Nos están debiendo una propuesta de turismo cultural. Los turistas de todo el mundo consumen patrimonio y también consumen calidad ambiental. Por eso, al destruir o reducir la calidad del medio ambiente, se está destruyendo la posibilidad de “vender” en Cartagena un buen modelo de turismo cultural.
El más grande privilegio natural que ostenta Cartagena es el estar rodeada de mar y ciénaga, de una espléndida bahía, de lagos y caños interconectados en un magnífico tejido. Una ruta posible desde el mar hasta la ciénaga, de ésta a lagos y caños y de nuevo al mar, es apenas un sueño, entorpecido por la realidad: mar, ciénaga, lagos y caños no garantizan una oferta de calidad.
Si no se impone un equilibrio entre la explotación y la conservación del entorno natural, las acciones depredadoras serán cada día más grandes. Quizá no se mate el turismo masivo y cada vez más caro de sol, playas sucias atestadas, trago, informalidad comercial, prostitución y rumba, pero sí se matará antes de nacer el turismo de calidad que merecen las ciudades “patrimonio histórico y cultural de la humanidad.”
El editorial de El Universal del pasado jueves volvió a prender las alarmas, aunque esas alarmas no han dejado de estar prendidas por ambientalistas y ciudadanos responsables. Nadie ha podido convencernos de que las grandes utilidades de quienes degradan y envenenan el medio ambiente o cambian el uso legal del suelo no serán pérdidas irreparables en el futuro de la ciudad.
Hace unos días, circuló en los medios una afortunada iniciativa: que el parqueadero del Centro de Convenciones, extendido entre las orillas de la bahía y la calle del Arsenal, se convierta en un parque público. Debería ser una firme exigencia ciudadana porque lo que calienta la imaginación de algunos gobernantes y uno que otro negociante acuático o anfibio, no es ofrecer más espacio público sino quitárnoslo.
En Cartagena, el déficit de espacio público y arborización es grande y alarmante. La ciudad de sol ardiente no conoce la sombra. En las ciudades responsables, la administración reserva o compra espacio público. Aquí lo vende o regala para negocios privados.
En una excelente crónica de Juan Gossaín publicada en El Tiempo y en preocupante columna de Rafael Vergara Navarro, difundida por El Universal, se alertó sobre la pretensión de Contecar: permiso para ganarle a la bahía más de 40 hectáreas que se destinarían a expandir sus instalaciones portuarias.
Nadie podría asegurarnos que, una vez dada la mano, no empiecen a cogernos los pies, que esta concesión no sea sino el principio de otras más grandes, sustentadas en la “vocación portuaria” de la ciudad. Para muchos, la ciudad no es el espacio de la gente sino el espacio de los negocios.
“¿Cuántos rellenos se pueden hacer en la bahía, dónde, en qué condiciones y cuál sería la compensación ambiental más benéfica en caso de aprobarse las obras?”, preguntaba el editorial de este diario. Se trata del equilibrio entre desarrollo y ambiente. Esta es la única condición de un modelo de turismo cultural.
*Escritor
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