Columna

Nuevas negociaciones de paz

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HÉCTOR HERNÁNDEZ AYAZO
02 SEPT 2012 - 12:00 AM

Las encuestas indican que notable mayoría de colombianos aprueba las negociaciones de paz con las FARC porque cree que determinarán, por ensalmo, la cesación de las delictuales acciones guerrilleras.
Respeto el derecho al optimismo, así en este caso el optimismo emule con la simpleza de Cándido, aquel personaje que juzgaba bueno todo infortunio porque pensaba que siempre pudo haberle ocurrido algo peor, y, en esa perspectiva, no reconocía fracasos ni frustraciones.
Pertenezco al grupo de los escépticos. La presencia de Chávez, señalado protector de la guerrilla y generoso posadero de sus cabecillas, insufla desconfianza y hace dudar de un esfuerzo serio y desinteresado por la reconciliación entre los colombianos. Si se suma Cuba como escenario, es opinable que los dados están cargados a favor de las FARC.
Los ciudadanos pacíficos tenemos derecho a exigir que se conozcan con anticipación la agenda y las pretensiones de la guerrilla así como las respuestas que el Gobierno dará en cada caso. No está en juego la suerte de unos pocos miles de guerrilleros, en realidad se negocia la estructura de una sociedad integrada por más de cuarenta millones de ciudadanos apegados a la vida civilizada y tranquila, pero ausentes en el cenáculo de las negociaciones.
Es inaceptable que los delegados de unos pocos miles de delincuentes convengan con el Gobierno el modelo político, económico y social de Colombia sin la ratificación expresa del pueblo colombiano. Porque Gobierno y FARC, como ya anticipó alguien, pretenden ser una nueva constituyente que dispondrá de las condiciones de vida de los colombianos.
¿Será que ahora las izquierdas de todos los matices unirán sus voces para exigir como requisito previo para la indulgencia con los guerrilleros que existan verdad, justicia y reparación? FARC y ELN han cometido los mismos delitos que las autodefensas y muchos otros más y más graves. El presidente Santos, hasta ayer pregonaba que sus nuevos interlocutores son narcotraficantes, usurpadores de tierras rurales, destructores de oleoductos y puentes, secuestradores, asesinos de la población civil indefensa y terrorista. ¿Les perdonaremos los crímenes de lesa humanidad y los llevaremos al gobierno? ¿Reformaremos la constitución política para que sea consonante con sus intereses?
El afán reeleccionista del Presidente y su ambición de grandeza nos han situado en esta coyuntura. Empero, las encuestas posteriores al destape de los coloquios con la guerrilla mostraron apenas una mezquina mejoría en los porcentajes de aprobación de la gestión Santos. Y esto es terrible para Colombia, pues cabe preguntar: ¿Qué más entregará Santos para mejorar su imagen?
Santos repite sin pausa que la guerrilla está acorralada en sus madrigueras y sus ataques de hoy son estertores de una organización moribunda, sin remedio. ¿Para qué negociar con un moribundo?
Es fácil que el país haga tránsito del optimismo al ilusionismo, en virtud de la alocada propaganda oficial y la adhesión irrestricta de los partidos políticos a cualquier idea del Presidente, y en esa guisa el pueblo sea inducido a aceptar el sacrificio inmoderado de valores democráticos y ciudadanos para complacer a una delincuencia despiadada e impenitente.
Allá apunta la Marcha Patriótica, brazo político de las FARC, que ha ganado espacio mientras el Gobierno engañaba a Colombia negando las conversaciones secretas.

* Abogado – Docente de la Universidad del Sinú – Cartagena

h.hernandez@hernandezypereira.com

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