“El padre de mis hijos” es un cuento de Antonio Caballero, la historia de un amor existencial de sus tres personajes principales que va dándose dentro de una “chiva” que sale de Montería hacia alguna parte, pero no llega porque unos bandidos atracan el bus y matan al novio, pero no sin que antes violaran a sus dos mujeres en su presencia.
Cuando la chiva pasó por la capital sucreña, sus ocupantes vieron un cartel que decía “Sincelejo, capital universal de la cheveridad”. Si se le hubiese ocurrido a David Sánchez Juliao, los caribe lo asimilaríamos como un elogio; si se lo imaginó un cachaco, su mensaje no puede ser el mejor. Sin embargo, sin darse cuenta, nos dibujó tal y como somos: unos chéveres. Otros dirían, bacanos y no faltaría quien nos señalara como unos gustadores de la vida. Ese cartel hay que revivirlo e instalarlo en las entradas y salidas de la capital universal de la cheveridad.
Quince años después de escrita tan dramática narración, dudo si los sincelejanos todavía somos chéveres. Ya no parecemos tan bacanos. La dinámica propia de una sociedad sana se nos enrareció con tanto desborde emocional de sus habitantes, que de cultura ciudadana son exponentes, y de qué manera. Los mototaxistas, con un lenguaje solo aludible a estratos inexistentes más allá del lumpen, pueden escucharse sin que de pronto en este escenario también reciba duro rechazo. El crecimiento de la economía informal es palpable, representada en demasiados desplazados que empujan para allá y para acá carretas con frutas y comestibles propios de la estación. Algunas veces los he visto rodar por las calles en el afán de no dejarse aprehender de la policía, un tomate compite en veloz carrera con aguates, mamones y patillas por la calle de La Pajuela, donde otros informales que ofrecen pescado, ajonjolí, ñame, limones, yuca, ajíes, berenjenas y dulces, se solidarizan con el agónico propietario de la carreta a quien le entregan todo su plante para que continúe serpenteando a la autoridad en busca de solucionar su problema de hambre.
El desafío diario a los uniformados cuando de movilidad se trata, ¿tendrá que ver con la falta de cheveridad del sincelejano? El paso del bucólico pueblo a la gran ciudad, ¿nos cogería desprevenidos, inseguros y poco preparados para la vida moderna? ¿En qué momento se quebró Sincelejo para que el alcalde acuda a las leyes 617 y 550 para “salvar” al municipio de su descalabro económico? ¿Tendremos la culpa los sincelejanos de la cheveridad con que se han conducido las finanzas de la célula municipal? Confesada la quiebra, ¿por qué deben pagar los acreedores del municipio que no la han provocado ni les cabe compromiso alguno en la Administración? ¿Quién será responsable?
Según el Alcalde, nadie. Debemos aceptar la quiebra como resultado bueno, para el Estado y para los particulares. No es saludable este mensaje, y menos presentar la intervención como un acto de responsabilidad, que debemos aceptar con tolerancia y sumisión porque somos chéveres.
No obstante, insisto en que se recupere ese campeonato mundial de la cheveridad para volver a ser humildes y bajar el tono de agresividad con que la gente se mueve por los vericuetos y oficinas de la ciudad.
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