Columna

Remedos de Nazis

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CLAUDIA AYOLA ESCALLÓN
17 ENE 2013 - 12:00 AM

En septiembre de 2011 un grupo de “cabezas rapadas” sabotearon un concierto por la defensa de la educación pública en el parque de los periodistas en Bogotá. Irrumpieron en el lugar agresivamente y terminaron con la tranquilidad del evento.
En julio de 2010, un joven de 15 años fue atacado por “cabezas rapadas” también, en el sector Colina Campestre de Bogotá. El joven, que iba por una pizza, fue sorprendido por tres hombres que lo golpearon con un palo y que posteriormente lo persiguieron hasta la entrada de un centro comercial, donde lo apuñalearon. La violenta escena quedó grabada en una cámara de seguridad. Algunos aseguran que un hombre vestido de camuflado observó la agresión sin siquiera inmutarse.
La nueva víctima es un joven de 16 años, cuyo rostro fue desfigurado por treinta cabezas rapadas, quienes lo sorprendieron en el parque Simón Bolívar. Nicolás, como ha sido identificado el joven, fue agredido súbitamente después de que salía de un partido de fútbol con sus amigos. Dos de sus acompañantes lograron ponerse a salvo, pero Nicolás fue alcanzado por la brutalidad de los golpes.
Algunos especulan sobre la razón de la agresión, que por pertenecer a la Marcha Patriótica, que por portar vestimenta con símbolos de ideología de izquierda, que por tener el cabello largo, pero quienes hemos vivido en una ciudad como Bogotá, y los hemos tenido cerca, sabemos que el detonante puede ser cualquier cosa:  por el color de la piel, por parecerles gay, por tener una camiseta del Che Guevara, por mirarlos a los ojos, por aparecerte en el lugar equivocado a la hora equivocada, por recordarles a alguien. 
Los cabezas rapadas son grupos que crecen en las ciudades y se alimentan de ideología neonazi. Aunque trabajan en su estructura organizativa, reconocen sus liderazgos y se sofistican en sus sistemas de comunicación, los detonantes de sus ataques son tan ambiguos como sus pretensiones. El mundo al que odian puede ser tan amplio que incluso pueden entrar ellos mismos, con sus propias historias latinoamericanas, sus paseos en olla al río, la pobreza de una abuela campesina, quizá un tío al que le dicen “el negro”, y sus rasgos indígenas pintados en sus mismas caras.  Hitler, de seguro, los mandaría también a un campo de concentración, porque ni son tan arios ni son una muestra de la absurda idea de la “pureza de la raza”.
Un artículo de la revista Don Juan, titulado Los herederos colombianos de Hitler (http://www.revistadonjuan.com/interes/los-herederos-colombianos-de-hitler/9377804), visibilizó el tema y puso al descubierto la pasión y el fundamentalismo con el que actúan estos grupos, que parecen alejarse de manifestaciones juveniles, de adolescentes descarriados, y que más bien hace parte de unos vestigios atrofiados del nazismo, que encontró terreno árido en países de Latinoamérica, confundidos con su identidad, marcados por el paso de las dictaduras que albergaron remedos de nazis y una sociedad que por miedo terminó odiándose a sí misma.

*Psicóloga, activista, defensora de derechos humanos.

claudia.ayola@gmail.com

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