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Columna

De chamanes y charlatanes

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Más allá de los que impiden, en virtud de sus poderes taumatúrgicos, que llueva en las clausuras de actos de masas, posesiones presidenciales, festivales de teatro, partidos de fútbol y hasta “falsas desmovilizaciones”, hay otros de esa especie y clase que ofician de tales.
Más pintorescos y saltimbanquis que aquellos que en siendo originales, no presumen como esos tales de identidades intelectuales y genealogías tachonadas de blasones, grados, títulos y certificaciones académicas, distintas de las de su ingenuidad y precaria alfabetización.
Son los chamanes de nuevo cuño que pontifican de todo y producen actos callejeros de charlatanería literaria, tienen cháchara prefabricada para todos los escenarios, poses afectadas y hasta viven de contar el cuento de sus estancias en Barcelona o Madrid, preparándose para ser escritores.
Sólo que sus patéticos actos de magia negra no logran convocar los poderes sobrenaturales para conseguir tan ponderado embrujo. Ni para domar y someter al esquivo y exigente genio de la creatividad a sus caprichos de diletantes hueros en el arte que convocan.
No importa que se pasen esta y la otra vida intentando “hacerse con la obra que los consagre para la posteridad de los tiempos y espacios por venir”. Y que, además, cada año impriman libros como Discos Fuentes, “cañonazos bailables”. De charlatanes de poca monta no pasarán.
Y es que eso de predicar, con la rimbombancia propia de los charlatanes, que las sociedades que han superado las cosmovisiones primitivas del chamán y el brujo, la sociedad científica, racional, moderna y capitalista contemporánea, son precarias, no viene a ser sino la versión vulgar y mediatizada del chamanismo contemporáneo: la charlatanería.
Y por ahí, la penuria de ilustración de cuanto ha acontecido en el mundo gracias a la ciencia, la razón, el capital, las tecnológicas y, desde luego, el hombre emancipado y despejado de la niebla del oscurantismo y la irracionalidad prevalecientes en las sociedades primitivas en las cuales habitan y ejercen hoy, como en los tiempos de Altamira, los chamanes de nuevo cuño que por este mundo van y vienen.
Quienes hacen daño de mayor cuantía con sus ensalmos para espantar las lluvias, descubrir una mina de oro o sanar a distancia los gusanos de una vaca, no son los González de estos días. Poco o nada resulta de sus invocaciones, oraciones y encantamientos, si acaso el pago de unos honorarios que constituyan peculado y se acabó el sortilegio.
En cambio, quienes sí ocasionan daño con sus actos de magia negra, charlatanería y petulancia, son los collazos. Y no porque sus supercherías den resultado, sino porque disponen de una red variopinta para manipular con su concepción animista, mágica y retardataria del mundo, la sociedad y el hombre, cuya expresión material es el subdesarrollo, el primitivismo y la oposición a la modernidad en sus variables económicas, políticas, sociales, culturales, humanísticas, académicas, científicas, tecnológicas y de producción.
Y es entendible, pues quien oficia de brujo mayor tiene “practicas ancestrales” que defender, y oponer, a quienes propugnan por una sociedad más racional, científica, tecnológica y desarrollada, en la cual haya más científicos, más pensadores, más técnicos y más gente trabajando y produciendo.
Y menos magia y animismo.

*Poeta
elversionista@yahoo.es
@CristoGarciaTap

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