizaciones interestatales. El fracaso en Honduras pone otra vez en duda a la OEA. Quizás no sea posible re-fundarla, pero los Estados buscarán alternativas como UNASUR, la muestra más palpable. Y los Estados Unidos seguirán negociando con sus vecinos del Sur uno por uno: pero esto exactamente es lo contrario de la OEA. *Director de la Revista Razón Pública www.razonpublica.org.co hergomez@gmail.com

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