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Los empresarios de Barcelona coproducen las películas que filman en su ciudad, Nueva York libera impuestos a los comerciantes que publiciten en series de TV que se filmen allí. Lima, Tokio y Medellín, convocan concursos de poesía, cuento y novela que narren la vida de sus calles.Grandes empresas de Madrid crean becas anuales de creación para creadores o investigadores. Los hoteles de París, Estambul y Montreal acogen por varios meses a escritores, o periodistas, durante residencias artísticas de creación.
Pero en Cartagena se vive la historia de siempre: empresarios, comerciantes, y clase política siguen indiferentes al trabajo de los creadores. Músicos, escritores, realizadores audiovisuales, folcloristas, artistas plásticos, periodistas culturales, y muchos más, pasan el Niágara en bicicleta, mientras el IPCC y los Fondos Mixtos de Cultura intentan hacer mucho con casi nada, apoyados por los gestores culturales de los barrios, esos mártires que trabajan haciendo milagros a diario y que nunca saldrán en las páginas sociales de los periódicos. Las cosas que vemos existen gracias a las que no vemos.
La violencia política y la escasez de oportunidades hicieron que García Márquez se exiliara en México, donde vive hace más de cuarenta años. Nunca más volvió a Cartagena, salvo de vacaciones, y sobre todo a través de sus libros. Rescató e inventó un mundo de recuerdos que ya no existen, salvo en la ficción. Marcharse fue lo mejor que hizo, su obra no hubiera sido posible en una sociedad como la nuestra; muchos años después esa decisión de marcharse parece la mejor elección para decenas de artistas.
Publicistas, diseñadores gráficos, bailarines, teatreros, sueñan con escapar de Cartagena para poder crecer. Es razonable ante la realidad que viven, pero también es una pérdida irreparable para todos, además del síntoma inequívoco de una sociedad decadente. Los creadores no viven por generación espontanea, viven la doble vida de quienes no puede entregarse totalmente al arte u oficio que ejercen por talento o vocación; casi todos deben dedicarse a profesiones “alimenticias”, descuidando el desarrollo integral de sus potencialidades.
Muchos dudan que el arte: un documental de TV, una crónica o reportaje, cuento o novela, transformen la realidad. Tal vez no cambie, pero nuestra percepción de ella sí, seríamos menos ignorantes de nuestro entorno, más compasivos, muchos más asumirían su obligación ciudadana de aportar algo para que los jóvenes de las faldas de La Popa, Olaya, Pozón y Nelson Mandela, entre tantos barrios, reciban capacitación y aprendan a filmar o cantar sus luchas de supervivencia en las lomas y callejones. 
Hoy estamos, mañana no estamos: esa es nuestra historia. ¿Usted qué hizo para dejar un mundo mejor a como lo encontró?, no para sus hijos o nietos, esos accidentes biológicos, que cualquiera comete hasta dormido, sino la semilla que sembramos en la consciencia de la Historia y del universo al cual pertenecemos.
¿Algún ingenuo todavía se cree el cuento de la “responsabilidad social de las empresas?”. Una sociedad moderna crea comunidades que construyen y edifican con miras al futuro, donde todos aportan y generan progreso, sobre todo los dueños de los medios de producción. Una ciudad como Cartagena, de empresarios y dirigentes políticos egoístas, mezquinos, e indolentes con la cultura, merece el olvido, el cual llegará si no conservamos los creadores que reconstruyen, inventan, y atesoran la memoria de un pueblo.

john.junieles@gmail.com

*Escritor, catedrático

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