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El mundo hubiese sido otro sin Margaret Thatcher. En China estarían todavía tratando de decidir el color del gato para cazar ratones y Colombia andaría prisionera de la babosería cepalista. Sin ella, el presidente Gaviria quizá no hubiera osado lanzarse a la Apertura y afirmar que, cuando de asignar recursos se trata, el mercado decide mejor que el burócrata. Centenares de millones han salido de la pobreza en China, y Colombia, a pesar del lastre de la guerrilla, ha crecido a las tasas más altas desde la posguerra y ha emigrado a paso lento del vergonzoso Tíbet de Iberoamérica.
Por cuenta de Margaret, muchos de nuestros generalmente sensatos economistas releyeron a Frederick Hayek, para absorber, como la Thatcher, elementos de sentido común económico. El motor intelectual de su accionar era la convicción de que el estado nada crea y que, dejado al arbitrio del gobernante, reparte mal. A Petro no le ha llegado un ejemplar de El camino a la servidumbre. Chávez ni lo olió.
Cuando Inglaterra se hundía, relegada al sexto lugar en PIB de entonces por Italia ¡Italia!, aplicó, Margaret la primera, formulas sencillas: no gaste más de lo que tiene; ahorre y no se endeude en exceso; privatice mamuts estatales ineficientes; estimule al creador de riqueza y deje que disfrute sus ganancias honestas; controle el volumen del circulante; meta en cintura los grupos de presión. En vez de atender el “regáleme”, ella instó al “gáneselo”.
Con el estado benefactor en crisis, la Thatcher fue elegida primera ministra para estar en el sitio adecuado en el momento preciso. La ortodoxia keynesiana hacía agua y se ahogaba al emprendimiento. Su mandato fue ejemplo de la efectividad de políticas económicas sanas, la antítesis de lo que ocurre cuando se entronizan las equivocadas, como en Venezuela o Argentina. Con recetas similares a las inglesas, Colombia redujo la inflación del 25% al 2% e impulsó el crecimiento. Cuando Gran Bretaña regresó a su sitial, Margaret combatió la peor de las plagas totalitarias modernas y contribuyó al desmoronamiento de la Unión Soviética. Favor que nos hizo.
Don Sancho Jimeno opina que la Dama de Hierro hubiese sabido, como él, enfrentarse a los piratas franceses que atacaron Cartagena en 1697. Lo demostró en su confrontación con los sindicatos del carbón en 1984. Este poderoso grupo de presión, que arrodillaba gobiernos, pretendía mantener abiertas minas obsoletas incapaces de competir sin subsidios. Margaret le dijo no a una huelga sangrienta. El café colombiano tiene, rato ha, visos similares, pero amedranta a un gobierno blando, constriñéndolo por las vías de hecho a pagar subsidios odiosos a cargo del resto de los colombianos. Fácil imaginar que mañana cuando la coca legalizada no pueda competir con drogas sintéticas habrá que subsidiar a cultivadores sublevados. Algo más se podría aprender de Lady Thatcher.

rsegovia@axesat.com

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