En otros tiempos cuando la estrepitosa sirena de las ambulancias rompía el apacible silencio de Sincelejo, la memoria se despertaba para recordarme el característico sonido que, en las grandes urbes, se pasea por los oídos de sus habitantes con la frecuencia manifiesta de sentir uno que está en una ciudad, bien distanciada de la provincia donde las razones para que el repicar del antisonoro canto, no se asome en el horizonte de mi patria chica.Con una población que nadie precisa en su número, la capital sucreña navega exenta de planificación que le asegure su desarrollo a fin de que llegue a un puerto que le ofrezca los beneficios del progreso a sus habitantes que, para el último censo desde hace mas de 15 años, nos contábamos en un numero de 120.000, sobre los cuales se han adelantado todos los planes y programas porque es el dato oficial que prima para enfrentar los problemas de salud, desempleo, servicios públicos, transporte y demás que se ven agravados por un hecho de salubridad pública como es el mototaxismo y la inseguridad, causa del trepitar constante de las ambulancias corriendo afanadas hacia hospitales y clínicas al encuentro de la vida que se les va a quienes baleados, apuñaleados o accidentados son sus ocasionales pasajeros.
Con aproximadamente cien mil desplazados, Sincelejo cuenta hoy con más de 350.000 habitantes, incluyendo su población flotante, que la convierte en un pueblo grande, transitando a la categoría de ciudad para lo cual parece no haber estado preparada, dada la impotencia manifiesta que impide superar la complejidad de ese despertar, especialmente el transitar de personas y vehículos que se tratan como factores excluyentes dentro del engranaje social, mostrándose los dientes en ese afán diario por ganarse el espacio y el derecho a la movilidad.
Mientras esto escribo he oído pasar por mi oficina en dos ocasiones el veloz vehículo envenenando el ambiente y anunciando que la sangre rodó nuevamente por el pavimento, ya por el accionar del fletero, atracador o sicario, así como por el brutal accidente de la moto, produciendo conmoción, zozobra, miedo y alarma ante la evidencia de tan grave problema que azota a esta ciudad, otrora manantial de sosiego y escenario propicio para poetas y cantores trasnochados que se quejaban en las noches con sus cantos serenateros haciendo llorar las guitarras para que la mujer imposible, o la novia ofendida abriera sus ojos hacia el encuentro con el amor.
Pero de qué esperanza podríamos hablar en estos momentos cuando la suma de todos los consejos de seguridad y la expedición de no sé cuántos decretos emanados de la alcaldía tratando de mitigar el impacto de la inseguridad y el alocado deambular de un mototaxismo desenfrenado, de poco o nada han servido porque la sirena parece no silenciarse con su presagio de desgracia y señal de que Sincelejo, ya es una ciudad donde las ambulancias repican tanto que nos acostumbramos a su cantar sombrío como una muestra de estar tocando las ventajas del desarrollo, tanto como le ha llegado a las grandes capitales latinoamericanas, donde, sin apelar a la socorrida frase de guardar las proporciones, mi querido Sincelejo las supera en el ladrido del particular automotor que surca el camino como un perro rabioso.