La tierra es pa´ quien la trabaja. Con este apotegma se inician las luchas agrarias en el Departamento de Sucre hacia la expropiación de latifundios concentrados en pocas manos, mientras los campesinos, trabajadores de esas mismas tierras al servicio del terrateniente como así lo llamaban, carecían de las mismas y sin posibilidades de acceder a ellas por la indiferencia del Estado en adelantar una política en el campo que hiciera más justa la repartición y explotación de los fundos.Se habló entonces de la función social de la propiedad que como concepto fue introducido en la Ley 200 de 1936 que Darío Echandía, en su condición de parlamentario del Tolima, defendiera ardorosamente brindándole al gobierno de López Pumerejo la gran oportunidad de hacer una revolución en este sentido.
Desde aquella época hasta nuestros días, pasando por la reforma agraria de Lleras Restrepo, el campo ha sido escenario de conflictos, violencia, despojo, desplazamiento, sin que la solución inspirada en principios de equidad, equilibrio económico y justicia Social se hubiera obtenido para el hombre campesino que aun ve cómo las tantas iniciativas hacia la conquista de esos principios se quedan tendidas en ese mismo suelo que se resiste a quedarse en las manos de quienes lo trabajan, unas veces por la rápida evolución de unos tiempos que van cambiando la mentalidad de propietarios y campesinos, haciendo de estos victimas de sus propias luchas y de unos movimientos sociales que se quedaron truncados en la solución parcial del problema cuando solo recibieron la estrecha parcela que al cabo de unos años se les agotó hasta que nuevamente la angustia de la improductividad los empujara venderla a sus dueños primarios.
Es este, precisamente, el problema que plantea Roberto Moreno Sequeda en su ensayo que titula “La otra señal de la cruz”, cuya portada es ilustrada por el consagrado acuarelista sucreño Wilfrido Ortega, no dibujando el burro, la mula o el buey, animales de transporte y labranza utilizados históricamente por nuestros labriegos, sino esbozando una moto conducida por un campesino con abarcas, sombrero vueltiao, mochila de fique, calzón caqui regaza´o hasta el tobillo y camiseta amansaloco.
Sin malabares en el uso de la narración, más bien acudiendo a las mismas expresiones del campesinado, nos recuerda el escritor la historia de un proceso que ha concluido de manera desafortunada, no solo predicado para el predio Loarazo, ubicado en el corregimiento de Chochó, municipio de Sincelejo, sino para toda la política agraria aplicada en el Departamento de Sucre, donde se dieron enconadas luchas campesinas lideradas por sus propios protagonistas y que dieron en llamar “Línea Sincelejo” como la más intransigente frente a las políticas Agrarias que el Estado impulsó con los resultados ya conocidos.
Tanto ha fracasado la reforma agraria en todos sus intentos que hoy el Congreso y el Gobierno Nacional, en cabeza del Ministro de Agricultura, exhiben como un gran logro la ley de Víctima y Restitución de Tierras (Ley 1448 de 2011). Su solo nombre nos lo dice todo: los destinatarios de la reforma agraria no fueron beneficiarios si no victimas, por ello, el empeño en devolverles la tierra. Pero, ¿no estaremos cayendo en un círculo vicioso? ¿Cómo se les baja de la moto para que vuelvan al campo y nunca más regresen a los semáforos y cordones de miseria en las ciudades?
