“Clínica San Juan de Dios sigue sin servicio de urgencias”, reza un titular de El Universal en Google, ilustrado con una fotografía que muestra varios carteles que dicen “cerrado”, pegados en los barrotes rojo navidad de la puerta de hierro del servicio de urgencias de dicha clínica. Otro: “Trabajadores de la San Juan de Dios exigen pago”, y en el texto el redactor informa que el 27 de diciembre del año pasado la noticia era similar: “Trabajadoras de la San Juan de Dios protestan por falta de pagos”.
Navidad. Año Nuevo. Época de alegría, de fiesta, de cielo azul y sol radiante, de vacaciones, de regalos, de comidas especiales, de niños que corretean cantando villancicos en las novenas de las casas y los edificios mientras esperan los regalos del Niño Dios.
¿Qué mezquina alegría podrá tocar el espíritu de una persona que, a pesar de haber trabajado no recibe salario, ni primas, y por lo tanto no tiene plata para comer y vestirse y mucho menos para regalos? ¿Qué motivación puede tener para continuar en un trabajo que más semeja una esclavitud? No será ciertamente sentido de pertenencia a una institución que lo maltrata tan feamente. Tampoco vocación. Ni altruismo. Me aventuro a pensar que lo único que puede moverla es la necesidad. Y en manos de esas personas necesitadas, que trabajan con desgano, preocupadas y tristes en la época “más feliz del año” es que está la salud de los ciudadanos.
Y que la sociedad no se trague el cuento de que los oficios relacionadas con la salud son de vocación y sacrificio, un apostolado por el cual se debe estar dispuesto a sacrificarlo todo. ¡Qué estúpida concepción! ¡Qué falacia! La realidad es que sin plata no se va a ninguna parte, y es así como se encuentran muchos trabajadores del sector de la salud. Agobiados por acreedores y con la necesidad de hacer nuevos préstamos para sortear la iliquidez permanente en que sobreviven.
¿Y qué decir de los pacientes que serán rechazados cuando presenten una urgencia? Con los kafkianos trámites burocráticos del infame sistema de salud, lo más probable es que, si realmente se trata de una urgencia vital, su fin de año termine con una complicación seria o con la muerte, quizás todavía dentro de la ambulancia que lo traslada con inútil sirena de alarma de un hospital a otro.
Ni los pacientes ni los trabajadores tendrán entonces una feliz navidad. Tampoco ha sido nada feliz su vida durante el resto del año ni en el año que viene, porque el mal es crónico y ya lo padecen todos, hasta los concejales y las clases altas: es triste ver instituciones que otrora fueran orgullo de la ciudad colapsadas, ruinosas, sobreviviendo a expensas del menoscabo de su recurso humano y tecnológico.
Todos, trabajadores, médicos, enfermeros, camilleros, laboratoristas, técnicos en diversos servicios, aseadores, etcétera, merecen unas felices fiestas. Pero me temo que por lo pronto sólo podrán disfrutarla los ejecutivos del gran negocio: los gerentes, administrativos y otros que sí reciben puntualmente su cheque mensual, por sumas que no se ganan en un año la gran mayoría de las personas que verdaderamente hacen funcionar estas instituciones sin robarse un peso.
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