Dudé en referirme a la distinción que hizo Barack Obama al apoyo que recibió de los latinoamericanos para materializar su aspiración de continuar ejerciendo como presidente de Estados Unidos. Pensé que su referencia era un cumplido que se ornaba con la presencia e intervención del poeta Richard Blanco, la juez de la Corte Suprema Sonia Sotomayor y el reverendo Luis León, tres estadounidenses que descienden de padres que nacieron en islas del mar Caribe y luego emigraron en busca de un porvenir de bonanza y tranquilidad.Pero la seriedad con que Obama ha encarado la reforma migratoria me convenció no sólo de la veracidad de la deferencia, sino del aprecio que han comenzado a sentir por los latinos en el escenario político y cultural de los Estados Unidos, tanto que los senadores republicanos encargados de la inmigración dieron un viraje en sus criterios y anunciaron que trabajarán junto con los demócratas en procura de alcanzar un consenso que le permita a los ilegales perder el temor por el acoso de los policías, y recuperar la ilusión de incorporarse al país de las oportunidades, por la que muchos hasta se jugaron la vida.
El cambio de posturas, que obedece sin duda a capacidad de decisión que tiene hoy el voto de los latinos, debe ser aprovechado por estos para aumentar su participación en las posiciones de relieve y forzar la extinción de la discriminación y la inequidad que los agobia desde que pisaron el suelo del tío Sam. Además deben insistir en que se les reconozca como una de las etnias que integran ese conglomerado, no para abominar de sus orígenes, sino para reafirmarlos en procura de consolidar la amistad entre los pueblos del hemisferio y el equilibrio en las relaciones.
A pesar de que durante este comienzo de año los políticos han mostrado interés en acercarse a los latinos e intentar mejorar la situación de los ilegales, todavía subsisten comportamientos que los degradan y afrentan y sobre las cuales se desconocen las opiniones del ejecutivo y de los legisladores. En efecto, un muro que se levanta en la frontera que separa a México de USA o la minucia con que en los aeropuertos se requisa a los viajeros de acá, son evidencias de la prevención y el menosprecio que los gringos sienten por los latinos.
No serán los gobernantes nuestros quienes persuadan a las autoridades norteamericanas para que modifiquen el trato que nos dispensan, sino los latinos incorporados a esa sociedad los que lo logren, en la medida en que se consoliden como un grupo de presión, al que republicanos y demócratas intentarán atraer y complacer a cambio del respaldo en las urnas. Esta coyuntura conducirá a que haya quienes se creen expectativas, como las de aspirar a que a los universitarios de este lado se les abran espacios para conocer la ciencia y la tecnología con miras a compartirlos entre nosotros.
Habrá primero que precisar hasta dónde intercederán los latinos de allá por sus paisanos de acá, todo porque, aunque en toda interacción se producen los sincretismos, no creo que influyamos en los sonidos, textura y sabores que los norteamericanos han desarrollado y con los cuales colonizaron al mundo, ni remplazarán la gaseosa por la chicha, ni el frijol ocupará el lugar de la hamburguesa, así un latino llegue a la presidencia.