En 2005 se produjo una alianza espontánea entre ciudadanos independientes y personalidades de los gremios para proponer el voto en blanco. Fue una respuesta organizada y de gran impacto local y nacional. Los resultados son historia: una abstención del 83% y el triunfo de Nicolás Curi Vergara por un poco más de 50 mil votos.
El voto en blanco obtuvo más de 40 mil votos. Tuvo, seguramente, pequeños gastos de campaña, pero los votos fueron insuficientes para impedir que Curi y su modelo de gobierno, atravesado por escándalos de corrupción y clientelismo, volvieran al Palacio de la Aduana.
Esos votos fueron, sin embargo, el capital humano y político de un movimiento que impidió en 2007 la elección del candidato de Curi, quien había llegado al Cerro de la Popa de su desprestigio. Este proceso abrió las puertas a la elección de Judith Pinedo pero dejó funcionando en la sombra y en la oposición a una maquinaria de resentimiento y revanchismo, difamación y desinformación que ahora medra por dos de las campañas.
El voto en blanco volvió para presentarse como alternativa, esta vez de rechazo a todas las candidaturas presentadas a las elecciones de mañana, pero, sobre todo, para expresar su inconformidad con dos de las más poderosas. En éstas se está devolviendo la política local a la inexperiencia, la improvisación, el caudillismo populista o el clientelismo corruptor.
Sería razonable, dicen algunos, que en lugar de promover el voto en blanco, el mismo colectivo de profesionales y jóvenes universitarios hubiera propuesto un “voto útil” que fortaleciera a una de las candidaturas rezagadas. Por este errado razonamiento, el voto en blanco se convirtió en un obstáculo “enemigo” y empezó a ser víctima de la desinformación.
Se dijo mentirosamente que sus promotores buscábamos la reposición económica prevista por el Estado (“el ladrón juzga por su condición”), pero se olvidó decir que sólo pueden aspirar a esa reposición los grupos significativos de ciudadanos inscritos y aquí, desde el principio, no solo no se hizo sino que no se quiso hacer para no desvirtuar la naturaleza desinteresada del voto en blanco.
Ninguno de los candidatos a la alcaldía de Cartagena reúne las condiciones profesionales y de experiencia ni tiene los requisitos morales y de coherencia política que inspiren confianza en la franja independiente de los electores. Y menos aún si a su lado pulula la hojarasca de anteriores gobiernos y el oportunismo de contratistas y empresarios.
Si bien es cierto que para anular las elecciones el voto en blanco se necesitaría la mitad más uno de los votos depositados, lo que más nos importa es la creación de una corriente ciudadana que dignifique la política y ponga los cimentos a un colectivo de pensamiento y acción por el futuro de la ciudad. De aquí saldrá un censo para una ciudadanía responsable.
Vamos a votar en blanco contra la promesería populista y clientelista, la improvisación, la inconsistencia de candidaturas maduradas biche y la incertidumbre reeleccionista. Pero también contra el cinismo de sectores de la élite interesados en la contratación del Distrito o en el rentable oficio de manejar las cuerdas del poder desde las bambalinas de sus grandes negocios.
*Escritor
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