Columna

Santiago, el otro, el de Gijón

Compartir
CARLOS VILLALBA BUSTILLO
23 SEPT 2012 - 12:00 AM

En 1931 la fisonomía política de España cambió con las elecciones municipales. Se derrumbó la Monarquía y Alfonso XIII se exilió en Francia. Surgió la República, con las esperanzas tan mal encauzadas, que desencadenó una dictadura de 36 años.
Uno de los partidos que más agitó el ambiente político en medio del desorden que aceleró el derrumbe fue el Partido Comunista, dentro del cual jugaría un papel estelar un joven que en aquella etapa de sorpresas sólo contaba 16 años y que acaba de morir a los 97: Santiago Carrillo.
Paradójico que en una España tradicionalista y clerical hubieran calado las ideas comunistas y socialistas en proporciones semejantes. Entre los profesionales, el estudiantado, el movimiento obrero y el campesinado gustaba el discurso sobre la lucha de clases. Lo suficiente para que la Internacional Comunista designara delegados permanentes que mantuvieran a sus camaradas españoles dentro de los límites de la ortodoxia más estricta, entre ellos el legendario Palmiro Togliatti.
En una extensa entrevista concedida a Régis Debray y Max Gallo, publicada en 1975 en forma de libro con el título de “Mañana España”, Carrillo relató cómo y por qué ingresó al Partido Comunista, a la cabeza de sus juventudes. Ya era un líder duro y temerario, y había probado coraje defendiendo la República en varios combates, y soportó prisión política durante año y medio, lapso que aprovechó para leer entre barrotes El Capital, de Marx, y El Estado y la Revolución, de Lenin, definitivos en la reafirmación de sus convicciones políticas.
Carrillo, como José Díaz, Dolores Ibarruri y Juan Negrín, creía que la Revolución en España era posible si el Frente Popular conservaba su unidad. Pero eran indispensables dos cosas: que socialistas y comunistas definieran una estrategia que los compactara y que los demócratas de todas las tendencias ganaran la guerra. Cuarenta años más tarde, Carrillo reconoció que el proyecto revolucionario acariciado por la Komintern y el Partido Comunista Español se descuadernó porque anarquistas y trotskistas habían ignorado  la sicología de la solidaridad.
Antes de fracasar la República, el periodista Carrillo fue a la tribuna de la prensa en las cortes a beberse la clase de Estado vaciada en el proyecto de Constitución que se discutiría para el nuevo orden institucional. La ocasión resultó propicia para que Azaña, Indalecio Prieto, Alcalá Zamora y Ortega y Gasset enaltecieran un debate que traía a España sobre ascuas. Allí se dio cuenta de que la elocuencia de los protagonistas y su experiencia política sucumbirían a la dispersión de ideas de los republicanos. No habría revolución socialista, ni popular, ni democrática.
El futuro olía a exilio y a drama. Los cuerpos de ejército italianos y la Legión Cóndor alemana ayudaron al triunfo de la insurrección militar. En cambio, Daladier y León Blum les fallaron a los republicanos. El infortunio de la República no podía tener otro costo que la derrota y la huida.
Un Carrillo que cambió tanto como la España de los últimos cuarenta años regresó, muerto Franco, no a revivir la Revolución que soñó en sus mocedades, sino a construir una democracia que honró con orgullo su casta de luchador.

*Columnista

carvibus@yahoo.es

Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News
Publicidad