Si calificara con un adjetivo el VII Festival Internacional de Música, quizás escogería este: irregular. Hubo momentos de gran altura y otros penosos. Llegué a dudar de mis oídos: ¿sería yo el desafinado? El Festival es ya un patrimonio de Cartagena que todos estamos obligados a defender, y el esfuerzo de sus organizadores y en especial de Julia Salvi por traernos lo mejor es encomiable, pero no puedo dejar de expresar mi frustración ante la baja calidad de algunas presentaciones.
Para destacar en primerísimo lugar, la contralto Sara Mingardo me pareció de lo mejor. Sus interpretaciones de Pergolesi fueron sobresalientes. ¡Qué dominio del registro! ¡Qué potencia y claridad en los tonos más bajos! ¡Qué calidad interpretativa! El Salve Regina y el Stabat Mater (este último en compañía de la soprano Valentina Varriale) interpretados en el Teatro Mejía el 8 de enero fueron formidables. Ese día tuvimos el privilegio de asistir a una función de lujo, impecable, que no olvidaré fácilmente.
El maestro Rinaldo Alessandrini, director del grupo Concierto Italiano mostró ser un gran músico, conocedor del barroco italiano, y logró sacar sonoridades exquisitas a la pequeña orquesta: a menudo me embelesé con la belleza de sus interpretaciones de Vivaldi, Corelli, y por supuesto, de Pergolesi. Su papel fue preponderante en la exitosa representación de La serva padrona, ópera bufa que por primera vez disfruté de verdad. Los conciertos para instrumentos de viento (exceptuando el doble para oboe y trompeta, que estuvo muy regular) fueron magníficos.
Infortunadamente este grupo tuvo a su cargo lo que me pareció la peor de todas las interpretaciones: Las cuatro estaciones de Vivaldi, que fueron para mí como las cuatro estaciones de un viacrucis donde los errores reiterados de los solistas se podían anticipar de acuerdo con la dificultad de los pasajes, con desagradables “resbalones” del arco, tan frecuentes que a veces me daban ganas de gritarles que le echaran pez a las cerdas, pero quizás eso tampoco hubiera funcionado. Creo que a esos violinistas les faltó estudiar más esos conciertos, que me dejaron sumido en un total desconcierto.
Al maestro Accardo, mis agradecimientos por existir y mis más profundos respetos. Un gran violinista, un gran músico, ya en el ocaso de su carrera y de su vida. Fue un privilegio poder escuchar en vivo el sonido de su Stradivarius. Me hubiera gustado oírlo tocar más Paganini y menos Verdi (¿música de cámara de Verdi?) y Boccherini. Muy bellas y limpias las interpretaciones al arpa de Xavier de Maistre. El pianista Andrea Luchessini alternó sonatas de Doménico Scarlatti con piezas para piano de Berio, de tal manera que cada una parecía un antídoto contra la otra.
Por primera vez tuve que salirme de un concierto antes de que terminara, y fue del Claustro de la Merced en la presentación del quinteto de Diego Schissi. Dos razones conjuradas contribuyeron a esta decisión: a) el recinto inapropiado, con acústica retumbante, que magnificaba hasta límites insanos el volumen de la música; y b) la monotonía del ritmo de tango, que dominaba la expresión artística de dicho grupo.
Se me acabó el espacio: ¡larga vida al Festival! Nos volveremos a ver en 2014.
* Médico y Escritor
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