Con el nombre de “Doce Bronces para la Historia” se acaba de abrir en el “Palacio de la Inquisición” una muestra espléndida de esculturas de Enrique Grau Araujo. La instalación de la sala de exposiciones del eximio artista cartagenero se debe a la labor incansable de su hermano, el almirante Rafael Grau, quien trabajó en la organización y montaje de una obra que enriquece la cultura de la ciudad y de Colombia, y brinda un espléndido atractivo al turismo del país y del extranjero. Su actividad permanente consiguió concretar el sueño de un numeroso grupo de admiradores que esperan ahora la instauración definitiva de una galería con las asombrosas composiciones del gran cultor de la belleza. Hacia el artista incomparable debe dirigirse la atención del gobierno del Distrito.
Hace casi veinte años tuve oportunidad de tocar la bóveda central del Teatro Heredia que pintaba entonces Enrique Grau y se convirtió en una obra delirante. El prodigioso techo, con mágicas evocaciones traídas de las leyendas del mundo antiguo, es el feliz resultado de la acendrada inspiración y la técnica depurada. Enamorado perdido de su tierra, presente siempre en las entretelas de su alma, esa fue una nostalgia que lo acompañó sin reposo y que le sirvió de guía en sus prolongadas ausencias que lo convirtieron en avezado peregrino.
En el fondo del espíritu de Enrique Grau parece palpitar un niño. Sus dibujos coloridos y sus rellenitas esculturas tienen una ternura que no riñe con la alegría de sus matices y motivos. Anduvo un largo camino para encontrarse a sí mismo. Viajó a Estados Unidos. Vivió en Florencia. Paseó por Italia, en medio del recuerdo alucinante del Renacimiento, en pos de Piero de la Francesca, en el que se produjo el milagro del perfecto equilibrio entre el color y la forma. Hizo expresionismo. La geometría se le metió en la sangre, dominando su creación. Practicó el cubismo, sin avergonzarse luego, con un maravilloso dominio del dibujo. Volvió después al arte figurativo para quedarse anclado allí, con sus muchachas sensuales, sonrientes y complacidas bajo grandes sombreros irisados de plumas, rodeados de juguetonas mariposas.
En la obra de Grau están presentes vivencias de la infancia que no se borraron jamás. Sombras de una Cartagena de Indias que se perdió en el tiempo. Perseveran en ella cuentos oídos en la vieja casa solariega. Comedias representadas en mitad de una fiesta, cuando se abrían los baúles repletos de disfraces. Retozo de barriletes y alegres carcajadas soltadas casi al pie de la Virgen de la Candelaria que, desde las alturas, contempla las olas y las murallas arañadas por el tiempo y el descuido.
Grau tuvo dos obsesiones: Cartagena y el arte. Las mantuvo vivas desde los días remotos del 30, en los que ya daba señales de maestría aunque apenas empezaba a afeitarse el bozo. Es un nombre de prestigio continental situado en la vanguardia de los creadores de América. Por algo figura entre “los intocables” señalados por Fausto Panesso. Es imperdonable que aquí no hayamos sido capaces de concretar la añosa aspiración de un “Museo Grau” que sirva de base a una gran Casa de la Cultura del Caribe. Pero necesita el apoyo, real y decidido de la Alcaldía y el Concejo que no pueden seguir de espaldas a la magnífica iniciativa.
*Ex congresista, ex embajador, miembro de las Academias de Historia de Cartagena, y Bogotá, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.
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