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Jesús era ese hombre pobre, sereno, brillante, que sabía darle sabor al trato con las personas. Pudo desarrollar el arte de la tolerancia. Era tierno, lúcido, estable y principalmente fue un poeta del amor. Excelente administrador de la sabiduría en los inviernos de la vida. Tuvo la personalidad más espectacular de todos los tiempos.
Budistas, hinduistas e islámicos han aceptado el “misterio” de Jesús de Nazaret. La clave de su vida fue el amor, especialmente con su Padre, al que llamaba “Abba”, con el sentimiento más interior. Fue a la vez un proclamador de la paz. Solamente tuvo un momento de ira, cuando dijo que en tres días  construiría el Templo si fuera destruido…;aquí hablaba era de su cuerpo. Los judíos le dijeron: “¿Por qué hablas de esa manera, cuando levantar el Templo había durado 26 años?”
Sabio, genial en sus salidas. Fue célebre en su respuesta ante Herodianos y Fariseos que le dijeron: “Maestro, sabemos que eres veraz, que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa la pobreza de nadie, porque no miras la condición de las personas”.
Lo quisieron hundir con esta pregunta: ¿Es lícito pagar tributo al César o no? Si decía que sí el pueblo que lo seguía, lo vería como a un traidor y si decía que no, se echaba encima al Emperador Romano. Entonces pidió una moneda, la “Dracma”. En ella estaba acuñada la frase: “Tiberio César Deus”. Le dijo a sus acusadores: Lo del César dénselo al César y lo que es de Dios denlo a Dios”.
Y llegó la hora de su entrega desde el Huerto de los Olivos, Getsemaní. La noche anterior había tenido la Cena Pascual con sus discípulos, comió abundantemente, se preparó emotiva y psicológicamente para toda su Pasión, donde sería ultrajado, coronado de espinas, azotado cruelmente y después agonizaría crucificado, entre dos ladrones y moriría de asfixia, hemorragia y paro cardíaco. En esa última Cena con sus discípulos estuvo alegre y les lavó los pies a todos, aun a Judas, el traidor.
Fue un soñador, que amó a los leprosos, las prostitutas y especialmente a los niños. Un contemplativo de la acción, que amaba lo bello de la vida, que se encantaba con los lirios del campo, con las flores y los ocasos de mil colores. También fue un pedagogo que enseñaba preguntando. Esto lo hacía desde la realidad. Por eso prefirió las parábolas, que fueron 28. Y para desentrañar su contenido envió a sus discípulos a predicar el Reino de Dios. Este Reino estaba dentro de cada uno y sembrado como una semillita, iría creciendo a pesar de los obstáculos o cizañas, pero estaba destinado a ser recibido en las manos amorosas del Padre. Su Reino no era de este mundo.
Supo vivir con intensidad, con libertad y alegría desbordante, en pleno anonimato, dando lo mejor de su vida a la interioridad. El Maestro de Maestros brilló por su elocuencia, amaba todo lo creado. Perdonó inmensamente. Recordemos el caso de la mujer sorprendida en adulterio: “Quién esté libre de culpa que tire la primera piedra”. Los acusadores huyeron, comenzando por los de mayor edad.
Jesús vivió lleno de “misterio”, seducción, comprensión, fue insuperable en enseñar, amar y perdonar.

efraldana@yahoo.com

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