Columna

El Vice

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HERNANDO GÓMEZ BUENDÍA
02 OCT 2011 - 12:00 AM

Dijo Will Rogers que el mejor trabajo del mundo es ser Vicepresidente: solo tiene que preguntar cada mañana por la salud del Presidente. Esta humorada refleja bien la contradicción insoluble del cargo: se necesita que alguien muy cercano al presidente lo sustituya si muere o renuncia, pero ese alguien tiene un obvio interés en que se caiga el presidente. Por eso decía Velasco Ibarra que un vicepresidente es un conspirador a sueldo.
Y se le suman otras dos contradicciones más contingentes. Primera: el vice tiene que ser tan capaz y popular como su jefe, pero también oscuro o anodino para que no le haga sombra. Segunda: el vice debe ser muy parecido al presidente para reemplazarlo, pero distinto o aun opuesto para añadir votos.    
La Vicepresidencia es entonces una larga historia de fracasos. Santander, el vice de Bolívar, peleó tanto con él, que en 1828 este asumió la dictadura y cambió la Constitución para acabar la Vicepresidencia. En 1853, el vice Mallarino dio un golpe contra su jefe Obando, y por eso en 1858 la institución fue de nuevo abolida. La revivió Núñez en 1886, pero uno de sus reemplazos como presidente, Eliseo Payán, fue destituido por antinuñista. En 1900, el vice Marroquín derrocó a Sanclemente, y en 1905, después de destituir a su vice González Valencia, el general Reyes volvió a eliminar esta figura.
Pasarían 86 años, hasta 1991, para que la Asamblea Constituyente reinventara la Vicepresidencia, esta vez porque los constituyentes, como se sabe, tenían la obsesión de acabar con el bipartidismo; para eso adoptaron la doble vuelta en la elección presidencial la cual, al exigir la mayoría absoluta para el triunfo, le abría el espacio a las coaliciones y por ende a los terceros partidos; y el vicepresidente vendría a ser el “premio seco” para lograr esa coalición.
La teoría no funcionó del todo, pero tuvo ramalazos. Samper, por temor a Pastrana, escogió a su rival Humberto de la Calle, quien casi conspiró contra él y renunció. Pastrana aprendió la lección, y aunque buscaba un liberal costeño, seleccionó al más caballeroso. Uribe, montañero y guerrero, escogió a un señorito bogotano para acercar al “establecimiento”. Y Santos, asustado con Antanas, escogió…; a Argelino.      
Fue un acto calculado cuando no oportunista, muy en el carácter del señor candidato. Angelino le sumaba pueblo, sindicatos, izquierda, paz, ONG y algo del Valle del Cauca. Pero al irse con Santos, Angelino arriesgaba su capital político, porque estos sectores podrían (y pudieron) sentirse traicionados.
La apuesta de Angelino era y es evidente: usar el cargo para reasegurar su capital político, para atraer a esos sectores y servirles de voz en el Gobierno. Pero es como mosco en leche, porque este es un gobierno de señoritos bogotanos- incluidos los ministerios “sociales”.
Angelino disuena allí. No puede hacer sino declaraciones, y necesita hacerlas para seguir contando en la política. No puede callarse.
Santos tendría que resignarse a su propio invento. Pero le queda la opción de dejar a Angelino sin funciones y esperar a que a la vuelta de unos meses los periodistas dejen de pararle bolas a un “loquito”, que además dejó su capital político en el aire.
Viene otra mano de póker. Y no es fácil que la gane Colombia.

*Director de la Revista Razón Pública

hergomez@gmail.com

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