Ver para creer, escuché alguna vez de alguien, que completó su frase diciendo: “Como dijo Santo Tomas”. La verdad es que fue el apóstol Tomas quien la expresó ante la noticia de la resurrección de Jesús.Esa frase me viene a la mente cuando entro en contacto con el devenir noticioso del país. Sencillamente no sé qué pensar, porque por un lado, pareciera que el país coge por un buen rumbo pero por otra parte, desafortunadamente nuestra clase política nos educó para no creer, a desconfiar de todo, a creer que de eso tan bueno no dan tanto, por lo cual la comunidad siente cierto recelo o resistencia a esa realidad mediática que nos invita a soñar y a ser optimistas, máxime cuando nuestra realidad más cercana nos despierta, nos pone los pies sobre la tierra, nos exige ponderar las cosas en su justa dimensión y entender que aquello de la justicia social, la solidaridad, la prosperidad general, aún, no son más que piezas de la antología poética que tenemos por Constitución.
Su súmmum lo alcanza con la declaración del país como un Estado Social, participativo y democrático al que no han podido ingresar un sinnúmero de miserables que aún están al margen de un sistema educativo y de salud de calidad, del mercado laboral, del reconocimiento y respeto de sus derechos fundamentales y colectivos.
De este grupo hacen parte los más de dos mil desarraigados del barrio San Francisco, una comunidad cartagenera abandonada por el Estado desde sus inicios, establecida sobre el basurero de la época, a orillas de la ciénaga de la Virgen, cloaca de la ciudad hasta nuestros días y martirizada con el ensordecedor ruido de los aviones que aterrizan en esta prospera ciudad, y como para colorear este dantesco paisaje, a esta comunidad también le tocó vivenciar desde el palco de la impotencia y la frustración cómo poco a poco sus viviendas, sus calles y su pasado desaparecían ante sus ojos y los ojos de una sociedad insensibilizada ante la tragedia ajena, cargada de mucha hipocresía
Digo esto recordando el gran despliegue noticioso que generó este evento catastrófico, convertido en espectáculo por los medios, pero que como todo espectáculo parece haber quedado en el olvido, ya que han pasado casi dos años de la ocurrencia de estos lamentables hechos sin que exista una respuesta eficaz por parte del Estado para restituirle el sagrado derecho a una vivienda digna a estas familias colombianas.
Así las cosas, resulta apremiante la necesidad de inversión para la superación de la emergencia de las familias damnificadas en la comunidad de San Francisco. Hoy sería bueno saber ¿cuánto costará la reubicación de las familias? ¿De dónde saldrán los recursos necesarios? Son interrogantes que habrán de despejarse para poder gestionar una verdadera estrategia de recuperación socioeconómica de los ex moradores de San Francisco.
Este más que un problema de la Naturaleza es un problema de voluntad política, es de justicia que se le cumpla a estas personas y hacer coincidir esa realidad mediática con nuestra cotidianidad, y así, verdaderamente construir la paz, con inversión social. Mientras tanto toca remembrar al incrédulo apóstol.