Doce o trece siglos antes de Jesucristo floreció en Creta una civilización considerada por muchos historiadores como la primera cultura europea organizada. Cuenta la leyenda que el rey Minos tenía varias mujeres, pero que solamente Pasifae le había dado descendencia. Minos había ofendido en algo al dios Poseidón, quien, en venganza, indujo a Pasifae a enamorarse de un toro, a pesar de que, para los cretenses, era animal sagrado.
Como resultado de ese bestial contubernio nació un monstruo, mitad hombre, mitad toro, al que denominaron como el Minotauro. No fue más echar una mirada al engendro parido de una mujer, para que Minos comprendiera con quien lo había engañado.
A este episodio de la leyenda cretense en el que participan dioses, hombres y bestias, se remonta, según investigadores, la denominación de “cornudo” aplicada al marido cuya mujer le es, o le ha sido infiel. El calificativo, con el uso diario y el transcurrir de los siglos, ha ido recibiendo algunas alteraciones. Decimos “Diana le pone los cuernos a Carlos; Juana está corneando a Pedro; Josefina le ponía cachos a Napoleón”. Así, cuernos y cachos se convirtieron en símbolos de la infidelidad conyugal, cornudo y cachón, en apelativos propios para los maridos en desgracia.
Debe observarse que siempre es el varón quien recibe la denigrante designación. Es un sujeto totalmente pasivo, de una acción originada por otros (la mujer y el amante). Los hay, quienes gozan siéndolo. En este último caso, la actitud deja de ser pasiva para convertirse en contemplativa.
En una sociedad machista no tiene objeto denominar como cornudas o cachonas a las mujeres cuyos maridos les son infieles. Siendo esa la regla general, la situación carece de interés y el calificativo huelga.
Con la importancia creciente que la mujer ha tomado en la sociedad moderna, ésta se equipara al hombre en todas las actividades. Por consiguiente, a iguales derechos, iguales consecuencias y responsabilidades. En lo que hoy nos ocupa, el uso de la cornamenta ha dejado de ser una exclusividad del varón. Ya no es el efecto reflejo de la conducta de su pareja; cada uno debe ser responsable de sus propios actos y cada cual debe arrostrar sus consecuencias. Quizás, es por eso que las nuevas generaciones han modificado la tradicional forma de señalar la infidelidad conyugal. Ahora a la mujer infiel la denominan cachona y al marido infiel le dicen cachón. Las acciones y sus consecuencias han pasado al plano directo; el cachón lo es como resultado de su propia conducta y lo propio ocurre a la mujer.
De esta nueva situación, de este moderno estado de cosas se deriva que el marido engañado, por lo menos, puede permanecer tranquilo. Si algún imprudente decide turbar su reposo y lo pone al corriente de las andanzas de su casquivana compañera, puede contestar sin ambages: “a mí eso ya no me afecta, la cachona es ella”. ¡M u u h h!
*Asesor Portuario
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