Columna

Libertad y vida eterna

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JUDITH ARAÚJO DE PANIZA
28 ABR 2013 - 12:00 AM

Los mayores bienes que conquistó Jesús para nosotros fueron la libertad y la vida eterna. A veces tomamos la fe como secundaria y se nos olvida su esencia: Dios nos llama a ser sus hijos, nos quiere libres y que podamos compartir con Él la felicidad eterna.
Sin Cristo, somos esclavos del mal. Alejados de Él, nos manipula el rencor, la soberbia, el egoísmo, la avaricia, idolatría, envidia, inseguridad, deshonestidad, desaliento, desconfianza, rivalidad, gula, discordia, violencia, lujuria, injusticia y todos los demás males.
Necesitamos purificar la mente, el corazón, la conciencia y nuestras actuaciones, en la sangre redentora de Jesús, para gozar de libertad interior y poder vivir el bien.
A veces nos creemos libres y que los pecados son ajenos. Esa ignorancia es consecuencia también de alejarnos de Cristo, porque Él ilumina nuestras conciencias y nos ayuda a ver lo que necesitamos limpiar y mejorar. En un cuarto permanece oscuro no vemos las telarañas ni el polvo. Con luz, vemos y podemos limpiarlo. Así pasa con nuestra mente, corazón y alma, y con la gracia de Jesús ir limpiando lo que oscurece el entendimiento de las cosas de Dios, lo que nos impide vivir el bien y el amor. Él ilumina nuestra conciencia, nos recibe en el sacramento de la confesión, nos devuelve la libertad interior y nos anima a perdonarnos y a no pecar más.
Jesucristo, con su vida, muerte y resurrección, llenó nuestra existencia, mostrándonos que la vida es más fuerte que la muerte y el bien más fuerte que el mal. Saberlo nos lleva a aceptar los desafíos de la vida unidos a Jesucristo, de acuerdo a sus mandamientos, sintetizados en: “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado…;Por este amor reconocerán todos que son mis discípulos”*.
El amor verdadero es la libertad. Nos lleva a perdonarnos mutuamente y a dar lo mejor por el bien de los demás. Los apóstoles, unidos en la caridad, se animaban unos a otros a perseverar en la fe a pesar de las tribulaciones y persecuciones.*
Respecto a la vida eterna, dice San Juan que vio: “a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía  del cielo enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo…;Esta es la morada de Dios con los hombres. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor... Y dijo: Todo lo hago nuevo.”
Esa es nuestra mayor esperanza, ser parte de ese pueblo nuevo, en el que todos sus miembros han sido purificados en Jesús, para que viviendo en comunión con Él, amparados por su infinita misericordia, podamos, desde ahora, experimentar la libertad y la vida eterna.
Jn13, 31-33. 34-35; Hch 14, 21-27; Ap 21, 1-5

*Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.

judithdepaniza@yahoo.com

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