Pese al poco tiempo que dirigió Cartagena, el alcalde (e) Bruce Mac Master demostró la sensatez y el sentido común que muy pocos gobernantes en esta ciudad han tenido.
La muestra más reciente son sus declaraciones respecto al saldo trágico de las pasadas “fiestas” novembrinas: “O se acaba la violencia o se acaban las fiestas”, dijo a la vez que sugirió un proceso de convivencia en el que aprendamos a celebrar sin hacernos daño.
Pero mi visión respecto al futuro de las “fiestas” es mucho más pesimista. Apoyo al alcalde en su propuesta de acabarlas, puesto que la violencia no se terminará, sino que empeorará. Los signos de nuestras problemáticas sociales así lo demuestran.
Seguirán siendo la válvula de escape para que los menos favorecidos liberen las tensiones que les producen sus precariedades materiales y espirituales, consecuencias naturales de la mezquindad con que se han venido manejando los destinos de esta capital.
Es fácil prever que las cosas no van a mejorar, puesto que empresarios, politiqueros, y todos los que comen del gran pastel que representa Cartagena, no están dispuestos a renunciar a sus privilegios para hacer de este un Distrito más incluyente y menos injusto.
Lo malo es que las consecuencias de toda esa baraúnda absurda tenemos que sufrirlas todos, empezando porque durante cinco días se nos impide salir de nuestras casas desprevenidamente, temiendo siempre que alguna tragedia pueda ocurrirnos; o, en el peor de los casos, a nuestros hijos o hermanos, sólo porque necesitaron hacer alguna diligencia que nada tenía que ver con “fiestas”. No hay derecho.
Las cifras son más que dicientes: 17 muertes trágicas deben obligarnos a pensar que para los próximos años podrían triplicarse o cuadruplicarse; y no hay por qué esperar a que uno de esos muertos seamos nosotros mismos o cualquiera de nuestros parientes.
No dudo que sean buenas las intenciones de quienes en los últimos años han tratado de mejorar la situación mediante la llamada revitalización de las fiestas, pero al mismo tiempo creo que si ese proceso no es acompañado por una buena gestión social de parte de los encargados de dirigir el Distrito, se estaría perdiendo el tiempo de la manera más lamentable.
Ni siquiera las medidas represivas están surtiendo efecto, pues cada año se anuncia la llegada de más cuerpos policiales para velar por el buen desarrollo de las “fiestas”, pero el vandalismo, el latrocinio y las matanzas son cada vez más dramáticas y hasta amenazan con expandirse hacia los sitios más tranquilos de la ciudad.
La deshumanización y la desigualdad con que ha crecido Cartagena no permiten hacerse muchas ilusiones respecto a una sana convivencia entre quienes lo tienen todo y quienes nada tienen, cosa que quedó claramente demostrada con el saldo de muertos que arrojó el “festejo”.
Tal como en años anteriores, en este 2012 Cartagena tuvo poco que festejar, empezando por la crisis en el Gobierno distrital y las lluvias; pero de todas maneras las “fiestas” se echaron a rodar, lo que, a mi modo de ver, se constituyó más en una burla a los desposeídos que en un verdadero encuentro de culturas, como se pretende que sean estas fechas.
*Periodista
ralvarez@eluniversal.com.co
*Rotaremos este espacio entre distintos columnistas para dar cabida a una mayor variedad de opiniones.
