Es difícil encontrar un campo de la actividad humana en el que se manifieste más claramente la desigualdad y la pervivencia de los privilegios que en el de la aplicación de la justicia. Y, seguramente, tampoco hay otro en el que se niegue de manera más radical la condición de ciudadanos, consagrada en la Constitución nacional.
No estoy diciendo nada nuevo, y por eso, precisamente por eso, la generalidad de los colombianos siente una gran desconfianza de la justicia. Hasta el punto que hoy estamos en medio de un debate enorme acerca de la necesidad, de la urgencia, de una gran reforma, y acerca de cuál debe ser el contenido de los planteamientos reformistas.
Sólo que yo no me refiero a lo que comúnmente son los temas que preocupan a la prensa y a los gobiernos, es decir, el de cómo hacer que los jueces actúen de la manera más eficaz y eficiente; o el de cómo reordenar el equilibrio entre las ramas del poder.
Me refiero a algo más sórdido, a aquello que ha sobrevivido a las transformaciones sociales más radicales y a las tesis más igualitarias: los privilegios de los más poderosos, en este caso encarnados en los primos Nule.
Resulta que estos jóvenes, como lo sabe toda Colombia, participaron en delitos gravísimos contra el Estado, se prestaron para actos de corrupción de proporciones mayúsculas y se volvieron más que multimillonarios. Y, sin embargo, pagan su condena en una casa fiscal, en la que ellos introdujeron camas y colchones cómodos y nuevos, televisores, equipos de Ipod, Ipad, Playstation, Blackberrys, dinero y hasta trago de alta calidad…; y, se me olvidaba, equipos para entrenamiento físico, recomendados por el médico porque los muchachos ¡sufren de sobrepeso!
Mientras así son tratados criminales de marca mayor, las cárceles del país están atestadas de delincuentes menores que se robaron un celular o una cartera o un pan en una tienda. Hacinados y en las peores condiciones higiénicas, en presidios que albergan dos y tres veces la población para la que fueron construidos.
Peligrosa costumbre esta que se generaliza en Colombia: rodear de privilegios a personas que han violado la ley de la peor manera y ocasionado graves daños a la sociedad. Y no son los Nule los primeros en recibir y abusar del trato especial reservado a unos pocos en las cárceles nacionales.
No hay sino que recordar los sancochos que celebraban políticos comprometidos con el paramilitarismo en la Picota de Bogotá, en el patio asignado a estas personalidades que habían deshonrado al Parlamento y traicionado la voluntad de sus electores. En las fotos publicadas, acompañados de sus esposas e hijos, todo aparentaba ser una de esas escenas bucólicas que tan bien supo captar el pintor Renoir, en los inicios del Impresionismo.
El mismo trato desigual se extiende a otras áreas de la vida social. Los privilegios se muestran en su forma más extrema y perversa en las cárceles, pero rigen las relaciones sociales en todos los ámbitos. No hay sino que ver lo que sucede con el espacio público en el centro de Cartagena…;pero, esto es tema para otra columna.
Agentes del INPEC han retirado todos los aparatos sofisticados de las celdas de los primos Nule. ¿Hasta cuándo?
*Historiador. Profesor de la Universidad de Cartagena.
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