El FICCI 53 de este año 2013 fue el mejor, más grande e incluyente y mejor organizado de las últimas décadas. Esta edición del antiguo Festicine, hoy conocido como FICCI, con su nueva y bella marca, fue exitosa. Un festival es bueno cuando ocurren muchas razones para serlo. Y así fue esta semana cartagenera dedicada al séptimo arte.
Cuánto les hubiera gustado a don Víctor Nieto, Jorge García Usta y Emery Barrios ver esta nueva versión de su festival por el que tanto lucharon hasta el último minuto de sus vidas. Ellos se han ido y el festival ha continuado la renovación que se iniciara en la gerencia de Araceli Morales.
Una extensa programación de calidad le ofreció diversas opciones a los cartageneros, esa gran sábana que fue su programa llenó de entusiasmo a los amantes del cine. La diversidad de espacios y formatos permitió el acceso de diversos públicos que le dieron esa atmósfera de verdadero festival. Gente de aquí para allá, comentando, interactuando, haciendo fila, llenando los teatros y las plazas.
Fue un festival de racamandaca en cinemas, teatros y salones, en barrios, plazas y al aire libre; hubo retrospectivas, encuentros, aprendizajes con expertos, diálogos de la industria, sección académica. Es probable que se haya presenciado el más grande de todas sus versiones.
Además de la competición por la India Catalina del cine iberoamericano, se supo de un festival dirigido de forma exquisita. Las distintas secciones, gemas y retrospectivas, ofrecieron verdaderas joyas de la cinematografía mundial, pues el festival está orientado por manos conocedoras y capaces tanto en su dirección como su gerencia. Mónika Wagenberg y Lina Rodríguez lo han sacado de la profunda decadencia en que había caído y quitado ese tufillo de negocio familiar y de provincia, en disputa.
Remozado como está, es de admirar. Por las películas, el jurado, los invitados, los premios y la organización el festival merece aplausos de pie. Merece que otros festivales, poco incluyentes, y con poca raigambre en la ciudad, aprendan de él.
Tiene mucho que corregir aún: contar con criterios éticos fuertes para eliminar los privilegios a las realizaciones de miembros de su junta directiva o de sus familiares; hacer un esfuerzo grande para que se prefiera a la ciudad al escoger a sus colaboradores; resolver los inconvenientes técnicos que no faltaron; inventar una forma para que esa división entre acreditados y público general, especialmente al ingresar a las salas, deje de ser un momento de discriminación y manche el gran logro de ser un festival gratuito; aprender de otros lugares del mundo donde con seguridad ya está inventado el manejo de la boletería para que no sea traumático.
Los amantes del cine y el equipo del festival habrían de tener los ojos bien abiertos con los intereses de largo plazo de los patrocinadores. Para que no lo conviertan en otra cosa.
*Columnista quincenal
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