El pasado 17 de septiembre, a los noventa años, seguramente pensando en regalarse de cumpleaños una noche de amor loco con una adolescente virgen”, murió en Barranquilla Antonio Paternina Olmos, oriundo de Corozal, adoptado por San Marcos y jamás olvidado por quienes tuvimos la fortuna de compartir con él. Fue el humor la faceta que más cultivó. Nada opacaba su animada actitud por agradar cuando apelaba a la conquista de unos y otros con la inesperada y desconcertante anécdota. Su país fue la subregión del San Jorge, lugar donde ya no se come la hicotea, pero el hombre anfibio sigue siendo fuerte como su caparazón.
Caracterizada Corozal por ser una sociedad cerrada, elitista y de prácticas económicas colonialistas en los albores del siglo XX, un viento empujó a Don Antonio hasta las lacustres tierras de la tarulla, la iguana, el bocachico y el pisingo para quedarse sembrado en ellas hasta el fin de su vitalidad. ¿Qué hubiera sido de este personaje si no sale de la sabana hacia el encuentro de todo lo que San Marcos le ofreció, abriéndole sus puertas sin miramientos clasistas ni condiciones limitantes a su capacidad para improvisar gestos, palabras o frases que fueron haciendo de su repentismo un obligado contertulio en cuanta reunión o convite se daba en la región.
Lo quiso el pescador, el comerciante informal, el músico, el acaudalado del pueblo, el intelectual, el académico, la clase dirigente, la generación que inauguraba profesión, estilo y nuevas alternativas y hasta las muchachas que vendían sus amores como si no los vendiera porque al decir de Don Toño, un buen polvo no se paga porque no tiene precio. Sin embargo, su condición viril fue siendo víctima del tiempo cuando al referirse a su instrumento más preciado, lo asoció con una telenovela de moda llamada “El Inútil”.
El libro que recuerda su anecdotario aún no se ha escrito. Tal vez lo haga Eladio Uparela quien en su obra “Vivencias para el Recuerdo” resalta algunas de sus inolvidables ocurrencias.
Victoria Escaff no solo fue su esposa, se convirtió también en la fiel intérprete de sus andanzas que para bien o para mal, jamás se apartó de su lado, ni aun cuando la convertía en protagonista de sus cuentos que nada en gracia le caían, sobre todo aquel cuando llegó a su casa en un estado de alicoramiento tal, que Victoria lo increpó diciéndole: ¡Toño, tú bebes es para emborracharte!, entonces para qué, le contestó, porque si fuera para engordar, tomaría peto.
Con todo, Toño de ningún modo habría podido vivir sin Victoria, de ahí que ambos partieran casi simultáneamente, porque la distancia para ellos se parecía a la soledad que no más se rompe con la compañía, aunque sea para seguir, allá donde se encuentren, en ese sutil reproche que por muchas veces se sintetizaba en mensajes que uno le enviaba al otro, más para acercarse que para alejarse.
Fue Toño un relacionista natural. Nació para que lo que quisieran. Si alguna diferencia tuvo con alguien fue por haberlo atraído a las redes de su encanto, sabiduría y desprendimiento.
