Columna

Sofronín

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AUGUSTO BELTRÁN PAREJA
22 DIC 2012 - 12:00 AM

Esta noche, en el teatro Adolfo Mejía, Cartagena rinde homenaje de reconocimiento y cariño a la memoria de Sofronín Martínez. Mejor imposible: la presentación de una obra de altos quilates del intelectual y musicólogo Enrique Muñoz Vélez, poemas del consagrado Rómulo Bustos y la voz majestuosa de Cenelia Alcázar, interprete sentida de excelsas calidades, y tantas veces acompañante de Sofronín en la “Quemada” de la nostalgia, que esta noche intentaremos revivir.
Los movimientos orgiásticos de un pueblo se perpetúan en su música. La alegría vive acompañada por el brillo de una letra que le da perfiles al sentimiento cruel de lo irrisorio de la existencia, lo que la pone al abrigo de toda ilusión y compromiso. Es una resistencia milagrosa a la muerte. Ahí reside el secreto de su fuerza.
En el bolero, que es un crisol de razas, no solo hay desamor y nostalgia, hay alegría. Su alegría parece ser africana; la fatalidad se cierne sobre ella, su felicidad es breve, repentina, imperdonable.
A los boleros, como a las mujeres hay que sentirlos y quererlos. Intentar entenderlos es hermoso desvarío. El bolero también parece ser la mezcla de lo trágico con lo festivo, de la tristeza con la alegría, de la pena, con los sueños y la esperanza.  
Nada como el bolero para re-conocernos en esas letras de folletín, en esas desmesuras del amor, en esas tragedias de la pasión estropeada, en la gestualización que presagiaran sus textos orales y melodías.  
El bolero pareciera estar "sobrestudiado", pero siempre tenemos disposición para conocer otro enfoque. Algunos han intentado darle trascendencia y buscarle sentido a sus letras, que tienen la nobleza y la sensualidad de las formas y la sublimidad de las pasiones. A la belleza y la inspiración no se le puede pedir dialéctica. Si en el álgebra letras reemplazan cantidades, en el bolero las pasiones y deseos desarrollan la más exquisita de las ecuaciones   
Abundan comentarios a momentos sublimes contenidos en esos boleros que nos trasnochan. Dar al bolero la categoría de silogismo es el gran despropósito. Holderlin sostenía que el hombre es un dios cuando sueña y apenas un mendigo cuando reflexiona. Son preferibles esos instantes que conmueven, a cualquier tratado riguroso y frío. El bolero, como el amor, es locura, enfermedad que enajena, entusiasma o entristece. Por eso está muy cerca del verbo por excelencia: vivir. La felicidad no sabemos, pero el amor es posible,  aún en medio de los infiernos del pensamiento y de la historia.
El amor es tan bello que parece imposible. Quien quiera explicarse esos himnos a la belleza y la pasión se vuelve loco. El bolero es el diván del sicoanálisis de los hombres del Caribe. Sofronín fue Freud prodigioso y sonriente 
Boleros de todos los estilos nos llegaron por Sofronín Martínez con insuperable sentimiento y calidad. Su guitarra mágica, su voz grave y cadenciosa hicieron grandes momentos en el arte. Pero aún algo mejor, sus versiones fueron cómplices de amores, pasiones y vivencias.           
La mejor definición de bolero sería volver a escuchar a Sofro. Las canciones que le sobreviven recuerdan su grandeza, su sentimiento y su arte. Sofronín era también un excelente ser humano, un caballero, un enamorado de la vida y del amor.

*Abogado, Ex Gobernador de Bolívar y Ex parlamentario.

augustobeltran@yahoo.com

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