Columna

La diferencia es natural

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PANTALEÓN NARVÁEZ ARRIETA
23 NOV 2012 - 12:00 AM

Además del disgusto que sentimos por la pérdida del pleito que instauró Nicaragua ante la Corte Internacional de la Haya, esta semana, por cuenta de la homofobia que expresó Roberto Gerlein Echeverría, confirmamos que los que se resisten a aceptar que la sociedad se transforma y modifica los patrones para valorar las relaciones de quienes la conforman, no abandonarán su tentativa de impedir que se regule el matrimonio entre personas de un mismo sexo, a pesar de que día tras día aumenta la frecuencia con que se presentan parejas de ese tipo en público y de las decisiones que adoptan los jueces para que cese la discriminación y la violencia contra ellas.Pero la amenaza resulta no de que el senador disienta de quienes promueven la legalización de las uniones entre hombres y las descalifique, humillando a quienes las practican, sino que lo haga sin argumentos, porque justificar su posición refiriéndose solo a lo que la Biblia dice en el Antiguo Testamente sobre el deber de poblar la tierra y procrear en ella, es improvisar y acentuar, entre los que creen que en esas palabras está establecido un mandato de la divinidad que autoriza repudiar y marginar a los homosexuales, el convencimiento de que no es ilícito cometer agresiones contra quienes osan salirse de los cánones para mostrarse como son.
La posición del senador, que según su dicho es la de todos los conservadores, le niega al sexo la posibilidad de generar placer, de vivificar a quien comparte con su pareja, en cuanto que reduce su utilidad a la procreación. De ahí que para ellos quien lo practique pretendiendo otro fin está por fuera de lo natural e incurre en la ilegalidad, como también le ocurre al que interrumpa un embarazo, pues aunque no hubiere mediado consentimiento de la mujer para la preñez o su vida corra riesgos, la concepción es un designio que no se puede rechazar y sus consecuencias soportar.
Estas posturas revelan que irrespetar a las minorías y a los indefensos todavía se considera una potestad que puede ser ejercida por los que miran el mundo en blanco y negro, aunque no puedan desmentir ni ocultar la presencia de matices, de modo que se les antoja que conculcar el derecho de los diferentes a manifestar sus preferencias y sentimientos constituye el instrumento para ratificar el orden que defienden y que, por ese motivo, no puede variarse, a pesar de estar establecido en textos que fueron concebidos en contextos lejanos en el tiempo y que desde siempre han enseñado un sesgo para referirse o interpretar la realidad circundante, de la que excluyen lo que no sea uniforme según la visión del autor.
Les incomoda la diferencia porque le temen. Por eso, algunos, para ratificar lo que son, no parten del convencimiento de lo que son, sino de aniquilar o vituperar toda expresión o persona que se muestre alternativas. Pero cuando uno de los que defienden el orden, practica lo que los diferentes realizan, sus acólitos callan y se enojan con quien divulgue el hecho. Además, conjuran la crisis sosteniendo que se trató de un desliz, tal vez porque le confieren a la clandestinidad con que manejan esas relaciones la virtud de no ir en contra de natura.
Secretos de curas y conservadores que se empeñan en desconocer u ocultar la historia.

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