Todo comenzó con los rellenos a la Laguna de El Cabrero. Una especulación inmobiliaria nos trajo nuevos edificios con una deslumbrante vista al mar a sólo 5 minutos del Centro Histórico. En la preventa, los clientes potenciales argumentan que la playa no es realmente un atractivo del sector que le dé valor agregado a su compra. Para mejorar las ventas es necesario tener playas “decentes”.
No me digan que es casualidad. Con tanta playa desordenada que hay en Bocagrande, decidieron escoger Marbella para una playa modelo. Resulta sospechoso pues esas no son las playas del turismo, sino las del cartagenero raizal. La exclusión se expande y arrincona hacia una periferia que desarraiga al cartagenero histórico.
Se acabó “Chambacú, corral de negros” (Zapata Olivella, 1963) que incomodaba a los ricos. El alma de lo que somos lo cambiamos por el espíritu de un manglar descuidado, de concreto, solitario y a la espera de la millonaria inversión de uno de los financistas del alcalde. El tema de fondo persiste, sólo que en otro lugar.
Uno a uno fueron saliendo de San Diego los que en cualquier parte de Cartagena se siguen llamando sandieganos. Y para allá va Getsemaní, último vestigio del pueblo en la ciudad. En un boletín del Ministerio de Industria, Comercio y Turismo del 12 de octubre, se lee: “…; reorientar la vocación del barrio Getsemaní hacia el turismo, de modo que éste sea un nuevo polo de atracción de viajeros dentro de la ciudad”. Como vemos no es casual sino el modelo.
EL ministro de dicha cartera, Sergio Díaz Granados, dice que si nos oponemos a la playa piloto, el invierte los recursos ($5.200 millones) en otro lado. Un concejal saltó calificándolo de revanchista, y sí que lo es, pues nadie quiere que se vaya la inversión sino que se haga conforme a las necesidades de los cartageneros y no para satisfacer las necesidades de un sector bastante mezquino y excluyente como el turismo que se practica en este país.
No se pueden ofrecer buenos servicios turísticos si el local es abusado. El capital más valioso para el turismo contemporáneo es la cultura, es decir, la práctica social, los rasgos característicos y diferenciadores de los lugareños, que hacen de un sitio común algo exótico y por ende atractivo. La gastronomía, la música, la moda, las artesanías, las formas de socializar y festejar son el componente esencial de la experiencia que busca el turista contemporáneo. La tendencia así lo indica y por ello, la cultura cobra un importante valor simbólico y comercial en el mercado del turismo, cosa que no debemos confundir con la estandarización y ridiculización de nuestras expresiones identitarias como se ve al disfrazar palenqueras y replicar indias catalinas por el afán de vender una imagen que en nuestro caso debería contarse.
Bienvenida la inversión pero no el despojo. Tampoco la privatización del espacio público. Si van a hacer ahí vías, ciclorrutas, andenes, canchas. ¡adelante!, pero para el disfrute de todos, no para su explotación comercial ni la desterritorialización cultural. Si no se han tomado el trabajo de socializar el proyecto, tampoco se quejen que exista resistencia y desconfianza. Por lo pronto, todo parece indicar que…; y también las playas…; nos arrebatan.
* Comunicadora social-periodista
