comscore
Compartir

El pasado 14 de mayo, los familiares y amigos que asistían al funeral de Brighton Dame Zanthe vieron con estupor que sus pies se movían en el féretro. Tras la impresión inicial, el paciente fue trasladado a un hospital de Zimbabue, en donde fue tratado y se salvó de ser enterrado vivo.
Las historias de personas que, habiéndose presumido muertas han sido enterradas vivas, son legión. Lo más grave es que en siglos pasados se encontraron casos de “muertos” que dejaron signos en los féretros de los cuales se concluye que fueron enterrados vivos. 
El miedo de ser enterrado vivo obsesionó a muchos en el siglo XIX, y se hicieron ataúdes equipados con tubos que conducían a la superficie para alertar a los cuidadores de los cementerios en caso de que el muerto “despertara”. Por otra parte, los médicos ponían un espejo bajo la nariz de la persona para detectar la condensación que produce la respiración y/o chuzaban la piel de la persona con agujas antes, para certificar la muerte.
En Cartagena sucedió un caso parecido al de Zimbabue durante la epidemia de cólera de junio de 1849, a los pocos días de haber llegado el general Obando. Los primeros casos de la enfermedad fueron atribuidos a la “Yuca brava”, pero horas más tarde, el Dr. Vicente García, al examinar a algunos pacientes exclamó: “El Cólera ha llegado” (Memorias Histórico Políticas, Posada Gutiérrez Joaquín Tomo. III). Según Posada la mortandad fue tan grande que el patio del cementerio se llenó de cadáveres y hubo que hacer zanjas profundas en las afueras de la ciudad para enterrar a los muertos.
En Cartagena se dice que fallecieron unas 4.000 personas y en otras regiones aledañas 16.000. En Cartagena, los médicos fueron abrumados por la cantidad de pacientes. En un acto de desesperación las autoridades disparaban cañonazos para intentar purificar el aire. En medio de la epidemia, un personaje local a quien apodaban “Huesito”, quien siempre pasaba en “tres quince” y era supremamente servicial, contrajo la enfermedad. A las pocas horas quedó exánime. Sus conmilitones etílicos le sacaron algunas monedas del bolsillo, compraron varias botellas de ron y procedieron a llevarlo en un camastro improvisado al cementerio. Huesito se salvó porque el sepulturero era su compadre y quiso verlo por última vez. Cuando este abrió la caja mortuoria, Huesito exclamó: ¡Todavía no me he muerto! Sálveme compadre de estos brutos. A partir de ese momento Huesito perdió su apodo original y le llamaron “El Resucitado”. (Delgado. Camilo. Historias, Leyendas y Tradiciones  de Cartagena. Tomo II).
Muchos años después, en 1867, Huesito murió cuando una bala le atravesó el pecho. Sus últimas palabras fueron: ¡Viva el compadre Obando! El pobrecito Huesito, como dice, Camilo S. Delgado, no sabía que Obando había muerto en 1861.

*Columnista
menrodster@gmail.com

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News