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No fue a los 18 años por falta de plata. Tampoco a los veinticinco porque los americanos me negaron la visa. Me hubiera gustado a los 32 cuando estuve por primera vez en Estados Unidos, pero el dinero no me alcanzaba. Sólo a mis cuarenta años, ¿¡quién lo creyera!?, con canas y arrugas y, además, con tres hijos, es cuando acabo de conocer “el mágico mundo de Disney”.
El eslogan no es gratuito. El lugar es mágico y merece apuntes que, Dios permita, no generen ampollas en aquellos defensores acérrimos del capitalismo salvaje yanqui. Disney sí es mágico, sin duda alguna. En un abrir y cerrar de ojos, de ilusionismo: luces, cámara, acción, se desaparecen del bolsillo 85 dólares por persona. Cuatro miembros de una familia, todos mayores de tres años, suponen magia de marca superior: 340 dólares americanos esfumados en tiquetes de ingreso, verbigracia, para Magic Kingdom, el más famoso de los parques de Orlando.
El acto apenas comienza. Primero un bus articulado, luego tren o ferri, entre los dos para llegar a la puerta principal inviertes alrededor de 40 minutos. El gasto de energía corporal es enorme, sudas a chorros: sodas (gaseosas) a 4 dólares, helados con la figura de Mickey Mouse a 5, otras bebidas cuestan 6, 7, 8, 9 y 10, ¡zas!: ningún conejo de peluche barato sale del sombrero del Mago de Oz.
Por todas partes se ven los más conocidos personajes de Walt Disney, los niños “nos” sentimos extasiados. Entonces surgen los “yo quiero” inevitables: la gorra de Minnie, el vestido de Blanca Nieves, la espada del Pirata, y el que escribe, contando uno a uno los billetes verdes, también esboza el suyo: “yo quiero irme corriendo de aquí”. Pero una vez adentro, es casi imposible que la magia de Disney no te envuelva, así que los “yo quiero” de esposa e hijos vencen; el bolsillo del papá cuarentón queda cada vez más diezmado.
Sigue la función. Aparece aquello que ni el mejor mago del mundo puede desaparecer: el hambre. “¿Qué es lo cheapest (más barato)?”, alguien pregunta en inglés ‘chibchombiano’. En buen inglés, otro alguien con cara de bobo, pero avispadísimo, de pelo rojizo, pecas en pómulos, responde: “hot dogs (perros calientes)”. Cuatro adultos se comen en un santiamén, sin necesidad de varita mágica, 40 dólares. ¿Por qué tanto? Cada “perrito” vale 5 dólares, y cada persona se come 2…; Uno sólo queda entre colmillo y molar, y el de 40 años queriendo comerse 3 ó 4. 
La diversión es extrema, el cansancio también. Ya cayendo la noche, después de un día montando en atracciones mecánicas, viendo shows de toda índole, caminando como “loco nuevo”, cae el telón con luces y juegos pirotécnicos en el castillo de Disney. Entre centenares de personas, te percatas de la verdad más grande: sin dinero no hay magia, sin magia no gozas a Disney, y aunque gastaras más de lo presupuestado, quizá quieras regresar, sin importar que tengas 40 ó 100 años, a un conjunto de parques para niños de todas las edades. Eso sí, no olvides meter muchos billetes verdes en la cartera porque ni con magia blanca o negra podrás divertirte gratis... como yo lo quería.

dacaspe@gmail.com
 

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